Pedro Beriso: “Soy un enamorado de la voz humana”

El amor por la ópera llevó a Pedro Beriso a Londres y Zúrich, donde completó su formación, y luego a Amberes, donde trabajó siete años como pianista y correpetidor en la Opera Ballet Vlaanderen. Al mismo tiempo que afianzaba una sólida carrera como preparador vocal, la colaboración artística con figuras del calibre de Raphaël Pichon y Cecilia Bartoli ha consolidado su presencia en escenarios tan prestigiosos como el Festival de Salzburgo. Con el aval de la experiencia acumulada, Beriso ha emprendido también una carrera de director operístico que le ha llevado a sentarse el pasado mes de septiembre en el foso del Theater an der Wien en L’occasione fa il ladro de Rossini. Uno de sus próximos compromisos le traerá de vuelta a España en el Don Giovanni en colaboración con Francesco Corti, que dirigirá en el Palau de la Música de Valencia.
Llega a la dirección operística desde la experiencia como correpetidor y preparador vocal: es algo que hoy en día se ve cada vez menos.
Es cierto, y sin embargo era lo más habitual en Centroeuropa hasta hace dos o tres generaciones. Directores como Solti, Karajan, Pappano o Thielemann empezaron como pianistas de teatro, como correpetidores, con el objetivo de aprender cómo se prepara una ópera, cómo se trabaja con los cantantes y la orquesta para desarrollarse teatralmente. Este tipo de carrera, lenta y más alejada de los focos mediáticos, es la que reivindico yo, y es el tipo de carrera que a mí me está dando frutos. Cuando llegan las oportunidades, me siento preparado.
¿Cómo decide enfocar los comienzos de su carrera operística hacia las tareas de correpetidor?
Ya con 18-19 años, cuando estudiaba piano, dirección de orquesta y canto en la Escuela Superior de Música de Barcelona, mi vocación era hacer ópera. Siempre he sido un enamorado de la voz humana. No obstante, en la ESMUC la carrera de dirección orquestal estaba más centrada en lo sinfónico y la carrera de piano en los estudios reglados para el instrumento. Yo tenía un perfil multidisciplinar que no encajaba: no había una carrera diseñada para una vocación como la mía. Me gradué cum laude en dirección orquestal, pero mi deseo seguía siendo hacer ópera.
Entonces tuve la suerte de encontrar al que considero un mentor para mí, Mark Hastings, que en aquel entonces era jefe de pianistas del Liceu. Él me dio una orientación clara. Me dijo: “Tocas el piano, tienes formación de director de orquesta, piensas como un director de orquesta, cantas, entiendes de técnica vocal desde tu propia experiencia. Tienes todas las facultades para ser correpetidor.” En España existe el perfil de pianista acompañante, de pianista de repertorio, pero eso no es un correpetidor, un vocal coach, el pianista de ensayo que suple a la orquesta, alguien capaz de ayudar a los cantantes con los idiomas o en cuestiones de técnica vocal. Enseguida me di cuenta de que, si quería trabajar en un teatro de ópera, ese era mi recorrido.
El siguiente paso fue irme a estudiar en las Operas Studio de Londres y Zúrich. Ahí me familiaricé con la industria operística del Centroeuropa y con las diferentes formas de trabajar en ella.
¿Y después?
Conseguí una plaza en Amberes, donde estuve siete años y en este tiempo tuve oportunidades de poder dirigir. Fui por ejemplo asistente de Trevor Pinnock y, cuando él se puso malo, tuve que dirigir yo Così fan tutte desde el fortepiano. Aprovechando la experiencia acumulada como pianista no solo en Amberes, sino también en lugares como Glyndebourne o el Festival de Salzburgo, el siguiente paso fue volver a la dirección de orquesta, que es lo que siempre he querido.
Acaba precisamente de dirigir L’occasione fa il ladro de Rossini en Viena.
