PERALADA / Yoncheva y Martineau, de Francia a Italia

PERALADA / Yoncheva y Martineau, de Francia a Italia

Festival Castell Peralada. Iglesia del Carmen. 2-VIII-2022. Sonya Yoncheva, soprano. Malcolm Martineau, piano. Obras de Duparc, Viardot, Chausson, Donizetti, Puccini, Tosti, Verdi, Delibes y Martucci.

El primero de los tres recitales líricos que marcan la última semana de esta edición del festival gerundense (seguirán Lise Davidsen y Ermonela Jaho, además de la velada nocturna de hoy con Josep Carreras y la soprano Martina Zadro, más la orquesta del Liceu dirigida por el sobrino del tenor, David Giménez Carreras) ha corrido a cargo de la soprano búlgara Sonya Yoncheva (Plovdiv, 1981), con un programa idéntico al ofrecido, con gran éxito, en el Metropolitan neoyorquino hace pocos meses.

Yoncheva es una cantante de gran versatilidad que, iniciada en las aguas barrocas de la mano de su admirado William Christie, ha ido expandiendo su repertorio, algo a lo que la fenomenal presencia de su instrumento ayuda, indudablemente. La voz de Yoncheva tenía en sus inicios un color más evidentemente lírico, y aunque se movía (y sigue haciéndolo) con soltura en la agilidad y con envidiable firmeza en todo el rango de la tesitura, sí parece evidente que con el tiempo parece ir evolucionando a un peso que la acerca más a lo dramático. El timbre es particularmente grato en los medios, y solo parece tornarse algo menos dulce en algunos agudos de imponente proyección, pero quizá con menos lustre. Una voz, en todo caso, de impresionante carácter e irresistible atractivo que, sumada a una personalidad arrolladora y una presencia teatral apabullante, la convierten en una cantante de las que cautiva a las primeras de cambio.

El recital de anoche se dividía en dos partes bien diferenciadas. La canción romántica francesa, con una incursión del Donizetti más francés (su Depuis qu’une autre a su te plaire, tercera de las Sei arie op. 3, canciones tardías —1844— en la carrera del compositor), ocupó la primera parte, con obras de Duparc (L’invitation au voyage, Au pays où se fait la guerre, La vie antérieure y Chanson triste), Viardot (la deliciosa Haï luli!), Chausson (Le temps des lilas de Poème de l’Amour et de la Mer y la segunda y quinta canción de su op. 2, Le charme y Sérénade italienne) y Delibes (la salerosa Les filles de Cadix, próxima, incluso en el tiempo, a su compatriota Bizet, cuya Carmen se estrenaba apenas un año después).

Yoncheva lució en ellas sensibilidad, temperamento (estupenda su Au pays où se fait la guerre), contagiosa pasión y energía (la canción de Donizetti antes apuntada) y encanto (exquisitas las dos últimas partituras de Chausson), pero quizá lo mejor de esta primera parte llegó con el precioso gracejo de Haï luli! de Viardot, una página donde brillaron el mejor lirismo y agilidad de la búlgara y, por supuesto, con la vibrante, sugerente y sensual página de Delibes, presentada con tanta perfección vocal como cautivador temperamento, culminando en un do sobreagudo de envidiable firmeza y redondez poco antes del final.

La segunda parte nos llevó a Italia, pero no a la Italia más operística, la que más a menudo escuchamos en manos de esta y otras cantantes, sino la de la canción, no solo de la mano de alguno de sus más conocidos autores, como Tosti, sino de compositores de quienes estamos más acostumbrados al mundo del aria o fragmento operístico, como Verdi o Puccini, cuyas contribuciones al mundo de la canción son mucho menos frecuentadas. Detalle de programa que hay que agradecer a Yoncheva, porque nos dio la oportunidad de escuchar páginas de gran belleza.

Cuatro canciones de Puccini para abrir boca (Sole e amore, Terra e mare, Menti all’avviso y Canto d’anime), obras escritas entre 1882 (el Puccini más joven) hasta 1904 (el año de la primera versión de Madama Butterfly), dibujadas con sensibilidad y hondura expresiva en el canto, especialmente evidente en la dramática traducción de la tercera de las canciones mencionadas.

Similares características adornaron las canciones de Martucci (Al folto bosco, placida ombría) y Tosti (L’ultimo bacio, Ideale). Precioso el final de la segunda de este último, y quizá un punto menos redonda la emisión del Sol agudo cerca del final de la primera.

Cerraban la sesión tres canciones de Verdi, todas ellas enmarcadas en el periodo inicial del compositor (In solitaria stanza, de las Sei romanze de 1838, Ad una stella, de la colección del mismo título que la anterior, de 1845 y L’esule, de 1839). Obras que, aunque no salidas de las óperas, lo parecen, porque contienen la trepidante y juvenil energía y luminosidad melódica del primer Verdi. Y justamente eso fue lo que nos regaló Yoncheva anoche. Vibración, firmeza, presencia vocal, instinto teatral del mejor y una entrega absoluta.

Compañero de lujo Malcolm Martineau, que con la tapa del piano semicerrada (la acústica de la Iglesia del Carmen es asaz traicionera para el piano) ofreció una verdadera exhibición del arte no ya de acompañar, sino de verdadera fusión con la cantante. Expresivo, con un sonido envidiable, impecable en la ejecución y atento a cada inflexión. Una maravilla de principio a fin.

Pese al agobiante calor (Yoncheva fue la primera que hizo generoso uso del abanico; no podía ser de otra manera), el recital fue un éxito rotundo, y la búlgara, que tiene además un gancho con el público envidiable, regaló tres propinas: Donde lieta usci, de La Bohème pucciniana, sutil y llena de poesía, la inevitable Habanera de Carmen de Bizet (en una lectura libérrima de rubato y teatralizada con arrumacos al pianista, al que igual se le aceleró el pulso, aunque no lo evidenció) y Adieu, notre petite table de la Manon de Massenet. Una gran sesión, con un repertorio no frecuente pero de gran belleza, servido con excelencia por Yoncheva y Martineau.

Rafael Ortega Basagoiti

(Foto: Toti Ferrer)