PONTEVEDRA / Manuel Gómez Ruiz: un ‘liederista’ entre nosotros

PONTEVEDRA / Manuel Gómez Ruiz: un ‘liederista’ entre nosotros

Pontevedra. Auditorio Pazo da Cultura. 20-XII-2021. Sociedad Filarmónica. Manuel Gómez Ruiz, tenor. Antonio Galera, piano. Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.

La benemérita, por no decir heroica, como tantas otras de sus homólogas, Sociedad Filarmónica de Pontevedra, cerraba el año con un recital de lied de precioso programa: An die Ferne Geliebte de Beethoven, cinco Lieder de Schubert y Dichterliebe de Schumann. Es decir, el amor —y el dolor que produce— como tema de una sucesión implacable de piezas maestras. También toda una prueba para sus intérpretes y hasta para un público que acude con sus referencias ideales en la cabeza aunque, al fin, tanta belleza acabe por imponer su propio instante.

Para que eso suceda hace falta una propuesta capaz de abrirse paso entre tanta antología, como sucedió con el joven tenor grancanario, de 1986, Manuel Gómez Ruiz. Su formación en la Hochschule für Musik Hanns Eisler de Berlín con Annelise Fried, en la Universität der Künste con el tenor Robert Gambill y su trabajo con Thomas Quasthoff, John Mark Ainsley, Thomas Hampson o Thomas Allen —ojo, y con pianistas como Wolfram Rieger, Justus Zeyen o Malcolm Martineau— es, en principio, una garantía que el recital fue confirmando. Desde una estupenda presencia escénica, Gómez Ruiz aborda la canción de arte con inteligencia y buen gusto, con ese verdadero sentido interpretativo que los dos ciclos que abrían y cerraban programa requieren y la variedad de registros que, en todos los aspectos, Schubert sugiere. Y ello con naturalidad, con unas características vocales que se lo permiten a partir de una hermosa voz a la que en ocasiones dota de un vibrato muy controlado y muy pertinente también.

Da la sensación Gómez Ruiz de ser un liederista nato, que a veces arriesga en aras de una expresividad que quisiera poner al límite de sus posibilidades. Quizá por eso habría que afinar un poco algún final de canción pero también por eso se consiguen logros como los escuchados en Schäfers Klagelied, Der Wanderer zum Mond o Der Musensohn schubertianas o en momentos de Dichterliebe como Die Rose, die, Lilie…, Ich grolle nicht —muy bien cargada dramáticamente—, Das iste in Flöten und Geigen, Au salten Märchen winkt es y, naturalmente —hay que poder, y saber, llegar hasta ahí con ánimo y con emoción acumulada— el Lied final de la serie, Die alten, bösen Lieder.

Los dos encores, Rheinlegendchen de Des Knaben Wunderhorn de Mahler y una espléndida Las morillas de Jaén en la armonización de Federico García Lorca, abundaron en la excelente impresión dada por un cantante que, cosa no muy habitual entre nosotros, parece haber encontrado en el mundo del lied su lugar natural. Lo acompañó con plena solvencia Antonio Galera, que mostró su clase especialmente en esos momentos que Schumann reserva al piano, sobre todo, y como no podía ser menos, en el gran postludio que cierra Dichterliebe.