Ha sido con el Theater an der Wien, una compañía histórica que da oportunidades también a artistas jóvenes o que están empezando a despuntar. Hacen un repertorio menos conocido, más enfocado en el barroco, el clasicismo o lo contemporáneo, para sortear la competencia de la Staatsoper y la Volksoper. En este caso, me dieron la oportunidad de hacer Rossini y me propusieron una de sus primeras farse. L’occasione fa il ladro se programa poco porque, aunque la música tiene calidad, el libreto presenta dificultades.
Trabajando mano a mano con el director de escena, Marcos Darbyshire, que es un buen amigo, y respetando siempre la música, arreglamos un poco la estructura, cambiamos el orden de alguna escena e hicimos algunos cortes. Los recitativos originales no son de Rossini, así que los reescribí en un estilo rossiniano. Ha sido una experiencia increíble, un gran éxito para mí y un incentivo, porque significa que la forma en la que enfoco la ópera ha resonado con el público y la crítica.
Su fascinación por la ópera no concierne solo al aspecto musical o vocal, sino también a la cuestión teatral.
Mi perfil siempre ha sido multidisciplinar. Además de ser continuista, asistente y director, soy hombre de teatro y disfruto mucho cuando puedo trabajar con un director de escena, desarrollando un espectáculo desde cero. Mi sueño como director de orquesta es poder dirigir desde el fortepiano, mantener todo el discurso musical bajo mis manos, sean los números musicales, sean los recitativos.
Hábleme de su relación con el Festival de Salzburgo y también con Cecilia Bartoli. ¿Cómo se ha ido fraguando esa doble vinculación?
Quien me abrió las puertas del Festival de Salzburgo fue Raphaël Pichon para hacer Las Bodas de Fígaro en 2023. No era con su grupo, sino con la Filarmónica de Viena, y quería un perfil de músico con conocimientos de la ópera de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX para tender un puente entre la Filarmónica de Viena, cuyas prácticas están más ancladas en un estilo tardorromántico, y el estilo históricamente informado. Cecilia Bartoli y Gianluca Capuano, que trabajan ahí cada año, me escucharon tocar los recitativos y me propusieron colaborar con ellos en La clemenza di Tito y, este año, en Hotel Metamorphosis, un pasticcio al estilo barroco.
Considero a Cecilia Bartoli como uno de mis referentes musicales. En mis años juveniles, cuando desarrollaba mi amor por las voces, Bartoli era la cantante a la que más escuchaba. Su disco Vivaldi, así como su disco Salieri o el disco Malibrán, me cambiaron la vida. Un día ella me hizo un halago bonito, y le confesé que mi musicalidad la había desarrollado escuchando sus grabaciones.
¿Cuáles son sus proyectos futuros?
Esta temporada la consagro a Da Ponte. En colaboración con Francesco Corti haremos Don Giovanni en Amberes y lo traeremos al Palau de la Música de Valencia en el mes de junio, Nozze di Figaro en Ámsterdam, y Così fan tutte en Salzburgo el próximo verano. El año siguiente vendrá con mucho Rossini. Cenerentola con Nederlandse Reisopera, la compañía de Holanda que hace tournées por el país. Se está hablando también de una reposición de L’occasione fa il ladro. Iré combinando, como he hecho hasta ahora, los roles de director, director asistente y continuista, siempre compaginándolos con el de vocal coach. Durante muchos años, he sido uno de los coachs de la Opera Studio de Ámsterdam, con los que sigo teniendo alguna colaboración. Y cada verano, en Salzburgo, trabajo también con los artistas jóvenes del festival. Me fascina el desarrollar el talento vocal joven.
Antes ha mencionado Don Giovanni en Valencia. ¿Le hace especial ilusión volver a España después de desarrollar la mayor parte de su carrera en el extranjero?
Sí, sobre todo porque Valencia está muy cerca de casa: soy de Cartagena. En un determinado momento acepté que, si quería hacer ópera, Europa me ofrecía más posibilidades a la hora de aprender, desarrollarme y hacer una carrera del nivel que quiero. Poder hacerlo ahora en casa me da muchísima alegría y mucho orgullo. Estaría felicísimo de poder trabajar más en España en el futuro.
Stefano Russomanno


