Quo vadis, música?

En una escena de la película Tár, un relato de ficción sobre una directora, Lydia Tár (que alcanza el olimpo de la dirección orquestal: la titularidad de la Filarmónica de Berlín), Tár está impartiendo una clase magistral en la Escuela Juilliard de Nueva York. Allí se encuentra a un joven alumno llamado Max. En un momento dado de la conversación, Tár invita a Max a explorar la música de Bach y, sentada al piano junto al nervioso alumno, desgrana el primer Preludio de El clave bien temperado. La respuesta de Max nos sacude. Se define como “persona racializada y pangénero” y defiende que la reputación de Bach como “misógino” –basada, según el diálogo, en que tuvo veinte hijos– y su identidad “cisgénero, blanca y masculina” hacen que no sea capaz de apreciar su música. Ficción, sin duda, pero…
“…hoy en día, hay nuevos estrenos mundiales de música de compositores vivos, compositoras… para cumplir con todo un requisito de condiciones que antes no había. En el mundo cada vez hay más diversidad e inclusividad, algo que yo apoyo totalmente y me parece bien, pero desde luego no deja espacio para Haydn, que es un compositor masculino muerto.” Estas palabras las pronunció ese gran director (y más que muy perspicaz observador y analista del mundo que vivimos) que es Paavo Järvi, en la entrevista que mantuve con el en la primavera de 2023, que pueden leer íntegra aquí. Surgieron al hilo de mi pregunta sobre por qué se programaba tan poco la música de Haydn. Y esto, ay, ya no es ficción, es una observación, y muy buena, por cierto. Repasen cuánto Haydn hay en las temporadas sinfónicas.
¿Está la colosal estupidez que relata la ficción tan lejos de la realidad? Mucho me temo que no. Los hechos, en realidad, apuntan a que incluso podría estar quedándose corta en su evocación de lo que en realidad está pasando. Beethoven, sin ir más lejos, ha sido objeto de afirmaciones tan furibundas como estupefacientes. Y, aunque pueda parecernos mentira, no son nuevas. Ya en los ochenta la musicóloga estadounidense Susan McClary decidió tener su momento de gloria: “… la recapitulación en el primer movimiento de la Novena es uno de los instantes más espeluznantes de la música, ya que la cadencia, cuidadosamente preparada, se ve frustrada, acumulando una energía que finalmente estalla en la rabia asfixiante y asesina de un violador incapaz de alcanzar el alivio.”

Algunos han ido más lejos. Y el año de la pandemia, 2020, en el que además se conmemoraban los 250 años del nacimiento del compositor de Bonn, fue especialmente pródigo en diatribas anti beethovenianas. Otro musicólogo, compatriota de McClary, Philip Ewell, apuntaba que “Beethoven es como una metonimia de la combinación tóxica que suele darse cuando la raza blanca se une a la masculinidad en la historia de Estados Unidos.” En un ensayo (?) que puede leerse íntegro aquí, materia para la que aconsejo hacer acopio de mucha paciencia y, si es posible, algún que otro tranquilizante, nos deja perlas como esta: “El término ‘maestro’ y sus derivados (‘obra maestra’ y similares) tienen connotaciones tanto racistas (amo/esclavo) como sexistas (amo/ama). En teoría musical, el término ‘obra maestra’ se aplica generalmente a composiciones de hombres blancos”.
Y ahora, atentos: “Pero la Novena Sinfonía de Beethoven no es más una obra maestra que 12 Little Spells de Esperanza Spalding. [Toma nísperos, Mariana]. Afirmar que Beethoven era algo más que, digamos, un compositor por encima de la media es afirmar que conoces toda la música escrita en el planeta Tierra hace 200 años, cuando Beethoven estaba en activo como compositor, cosa que nadie hace”. Ole el salero.

