ROMA / ‘Il prigioniero’ y ‘Suor Angelica’ de Calixto Bieito: trauma, penitencia y libertad
El centenario de la muerte de Giacomo Puccini, ocurrida en noviembre de 1924, ha llevado a teatros de ópera de todo el mundo a rendir homenaje a su legado. Las celebraciones han adoptado múltiples formas: desde nuevas producciones de sus títulos más emblemáticos hasta obras menos frecuentes o, incluso, recitales de voz y piano, como el que ofreció el Teatro alla Scala ante una huelga de la orquesta. Estos homenajes, en su mayoría bien recibidos, han suscitado una pregunta inevitable: ¿cómo conmemorar a un compositor que ya ocupa un lugar central en la programación operística global? Y no menos relevante: ¿qué Puccini se quiere recordar? ¿El aclamado autor de Manon Lescaut y La bohème, o el creador más experimental de sus últimos años, cuyas obras —menos representadas— revelan cierta conexión con las vanguardias europeas y americanas del siglo XX?
El Teatro dell’Opera di Roma parece haberse inclinado por esta segunda opción. Su proyecto Trittico ricomposto ha presentado ya dípticos como Il tabarro junto con El castillo de Barbazul de Bartók (en 2023), y Gianni Schicchi con L’heure espagnole de Ravel (en 2024), y ahora Suor Angelica con Il prigioniero de Dallapiccola, conmemorando también el 50º aniversario del fallecimiento de este último. Aunque esta combinación no es inédita —el Teatro Real la presentó en 2012 con dirección escénica de Lluís Pasqual—, el diálogo entre ambas obras sigue siendo muy sugestivo, pese a los cuarenta años que las separan. Ambas giran en torno a figuras atrapadas en contextos opresivos, anhelando la libertad, y en ambas el foco dramático se concentra casi por completo en un único personaje central. Les acompaña, además, una figura femenina de mayor edad con una influencia decisiva. Pese a su reputación como la pieza más sentimental —y, por tanto, más frágil— de Il trittico, Suor Angelica contiene algunas de las páginas más audaces armónicamente del catálogo pucciniano. Il prigioniero, por su parte, se considera la ópera serialista más relevante del repertorio italiano, y en ella Dallapiccola despliega una paleta orquestal de gran riqueza tímbrica, sin renunciar al lirismo vocal que lo vincula con la tradición lírica nacional.
La puesta en escena de Calixto Bieito estableció un vínculo explícito entre ambas óperas mediante un dispositivo escénico común y la aparición impactante del prisionero —herido y cargado en brazos— durante Suor Angelica. El foco de su propuesta estuvo claramente en el trauma y la neurosis de ambos protagonistas. Angelica no es la única que sufre: otras monjas aparecen con signos de desequilibrio mental y conductas autolesivas; la Madre Superiora, incluso, intenta seducirla en un arranque delirante. La esperanza, aquí, no ofrece consuelo. En este infierno íntimo irrumpe la Zia Principessa, vestida con sobria elegancia y menos vampírica de lo habitual. Permanece en escena hasta el final, recorriendo el jardín que Angelica cuida, y termina por ofrecerle una tarta de cumpleaños infantil: un gesto de crueldad extrema, más cercano a una pesadilla que a la realidad, preludio de la visión alucinada de la Virgen que cierra la ópera, y en paralelo a los sueños tortuosos que abren Il prigioniero.
En esta segunda ópera, Bieito optó por una construcción escénica más convencional, aunque de un virtuosismo incuestionable. El jardín se eleva al inicio para mostrar a la madre del prisionero sumida en la angustia, antes de dar paso al protagonista, también herido, que emprende su intento de fuga. El personaje atraviesa diversos espacios, despojados y cambiantes —incluido un momento de vulnerabilidad extrema en el que su madre lo baña mientras él permanece en ropa interior—, hasta llegar al encuentro final con el Inquisidor General en el jardín. Como en Suor Angelica, la libertad soñada acaba revelándose como una cruel ilusión.
La conexión entre ambas óperas, tal como la traza Bieito, resulta eficaz, aunque la caracterización extrema de los personajes secundarios en Suor Angelica corre el riesgo de diluir el pathos y el aislamiento emocional que definen su tragedia. Con todo, cada gesto escénico parece cuidadosamente justificado, y la fluida manipulación de los espacios en Il prigioniero pone de manifiesto el pulso teatral del director. A ello contribuyó de manera decisiva la dirección musical de Michele Mariotti, de una maestría incuestionable. En Suor Angelica, optó por una construcción lenta y medida, aprovechando la delicadeza de la escritura para maderas en los compases iniciales, lo que permitió que los múltiples clímax del tramo final alcanzaran toda su potencia. En Il prigioniero, primaron la precisión rítmica y la variedad tímbrica, sostenidas con una tensión constante a lo largo de toda la estructura formal. Mariotti recordó que Il prigioniero es, ante todo, un thriller psicológico, en el que el coro juega un papel esencial.
En el plano vocal, el gran protagonista de la velada fue Mattia Olivieri, que ofreció una interpretación sobresaliente del prisionero: segura, expresiva y de una entrega escénica admirable, fue recibido con una ovación entusiasta. Como Suor Angelica, Yolanda Auyanet brindó una actuación conmovedora, con una línea de canto cálida, aunque con ciertos signos de desgaste en los agudos. Entre los secundarios, destacó Marie-Nicole Lemieux como una Zia Principessa de gran autoridad, poderosa en el grave y de tono lírico en el conjunto. Ángeles Blancas compuso una Madre vibrante en Il prigioniero, mientras que John Daszak aportó solidez vocal y escénica tanto al Carcelero como al Inquisidor General, cerrando la obra con una presencia imponente. En cambio, los papeles menores en Suor Angelica fueron resueltos con desigual fortuna, con algunas voces tensas que no parecían del todo justificadas ni siquiera por el dramatismo de la producción.
La afluencia de público, por desgracia, fue alarmantemente escasa, con muchas butacas vacías que se multiplicaron a lo largo de la función. Es probable que el nombre de Dallapiccola siga generando cierto recelo, y la ausencia de una voz de renombre no ayudó. Sin embargo, fue una lástima: la segunda mitad de la velada mostró al teatro en su máximo nivel, con un triunfo incontestable de Mariotti.
Ditlev Rindom


