PERALADA / Noche estelar con un arrollador Michael Spyres y una deslumbrante Sara Blanch

Peralada. Iglesia del Carmen. 08-VIII-2026. Sara Blanch, soprano. Michael Spyres, tenor. Giulio Zappa, piano. Canciones y arias de Offenbach, Gounod, Rossini, Puccini, Sorozábal, Chapí, Donizetti, Thomas, Bracco, Lara, Giménez y Penella.
El apartado lírico de la 40ª edición estival del Festival de Peralada concluyó a lo grande con la programación de un recital con dos de las figuras más rutilantes del presente panorama lírico internacional: la soprano Sara Blanch y el tenor Michael Spyres.
Curiosamente la catalana fue hace diez años la primera artista residente del festival, con especial dedicación a la ópera contemporánea y barroca en obras de García Demestres y Monteverdi. A lo largo de esta década, ha ido tejiendo con el festival ampurdanés una continuada relación en recitales de compositores vivos y alguno otro de filiación rossiniana como el de la edición de 2024 con un barítono como Paolo Bordogna. En este verano de 2026 ha estado acompañada del baritenor estadounidense Michael Spyres, recién llegado de compromisos en Viena, Aix-en-Provence, Salzburgo o Barcelona. Al final del recital nos confirmó que en el próximo festival de Bayreuth debutará en Lohengrin.
Ambos mostraron enfoques distintos en el recital, a pesar de compartir una transición hacia nuevos repertorios. Él hizo una arrolladora presentación de su doble condición tenoril y baritonal, mientras que ella, aparte de mostrarse deslumbrante en algunos de sus roles consustanciales de lírico-ligera, fue tanteando nuevos caminos, dada la evolución de su voz hacia un terreno más lírico y menos aéreo, con resultados ambivalentes.
Que las tipologías vocales en el siglo XIX no estaban tan marcadas es algo sabido y Spyres, que es un gran conocedor de las técnicas empleadas por los cantantes históricos del periodo áureo del bel canto, dio cumplida muestra de su “baritenoralidad”. Comenzó con un “Il était une fois” de Les contes d’Hoffmann, deslumbrante, seguro, con un registro agudo brillante, con notas altas perfectamente colocadas y a un ritmo endiablado, una constante del velocísimo pianista Giulio Zappa, para luego cantar la cavatina de Fígaro “Largo al factotum” del Barbiere di Siviglia de un modo inolvidable (de lo mejor escuchado por uno en años), con un despliegue de fraseo, cadencias, un canto silabado de sobrada pericia técnica y expresiva, un convincente movimiento escénico y unos cambios de color en la zona aguda y en una enfatizada zona grave deslumbrantes. Dejó en el aire la duda de si estábamos escuchando a un tenor que oscurecía la octava media y grave o a un barítono de timbre muy claro que ascendía al centro-agudo vertiginosamente. Prueba rotunda de que es un real baritenor, como podía ser Domenico Donzelli a mitad de su carrera, capaz de agilidad en el Rossini serio frente a roles más contraltinos y de ser un tenor más sombrío, central y potente como primer Pollione de la Norma belliniana. Fue en la romanza “No puede ser” de La tabernera del puerto, de Sorozábal, donde las cosas se calmaron un poco y regresó a un tenorismo lírico y fácil, con una notable dicción, si bien algo ajeno al sentido de lo cantado, lo que suele darse en cantantes muy políglotas, concentrados en la dicción, pero no siempre en la interpretación.
En la segunda parte, Spyres abordó el brindis de Hamlet, “O vin, dissipe la tristesse”, del segundo acto de la ópera homónima de Ambroise Thomas, compositor que había escrito el rol titular para tenor, pero dada la no disponibilidad por parte de la ópera parisina de uno que pudiera afrontar la parte tal y como había sido originariamente concebida, tuvo que trasponerla y adaptarla a las capacidades del primer barítono de la compañía, Jean Baptiste Faure. Spyres cantó esa chanson à boire con una inusitada brillantez y una cadencia más aguda de lo que habitualmente se escucha si se recurre al acostumbrado barítono. Esa dicotomía baritenorial desapareció en la Serenata de Calogero Adolfo Bracco, que popularizó Enrico Caruso, realzada con ese fraseo exquisito que ha de empapar toda napolitana y que es territorio muy hollado desde entonces por los tenores. En la canción de Agustín Lara Granada volvió a lucirse esa pasionalidad que Spyres muestra con naturalidad. Aunque todo lo cantado fue como una fresca ensalada, muy conveniente en un tórrido verano como el actual, los ingredientes eran de calidad y el aliño de Spyres realzó el buen sabor en el paladar tanto del aficionado exigente como del más acomodaticio.
