MADRID / Plasmación musical de la angustia, por Arturo Reverter

MADRID / Plasmación musical de la angustia, por Arturo Reverter

Madrid. Auditorio Nacional, 26-I-2029. Gautier Capuçon, violonchelo. Christina Gansch, soprano, Sophie Harmsen, mezzo, Robin Tritschler, y Ludwig Mittelhammer, barítono. Orquesta y Coro Nacionales. David Afkham, director. Obras de Dutilleux y Haydn.

Arturo Reverter

uculenta sesión musical la de este fin de semana en la que se daban cita dos obras bien distintas, Tout un monde lointain…, de Henry Dutilleux, y la Missa “Nelson”, de Haydn. Dos composiciones que Javier Vizoso, en sus sugerentes notas al programa, coloca en extremos opuestos de la angustia, la interior y reconcentrada y la exterior en espera del exorcismo salvador.

La primera partitura es un sui generis concierto para violonchelo y orquesta escrito entre 1967 y 1970 para Mstislav Rostropovich. El sinuoso, rico, variado, bien coloreado lenguaje del compositor galo, inscrito en un discurso atonal de ecos expresionistas, con exigentes momentos de alto virtuosismo y pasajes nada fáciles en la zona aguda, creadores de una tensión vivificante, pide mucho al solista, que ha sido en este caso el también francés Gautier Capuçon [en la foto], magnífico instrumentista que ha interpretado sin problemas las cinco partes de la onírica composición, basada en poemas de Baudelaire: Énigme (Enigma), Regard (Mirada), Houles (Oleajes), Miroirs (Espejos) e Hymne (Himno).

Capuçon cuidó casi mágicamente el silencio inicial, las primeras escaramuzas sobre golpes de los platos suspendidos, el lento crecimiento y la  esquinada escritura. Labró magistralmente las numerosas notas agudas, que salieron de su arco con la afinación y la tersura de un violín. En Espejos disfrutamos de momentos de delicada poesía con el juego de láminas y las cálidas frases del solista. Afkham mantuvo la línea y marcó con decisión los enérgicos ritmos de Himno, donde Capuçon dibujó las caprichosas figuraciones sin perder la compostura. La áspera danza siguió su curso hasta desembocar en el silencio con el que la obra comenzaba. Segundos preciosos que culminaban una recreación de alto voltaje. El solista ofreció como bis El cisne de Saint-Saëns, acompañado muy bien al arpa por Selma García Ramos, a la que, gentilmente, hizo partícipe de los muchos aplausos.

Luego, la obra de Haydn, que nos muestra las mejores esencias del ya anciano compositor, depositadas en sus últimas Sinfonías, en los dos grandes oratorios —Las estaciones y La Creación— y en sus seis postreras Misas, que son modelo de concisión, de limpia arquitectura y de belleza melódica. Afkham partió de un orgánico reducido, con coro y orquesta de unos 40 miembros cada uno. Un planteamiento quizá respetuoso con la historia que no siempre en este caso arrojó diáfana luz sobre la interpretación, bien marcada rítmicamente por el gesto sin batuta del director. El Coro, tan irregular habitualmente en sus intervenciones, mostró diversas caras y no cantó siempre empastado y límpido, defecto que ya pudimos apreciar en el Kyrie.

La de cal la tuvimos en la suave y sutil entrada del Qui tollis y en la excelente planificación de la fuga del Amén final en el Gloria, donde las sopranos sobresalieron en exceso. La redondez no se instaló en el comienzo del Credo, aunque en el Incarnatus se produjo uno de los mejores instantes de la  noche a través de los logrados fundidos con la soprano solista. La Orquesta, que tuvo una digna actuación, se movió cómodamente en las ligeras figuraciones de la última sección de este movimiento. Estupendo, bien modulado y cuidado, el inicio del Sanctus, cerrado con la animada y bien delineada fuga del Osanna. Afkham supo imprimir vida y claridad a los últimos compases del Agnus, con unos excelentes pasajes en piano.

Haydn sólo plantea problemas de ejecución entre los solistas a la soprano, que ha de encaramarse nada más empezar el Kyrie a la zona aguda en el curso de unas nada fáciles agilidades, que Christina Gansch, de timbre luminoso y ligeramente gutural, supo reproducir con relativa fortuna. Mejoraría luego en el refinado Et Incarnatus y en las fioriture del Amén del Credo. Sus demás compañeros la cortejaron con fortuna en el Agnus. La mezzo Harmsen mostró un timbre claro y agradable, pero resultó casi inaudible casi siempre. Discretito el tenor Tritschler, apagado y ligeramente engolado, y tierno el barítono Mittelhammer, de metal atractivo, de grave bien apoyado y de agudo por definir. Ha de crecer.