PARMA, FESTIVAL VERDI / Una gran ‘Aida’ en el pequeño Busseto

Busseto. Teatro Verdi. 2-X-2026. Federica Vitali (Aida), Vincenzo Costanzo (Radamés), Hae Kang (Amonasro), Teresa Iervolino (Amneris), Alberto Comes (Ramfis), Adriano Gramigni (Re). Dirección escénica: Franco Zeffirelli (repuesta por Stefano Trespidi). Dirección musical: Giuseppe Mengoli. Filarmónica Arturo Toscanini, Coro del Teatro Regio de Parma. Verdi, Aida.
El Festival Verdi siempre realiza una de sus producciones en Busseto. Un pequeño teatro, de unas 300 localidades, hermoso, a la italiana, localizado en el pueblo en el que Verdi creció e inició su actividad musical. Un punto de referencia entre los lugares verdianos, que cualquier aficionado debe visitar. Podría suponerse que es adecuado para producciones intimistas, sin gran aparato escénico ni masas corales, donde se disfruta de la cercanía con los cantantes. Para el centenario de 2001, Franco Zeffirelli propuso el reto de hacer Aida en este escenario con un frente de 7 metros. Esta producción se repuso en 2019 con éxito y se repite este año, con la fiel supervisión de Stefano Trespidi. También se ha visto recientemente en España, en Oviedo y Málaga, con mayor lucimiento en escenarios más amplios.
Zeffirelli es fiel a su tradición de gran espectáculo, y esta Aida –salvo en el tamaño y la cantidad de gente sobre el escenario– no difiere de sus famosas propuestas para la Scala o la Arena de Verona. Una puesta en escena clásica, con egipcios, joyas brillantes, pirámides y estatuas monumentales. Hermosa y kitsch a la vez. Dos grandes estatuas de Sejmet y Anubis presiden el escenario, toda una incoherencia egiptológica. En la escena del apartamento de Amneris vemos un hermoso mural de pájaros y vaporosas gasas, mientras las doncellas acompañan su canto con fingidas arpas. Los detalles sin innumerables, incluida la presencia de trompetas rectas en la marcha triunfal, similares a las que Verdi pidió para el estreno.
Con un placer culpable todos disfrutamos de esta puesta en escena, tan alejada de lo que vemos habitualmente en los escenarios operísticos. No hay conceptos dramáticos previos y se sigue con literalidad el original verdiano. Se puede reprochar la sobrecarga en el pequeño escenario, lleno de decoraciones, figurantes y coros. Incorpora también momentos de ballet, como en la escena de la consagración, aunque corta la danza de la escena triunfal por falta de espacio. Buen ejemplo de que Zeffirelli, fiel a su estilo tradicional, se ve incapaz de crear algo diferente y más imaginativo para este momento.
Como una costumbre perdida en nuestros teatros, se realizaron los tres descansos entre los actos, además de pausas largas para los cambios de cuadro, lo que llevó la función hasta la medianoche. En realidad, no es un defecto, ya que se asistió de forma relajada a un gran espectáculo. Aunque los aplausos arrecian en las grandes escenas de conjunto, Aida es mucho más. Su historia conjuga los mundos de poder y violencia con los sentimientos conflictivos de los personajes. La dualidad entre la imposición social y el mundo interior, que funciona muy bien con el marco del mundo antiguo. Esto lo sabía bien Verdi, que deja páginas maravillosas para los cantantes, lo que hace de Aida un auténtico capolavoro del repertorio.

El reparto ha estado a cargo de cantantes jóvenes con una trayectoria ya consolidada, quienes probaban por primera vez estos papeles en Busseto. Un escenario cómodo para las voces, cuya cercanía permite explorar el paso de lo lírico a lo lírico-spinto. La soprano Federica Vitali posee una hermosa voz lírica y una buena presencia escénica. Supo buscar colores para expresar la riqueza del personaje protagonista, un camino que deberá madurar poco a poco sin prisas. No en vano, estuvo más a gusto en la escena de la despedida final, cuya intimidad se adapta mejor al lirismo de su voz. Buscando nuevos caminos, la mezzo Teresa Iervolino, que se mueve entre el barroco y el bel canto, construyó con acierto el carácter del personaje de Amneris. El tenor Vincenzo Costanzo, aquejado de una fuerte indisposición que le impidió cantar con comodidad, se vio obligado a cortar algunas frases; el de Radamés es un papel fatigoso, especialmente en los actos finales, y el tenor supo solventar con profesionalidad la difícil situación, lo que agradeció el público en los aplausos. El barítono coreano Hae Kang, que hace tres años había vencido en este mismo escenario el concurso de voces verdianas, mostró su solvencia en este repertorio a pesar de su juventud. Entre los demás, debemos destacar la breve intervención de Francesco Congiu como el mensajero, quien mostró una cómoda voz de tenor que podrá explorar en papeles protagonistas, y la sacerdotisa de Nicoletta Briguglio, ambos salidos de la Academia Verdiana que tan buenos frutos está dando.
Curiosamente, el gran triunfador de la noche fue Giuseppe Mengoli, quien ofreció un minucioso e intenso control desde el foso. Debemos recordar la riqueza de la orquestación verdiana en su periodo de madurez, llena de colores y texturas. El joven director italiano mostró no solo su dominio de la partitura sino el manejo del discurso, cambiando de momentos rítmicos a fraseos flexibles. Supo interactuar con cantantes e instrumentistas, aprovechando bien la cercanía del espacio. Las formaciones le siguieron con entusiasmo, tanto la Orquesta Filarmónica Arturo Toscanini como el Coro del Teatro Regio.
El público, entre el que había numerosos extranjeros, aplaudió con entusiasmo. No podía ser de otro modo, ya que es una producción disfrutable en muchos sentidos: por el planteamiento clásico de la puesta en escena y la magia del lugar, a lo que se añade la pasión que salía del foso y la buena aportación de los cantantes. Esta Aida nos recuerda la fuerza de la tradición operística italiana. En un punto de referencia de los lugares verdianos, con una producción que podemos calificar de muy italiana, solo podemos seguir afirmando la universalidad de la obra de Verdi, que es la universalidad de la ópera.
Víctor Sánchez Sánchez