Sara Blanch en la primera parte despachó sin esfuerzo el Gounod del aria de Roméo et Juliette “Je veux vivre” con ese candor juvenil que fácilmente esboza, para luego mostrar puntos débiles en el archiconocido “O bio babbino caro”, de Gianni Schicchi, de Puccini. No a nivel técnico, pues ella es sinónimo de seguridad, sino en la búsqueda de un oscurecimiento en la zona media y grave, que mostraba un color distinto al natural y no del todo bien ensamblado. Que luego cantara “Carceleras” de Las hijas del Zebedeo, de Chapí, fue ahondar en una vía que aún no toca, primero por ser una romanza más asociadas a mezzosopranos si bien algunas famosas sopranos también la han cantado. Pero esas honduras del requiebro apasionado de Luisa en “Al pensar en el dueño de mis amores” aún están alejadas de la voz lírico-ligera como la que actualmente posee, por mucho que el color en el centro vaya volviéndose algo más sombrío.
En la segunda parte, estuvo deslumbrante en la escena de la locura de Ophélie de Hamlet. Repartió entre el público el ramillete de flores blancas, cual novia despechada, que llevaba y se tendió brevemente en la tarima que ampliaba la parte central del altar mayor, algo que en una iglesia y un recital no pega mucho, pues ese naturalismo escénico luce más en un teatro o un espacio donde la concurrencia puede verla bien y no solo la primera fila de asistentes. Afortunadamente Blanch dominó muy bien la emisión de una pieza donde la agilidad reina a sus anchas tanto en volatas, notas picadas, subidas fulgurantes al agudo, aunque no enfatizara excesivamente los trinos. Con un apoyo modélico, demostró que Ophélie es un rol que adora y bien que lo plasmó.
Tras ese apabullante florilegio de coloratura, la Musica proibita de Guastaldon fue un necesario remanso de sentimiento, demostrando con creces sus dotes fraseadoras, pues Blanch sabe decir y mostrar el universo emocional contenido en esas melodías que acarician el oído. Tras ese bien estructurado cambio de clima canoro, volvió a sorprender junto a un espectacular cambio de vestuario, en un desfile de intención, diversión y juego escénico, gracias a un ajustado y favorecedor vestido rojo y negro, en la romanza “Me llaman la primorosa” de El barbero de Sevilla, de Giménez y Nieto, cantada con pleno poderío, adecuación estilística y total dominio de la línea canora.
En el dúo que cerró la primera parte, “Caro elisir, sei mio” de L’Elisir d’amore, de Donizetti, Spyres hizo y deshizo a su antojo, llevando totalmente la iniciativa con interpolación de notas y variaciones, teniendo a Blanch a remolque si bien concluyeron al unísono. En el que terminaba el recital, la soprano equilibró la balanza pues en “Torero quiero ser” de El gato montés, de Penella, tuvo al tenor mirando de soslayo la partitura en el dispositivo electrónico, mientras ella se marcaba unos gráciles meneos de cadera y brazos, cual bailaora, dominadora de la lengua, el fraseo y todas las inflexiones, que tenía bien preparadas y asumidas. Empate pues técnico y expresivo, con la soprano para nada dispuesta a un segundo plano.
Los bises fueron dos arias, una napolitana cantada a dos y una stretta con título bien adecuado para despedir un recital. Spyres deslumbró de nuevo con una arrebatadora “La donna è mobile” de Rigoletto, cantada con un dominio técnico solo al alcance de unos pocos, dado el alarde canónico de medias voces y agudos con trayectoria de cometa. Blanch siguió con el aria de Musetta de la pucciniana Bohème, “Quando m’en vo”, cantada con gusto y con ese deseo de ir hacia roles de mayor cuerpo central y de tesitura no tan aguda. La bellísima Non ti scordar di me, de Ernesto De Curtis, cantada con estrofas alternadas para acabar al unísono, permitió un alternado sentimentalismo que mostró el modélico empaste de dos voces de similar brillo y capacidad de plegarse al matiz más romántico. Cómo íbamos a olvidarles si ya muchos estaban de pie aplaudiendo, por eso tuvo su gracia terminar con el “Addio, addio, speranza ed anima” del duque y Gilda en Rigoletto, título que podría irle muy bien a Blanch en breve, dada la dirección a la que apunta su voz.
Ese sí fue un broche de oro a un recital planteado con ganas de seducir a la vez que de mostrar lo mejor del talento de tenor y soprano, los dos muy estelares, pero colaborativos, lo que redundó en la calidad general del evento.
Josep Subirá
(fotos: Miquel González)