Tras tan singular razonamiento, Ewell llega a una conclusión que, siendo generosos, hay que considerar verdaderamente exótica: “Beethoven ocupa el lugar que ocupa porque ha sido respaldado por la raza blanca y la masculinidad durante doscientos años, y ambas nos han dicho que su grandeza no tiene nada que ver con ellas, sino que resulta neutra en cuanto a raza y género. Así, el marco de la teoría musical, dominado por hombres blancos, nubla lo referente a la raza y el género, uno de sus principales objetivos”.
Y dirán ustedes, “bueno, pero eso será cosa de Ewell y McClary”, como si estos dos musicólogos (y, atención, profesores; se pone el pelo de punta pensando en lo que transmiten) fueran Abbott y Costello. Pero no. Ese mismo año, en un artículo publicado en el digital estadounidense Vox.com, Nate Sloan y Charlie Harding se marcaban un artículo en el que la transición desde el dramático comienzo al triunfante final que escuchamos en la Quinta sinfonía del gran sordo no constituye, como muchos pueden creer, el retrato de la victoria de la lucha del músico frente a su propia desgracia personal, sino, agárrense, “una lectura muy extendida entre quienes ostentan el poder, especialmente entre los hombres blancos adinerados que adoptaron a Beethoven y convirtieron su sinfonía en un símbolo de su superioridad e importancia. Para algunas personas de otros colectivos —mujeres, personas LGBTQ+, personas de color— la sinfonía de Beethoven puede ser, sobre todo, un recordatorio de la historia de exclusión y elitismo de la música clásica.” Forges hubiera dicho, “Y nosotros, con estos pelos”.
El guante fue recogido poco después por James Mitchell, que en otro digital británico, Varsity, se preguntaba si había llegado el momento de cancelar a Beethoven, y si ello redundaría en un escenario musical “más inclusivo, diverso y accesible”, pero, por fortuna, su artículo traía un poco de sentido común al delirante debate. Ha habido voces (Jonathan Tobin entre otras) rebelándose frente al despropósito. Pero lo cierto es que el trasfondo (lean de nuevo las palabras de Järvi), existe.

Y eso nos lleva a otro punto, también comentado en esa misma entrevista. El futuro de las orquestas y hacia dónde camina la programación musical. Lean este otro párrafo de aquella entrevista con Järvi:
“…Europa, por supuesto, tiene una filosofía diferente, hacia la socialdemocracia, que es algo muy diferente al capitalismo duro que se ve en América, y hay un cierto sentido, especialmente en Alemania, de la responsabilidad del arte y la necesidad de que el Estado lo apoye. Y me parece estupendo. En realidad, sin embargo, disminuirá, y disminuirá no porque haya menos dinero, sino porque los dirigentes son cada vez menos cultos. El mundo está ahora dirigido por gente bastante joven, jóvenes súper inteligentes, súper listos, increíblemente bien preparados… pero incultos. Y hay una enorme brecha entre los viejos líderes y los nuevos. Cuando piensas en un líder del pasado, la cultura formaba parte de su educación. Luego piensas en el presente… y ya no la encuentras. Esa es la realidad. La gente mira a Bill Gates o Elon Musk y… no saben nada de arte. Ni siquiera creen que sea importante. Sin embargo, esas personas son muy importantes para impulsar la sociedad hacia adelante, porque sus ideas incluyen la tecnología y toda suerte de importantes innovaciones. Pero el arte ni siquiera forma parte de ello, y esto es una evolución trágica. Creo que es una de las razones por las que temo un poco por nuestro futuro. Muchos de esos momentos emocionales y espirituales, también los de empatía, sólo pueden desarrollarse realmente a través del arte. Así que una persona que no crece con el arte como parte de su vida, no como un añadido, sino como algo orgánico, nunca será capaz de entender el problema de una manera empática. Y por eso estamos en la situación en la que estamos ahora, una especie de confusión, porque muchas de las personas que dirigen el mundo no son cultas. Creo que esa será también la razón de la reducción del apoyo público y de que el apoyo privado cobre más importancia.”

