ROMA / Estreno italiano de ‘Adriana Mater’, segunda ópera de Kaija Saariaho

Roma. Teatro dell’Opera. 9.10.2025. Fleur Barron, Axelle Fanyo, Nicholas Phan, Christopher Purves Dirección musical: Ernest Martínez Izquierdo. Dirección escénica: Peter Sellars. Kaija Saariaho: Adriana Mater
Música nocturna. Música hipnótica. Música tentacular. Música que te atrapa y te arrastra al fondo de un magma de emociones negativas: venganza, violencia, maldad (y la esperanza al final, como único elemento positivo). Y, sin embargo, el espectáculo gusta. Se trata de una suerte de voyeurismo masoquista, el del espectador abrumado por un torbellino de sentimientos que se enroscan sobre sí mismos.
Estamos hablando del estreno en Italia de Adriana Mater, segunda ópera de Kaija Saariaho (1952-2023), con un magnífico libreto de Amin Maalouf, que maneja sabiamente los hilos de la emoción, la piedad y la violencia con una precisión sádica que sabe en todo momento dónde golpear y cómo obtener el efecto deseado. Y la ópera, aunque pueda desagradar, involucra, toca en lo más profundo, irrumpe con una fuerza magnética que es como un papel atrapamoscas donde el espectador, inexorablemente atraído, queda atrapado.
El tema es de lo más dramático: el joven Yonas (Nicholas Phan) nació como fruto de la violación de su madre Adriana (Fleur Barron) por parte de Tsargo (Christopher Purves). Ahora quiere vengar a su madre matando a su padre. Cuando se encuentran, Tsargo es viejo y ciego. Prevalecerá el perdón.

El lenguaje de Saariaho se remonta a los orígenes de la ópera, que en su esencia no era, ni es, más que contar una historia con música. Y la compositora lo hace volviendo a los orígenes: la línea melódica se podría definir como una especie de «recitar cantando» moderno, o utilizando un símil un poco más brutal, como un Monteverdi pasado por la batidora de Wagner.
En la producción que hemos presenciado en Roma, la generosa orquesta también está en el escenario, al igual que el coro. Se trata de una presencia épica que produce sonidos escalofriantes que clavan al espectador en la butaca. Y también de una orquesta estruendosa que azota los oídos con el bramido del trueno, pero que sabe ser sutil como un veneno que se inocula en la mente, serpenteante, furtivo.
La dirección de escena corre a cargo de Peter Sellars, que firma un montaje para el teatro romano que supone… su debut en Italia. ¡Increíble! El espacio escénico está encajonado entre la orquesta y el público, y Sellars confía todo el lenguaje expresivo exclusivamente a las capacidades de los cantantes (solo cuatro, como en una tragedia griega). ¡Y qué dotes interpretativas! Se puede decir que son tan buenos actores como formidables cantantes.

La escena está envuelta en una oscuridad casi total. Solo una formación de desnudas luces de neón horizontales cambiantes subraya lo que ocurre en las tablas: el rojo de la sangre, el amarillo de la ira, pero, sobre todo, con más frecuencia que los demás colores, un frío blanco deslumbrante que crea un efecto de morgue donde se diseccionan los cuerpos en busca de la verdad, metáfora de las emociones y los sentimientos que se proyectan desde el escenario. Cada sensación queda al descubierto bajo la luz implacable que escarba, que indaga con precisión quirúrgica y la traduce en la fuerza dramática de la interpretación, combinada con una línea musical que azota con penetrante agudeza emocional. Una simbiosis perfecta.
El director musical Ernest Martínez Izquierdo, quien con sus treinta años de experiencia con la música de Saariaho es uno de sus mayores intérpretes, conduce con seguridad a la orquesta al completo del Teatro de la Ópera y al coro, que ofrecen una magnífica interpretación, a pesar de las enormes exigencias de la partitura.
Franco Soda


