Ping (Jim), Pang (Bob), Pong (Bill)

Ping (Jim), Pang (Bob), Pong (Bill)

El cambio de los nombres de Ping, Pang y Pong por los de Jim, Bob y Bill aceptado por la Canadian Opera Company para su Turandot de Puccini tras el consejo del chino-canadiense Richard Lee, integrante del comité de diversidad e inclusión de la compañía, es un episodio más de los extremos a que ha llegado la buena intención de lo políticamente correcto cuando se ha convertido no ya en inquisición, que también, sino en pretendida devolución de dignidades ofendidas. Cuando Puccini escribe su Turandot transforma las figuras de la commedia dell’arte de Gozzi en tres tipos agudos —nada ridiculizados por cierto— que responden a tres nombres eufónicos, fáciles, en un momento en el que la distancia no solo geográfica era lo suficientemente grande como para que ni posibles ofensores ni probables ofendidos dieran importancia a un asunto como ese. Y el tiempo trascurrido, la permeabilidad global y, sobre todo, la pertinencia artística hacen que los nombres de los tres personajes solo puedan molestar a quienes no es que tomen el rábano por las hojas sino que ni siquiera saben distinguir las hojas del rábano. Lee, por otra parte, muestra ser un pésimo degustador de ópera, además de una persona de muy estrecho horizonte cultural, menos listo, por otra parte, todo hay que decirlo, que Annilese Miskimmon, que calificó a Madama Butterfly de repulsiva y que, al fin y al cabo, teoriza lo suficiente como para no meterse en un jardín que amenaza con convertirse en selva infranqueable. Quizá lo mejor de Turandot sea el diálogo entre esos tres personajes llamados así porque la ignorancia occidental lo consentía en aquel entonces del mismo modo, es verdad, que cierta literatura ofrecía una visión mucho más respetuosa y dramática en libros bien vividos como René Leys de Victor Segalen o, antes, en los maravillosos recuelos de Das Lied von der Erde –por no hablar del precioso disparate de Le cinesi de Gluck. ¿Qué pintan en Turandot tres tipos llamados Jim, Bob y Bill? ¿De dónde vienen? ¿Son unos americanos contratados como asesores áulicos con la cabeza siempre pendiente de un hilo? No, no se preocupe, se llaman así pero son chinos, tres ministros en realidad. Usted dispense. Puccini, con ellos, distancia e ironiza porque, además, sabe que ha de equilibrar la épica amorosa de la relación entre Calaf y Turandot —ella sí una mala persona, por cierto, pero redimida por el amor a buenas horas y que, aunque china, su nombre no lo es, lo que la salva de momento— con ese trío que explica, entre otras cosas, la banalidad del terror.

Quizá la gente de mi edad que vivía entonces en Madrid, recordará la producción del Teatro de la Zarzuela de una Madama Butterfly  dirigida escénicamente por Nuria Espert y musicalmente por Antoni Ros-Marbà. La pitada a una propuesta tan inteligente como adecuada a eso que llamaríamos crítica social y que hasta el propio Puccini sabía muy bien lo que era, pues lo incluye de modo esencial en su partitura —el buen entendedor no necesita mayores pruebas de ello en el discurrir de la misma— fue de las que hacen época. Aquel público no sabía nada de lo políticamente incorrecto pero le molestaba algo peor, aquello que estimaba traición a lo que entendía buenas costumbres, normalidad adquirida, a la ópera no se va a sufrir, a un arquetipo que había acabado por imponerse y que no le complicaba la vida. En el fondo, lo mismo que lo del señor Lee pero por otros medios.

Hay una frase que da todo su valor a la noticia que recogía SCHERZO el 2 de octubre: en Toronto han querido curarse en salud. Esa es la cuestión: todo es susceptible de ser malentendido y nada está a salvo mientras haya alguien con cierto mando en plaza dispuesto a interpretarlo a su manera. Me recuerda a lo que dijo una vez, henchido de soberbia, el responsable de un importante centro cultural madrileño: “aquí enseñamos qué leer y cómo hacerlo”. Pues por ahí, por ahí vamos.