¿Por qué no se cancelan ustedes?

Tiempo ha que en esta sociedad moderna hemos perdido el norte, el sur y, en fin, los cuatro puntos cardinales. Subidos en el pedestal de una pretendida pureza moral y política, los apóstoles y voceros de la corrección política llevan tiempo desarrollando, con especial ímpetu en el mundo anglosajón, pero ya esparcida su infausta estela por todo el globo, una cultura de la cancelación que, en realidad, ni es cultura ni es cancelación. Es, digámoslo claro, incultura y censura.
En el torrente, hasta ahora por desgracia aparentemente imparable, de catetos además de mojigatos ejercicios de esta censura cursi, hemos vivido en la música toda clase de asombrosas y lamentables piruetas: la prohibición de enseñar ciertas obras de Debussy en una escuela neoyorquina por contener títulos supuestamente racistas (como Le petit nègre), el cambio de nombre de personajes de ópera para que el colectivo oriental no pudiera ofenderse (los Ping, Pang y Pong de Turandot) o los follones desatados porque a un tenor en Otello se le maquille de negro o a una soprano le hagan lo propio para protagonizar Aida. Hemos vivido las presiones porque interpretar (Muti, nada menos) el Ave Verum de Mozart en el santuario de Lourdes era un ataque a la laicidad del estado francés, y sindicatos de profesores (sí, han leído bien) consideraban que los alumnos no debían participar de tal hecho. Hemos leído también las presiones, igualmente hacia Muti (que naturalmente, no hizo ni caso), para cambiar partes del texto de Un ballo in maschera porque un personaje aludía, con desprecio, a las personas de raza negra.
En tiempos recientes, hemos asistido al boicot hacia el arte ruso como consecuencia de la invasión de Ucrania por el dictador Putin. Pero, como escribí hace tiempo, ni Chaikovski, ni Musorgski, ni Shostakovich, ni Prokofiev, ni Tolstoi, ni Chejov, tienen la culpa de que Putin sea un dictador, como tampoco la tenían de que Stalin fuera un criminal… y como tampoco la tienen Bach, Beethoven, Brahms, Mozart o Haydn de que cierto individuo con bigote, al que Hindenburg despreciaba llamándolo “cabo de Bohemia” (y eso que se equivocaba, porque Hitler no era nativo de Bohemia), se erigiera en un genocida sin competencia (hasta que Stalin entró en liza).
Pero como el liderazgo mundial actual es un verdadero páramo, esta incultura paleta e hipócrita sigue haciendo de las suyas. Al patíbulo han subido ahora al pobre Haendel, vaya por Dios. El Coro de cámara RIAS [en la foto], de Berlín, una veterana y excelente agrupación, que celebra en estas fechas su 75 aniversario, ha decidido cancelar la interpretación de Israel en Egipto, uno de los oratorios más bellos del sajón, con textos procedentes del Antiguo Testamento (el Éxodo) en el que el Coro tiene una participación espectacular. Lo hace por razones que hay que encuadrar en esa tendencia a la decisión blandengue de plegarse a todo lo que manda la incultura censora, falsamente llamada cultura de la cancelación.
La nota emitida por el coro es delirante y deprimente a la vez (y sí, también indignante). Se dice “El mundo está convulsionado. El ataque ruso a Ucrania continúa y se cobra víctimas cada día. La guerra en Oriente Medio tampoco tiene fin a la vista y trae un sufrimiento sin fin a los civiles de todos los bandos. En el oratorio, hay un poder unilateral y omnímodo, que está representado principalmente por el coro. Dada la situación actual, no consideramos apropiado ofrecer esta representación para nuestro público en el nuevo año, aunque proceda del Antiguo Testamento. Nos centramos más bien en comenzar el año con una petición de paz”. En lugar del oratorio, el coro interpretará el Salmo 122, que ensalza Jerusalén. Según el comunicado. “Jerusalén es una ciudad santa para judíos, musulmanes y cristianos por igual. El fanatismo, el antisemitismo y el odio nunca han contribuido a la coexistencia pacífica. Sin embargo, no queremos perder la esperanza de un entendimiento mutuo caracterizado por… la tolerancia y el respeto mutuo“.
Hala, como decía el del anuncio aquel, “Paz y amor, y el Plus pa’ el salón”. El pobre Haendel, víctima de los esfuerzos pacifistas. Pero no, Haendel, como antes los rusos en el caso de Ucrania, no tiene la culpa de la locura desatada en Israel y Gaza. Los melómanos que iban a disfrutar de este precioso oratorio, tampoco. Y la cobardía de quienes se pliegan sin decir ‘esta boca es mía’ ante el demencial dictado de los catetos apóstoles de la censura políticamente correcta, puede tener, si alguien no detiene esta tendencia demencial, consecuencias deletéreas sobre la cultura. Por ello, no me contarán, ciertamente, en la militancia de quienes callen, con culpable y cómplice silencio, ante atropellos como este.
A todos los catetos que, en adocenado rebaño, quieren ejercer de modernos Torquemadas, les repetiré hasta la saciedad que, como sentencia el dicho, el culo, más finamente llamado antifonario, también aludido como la parte de nuestra anatomía donde la espalda pierde su honesto nombre, no tiene nada que ver con las témporas, ese tiempo de ayuno al comienzo de cada una de las estaciones del año al que nos veremos, seguramente, abocados en muy pocos días tras los excesos de las fiestas. Dejen en paz, de una vez, a Haendel… y a todos los demás, desde Debussy a Verdi. Y, puestos a cancelar, cancélense ustedes. Saldríamos ganando.
Rafael Ortega Basagoiti
(foto: Oliver Looks)