El análisis de Järvi es tan preclaro como, en buena medida, estremecedor. Y sigue: “Esta es la razón por la que los líderes artísticos, que piensan mucho en estos temas, están poniendo tanto énfasis en la idea de la inclusión, la diversidad y todos esos temas que deben ser la prioridad número uno en este momento. De lo contrario, los líderes que dan dinero dirán “miren, no tienen una forma de arte lo suficientemente diversa como para que la disfrute todo el mundo”. Aunque… esta forma de arte no está diseñada para ser disfrutada por todo el mundo. Como arte de élite, siempre será un nicho. Siempre ha sido así, incluso en la época de Haydn, nunca ha sido algo para todo el mundo. Siempre ha sido para gente sofisticada, educada, involucrada…”
Quo vadis, musica? Pregunta difícil. El marketing, el imperio de los agentes, las agendas de artistas con un nivel de actividad enloquecida (¿es posible mantener la calidad, la profundidad, con semejante intensidad, sin apenas respiro?), la creciente impunidad de los conflictos de interés (la abuela de Downtown Abbey habría preguntado, como hizo cuando le mencionaron los fines de semana, “¿qué es eso?”), y ahora la intervención creciente de argumentos no solo extramusicales, sino abiertamente aculturales, como alguno de los mencionados en esta reflexión, son platos para un menú que no invita a la degustación. La típica turbulencia que se desata y se sabe cómo empieza… pero no cómo acaba.
Los dislates mencionados respecto a Bach o Beethoven se han extendido pronto a Mozart (recordemos aquel intento de cancelación de un concierto con el Ave Verum porque el estado francés es laico) y a Handel (la suspensión de la interpretación de Israel en Egipto de Handel por el reciente conflicto de Oriente Medio, o el intento, felizmente frustrado, de cancelar El Mesías porque su interpretación podía ofender a los practicantes de otros credos). Quo vadis, musica?

El reciente cese fulminante de Andris Nelsons al frente de la Sinfónica de Boston, despachado con un glorioso recital de eufemismos vacuos (el mundo anglosajón no cesa de asombrarnos en el superlativo talento que tienen para construir expresiones tan impolutas en su corrección como absolutamente carentes de contenido) por quienes le han cesado, ha disparado las sospechas de que ese “el Board y Nelsons no están alineados en su visión de futuro de la orquesta” esconde, en realidad, la nube de que haya discrepancias en cuanto a la estrategia de programación, y que el nuevo CEO de la Sinfónica de Boston tenga en la cabeza una estrategia DEI para la programación (DEI = Diversity, Inclusion, Equity, creo que no es necesaria la traducción) que Nelsons no comparte.
¿Suena familiar? A la luz de lo apuntado por Järvi, uno diría que sí. El cese de Nelsons ha motivado un aluvión de protestas de los músicos y del público, con manifiestos de solidaridad desde la Gewandhaus o la Filarmónica de Berlín. Lo que ha seguido son… más eufemismos.
La buena noticia: el público sigue llenando las salas cuando lo que se ofrece es bueno y se adivina va a ser bien interpretado. Pero también puede ser un signo de que lo que quiere el público es una cosa, y lo que quieren esas otras “formas de arte” mencionadas antes (las palabras de Järvi), es otra. O sea, que “no están alineados”, como la gerencia de Boston y Andris Nelsons.
¿Puede haber temor por parte de la dirección de la Sinfónica de Boston en revelar con franqueza que, en efecto, es su divergencia en la estrategia DEI lo que está detrás del cese? Es posible que solo cuando este asunto se cierre definitivamente lo sepamos. De momento, tenemos la sinfonía del eufemismo, que continúa su prolijo y cansino desarrollo. Pero, por si acaso, tal vez conviene no olvidar lo de los compositores blancos muertos y sus argumentos aledaños. No vaya a ser que esos argumentos asomen la patita.
Rafael Ortega Basagoiti


