PARMA, FESTIVAL VERDI / ‘Alzira’, una ópera que merece ser escuchada

Parma. Teatro Regio. 1-X-2026. Marta Torbidoni (Alzira), Antonio Poli (Zamoro), Daniel Luis de Vicente (Gusmano), Agostino Subacchi (Ataliba), Alessio Cacciamani (Alvaro). Dirección escénica: Manuel Renga. Dirección musical: James Conlon. Filarmónica Arturo Toscanini, Coro del Teatro Regio de Parma. Verdi, Alzira.
La memoria histórica, siempre selectiva e injusta, sentenció a Alzira, una de las óperas menos conocidas de Verdi. A la vista de esta inauguración del Festival Verdi en Parma podemos afirmar que con excesiva dureza. Tal vez no sea una ópera redonda, pero no difiere tanto de sus primeras óperas, que recogen el germen musical y dramático que hará crecer al maestro de Busseto. Como es conocido, el joven Verdi acogió con entusiasmo el encargo de Nápoles que incluía un reparto de cantantes estelares y la colaboración con el gran libretista del momento, Salvadore Cammarano. Verdi trabajó confiado con su habitual rapidez, pero no se fijó en los detalles dramáticos de la historia, pensando que todo iría sobre ruedas. El estreno en 1845 no fue ni mucho menos desastroso, pero la ópera no entró en el repertorio. En realidad, se vio sobrepasada por su propio creador, que en pocos años acumuló numerosos títulos de éxito, que hoy constituyen el núcleo de cualquier aficionado a la ópera.
El Festival Verdi explora bien más allá de los títulos conocidos. En el caso de Alzira como un mayor reto, ya que ni los más empedernidos verdianos la conocen. En el Teatro Regio de Parma se respiraba el ambiente de un estreno, algo con lo que cualquier aficionado habría soñado: asistir a un estreno del mismo Verdi. Una sensación especial que llegó desde el escenario, con una producción construida con limpieza y gran calidad interpretativa. La elegante puesta en escena, firmada por Manuel Renga y Aurelio Colombo, evitó el conflicto de la conquista, suprimiendo las referencias al mundo inca y al choque cultural, con un espacio simbólico y atemporal. Los americanos eran una especie de grupo de rebeldes campesinos, con desaliñados atuendos caribeños, mientras que los españoles mezclaban lujosos vestuarios decimonónicos y barrocos, símbolos de su poder. La acción, de tendencia estática y frontal, recurrió a algunos toques excesivos como transformar de forma literal el dolor de la princesa inca durante su forzada boda en una Virgen Dolorosa o un enrojecido infierno del Bosco como gran fondo de la brutalidad de la guerra. A pesar de la limpieza de la puesta en escena, enriquecida con la aportación coreográfica de Paola Lattanzi, nos dejó un cierto sabor de vacuidad.

Alzira debe ofrecerse con un reparto de primer nivel, uno de los grandes problemas de estas recuperaciones, que tradicionalmente se programan con pocos medios. Por suerte no era este el caso, ya que el terceto protagonista brilló y nos hizo disfrutar de esta partitura. Los mayores aplausos se los llevó el tenor Antonio Poli, en el papel del caudillo Zamoro. Su voz se está consolidando con un timbre claro y brillante, un squillo que maneja muy bien en un fraseo intenso. Destacó ya desde su presentación inicial, pero especialmente en su gran escena del final, con su vibrante cabaletta ‘Non di codarde lagrime’, un buen ejemplo de lo que en el XIX se llamaba tenore di forza. El papel del barítono, el capitán español Gusmano, es un rol vocalmente complejo, que mezcla lo lírico y lo spinto. Fue defendido con solvencia por el hispanoamericano Daniel Luis de Vicente, un prometedor cantante de voz corposa, amplia y llena de colores, tan adecuada para el mundo verdiano. Estará en Madrid en diciembre como uno de los protagonistas de Simon Boccanegra.
La soprano Marta Torbidoni es una de esas voces italianas todoterreno, capaces de afrontar estos papeles que parecen imposibles sobre la partitura. Está en el momento perfecto de su evolución vocal, lo que le permite conjugar la coloratura con la intensidad lírica e incluso sobresalir en los voluminosos concertantes. Pudimos apreciarlo ya desde su cavatina inicial, que culminó con una espectacular cabaletta ‘Nell’astro che più fulgido’, o en su dúo con el barítono del segundo acto. Momentos, que ofrecidos con tal excelencia vocal, nos hacen recordar que Alzira no sólo está en la línea de la Abigaile de Nabucco o la Odabella de Attila, sino en el camino que sigue hacia la Leonora de Il trovatore o Aida, roles que esta soprano está ofreciendo en los principales teatros de Italia.

Hay que felicitarse que en los papeles secundarios se cuente con jóvenes cantantes egresados de la Academia Verdiana, lo que muestra los buenos frutos de un proyecto pedagógico de envergadura coordinado por el profesor Francesco Izzo. Una labor musicológica que también se muestra en el empleo de la edición crítica, a cargo de Stefano Castelvecchi. Con esta partitura la batuta de James Conlon consiguió una buena aportación de la orquesta y el coro. El director americano vive entre dos mundos: el sinfónico en Italia como titular de la Orquesta RAI y en la ópera en Los Ángeles. Es su decimoctava ópera de Verdi y la afrontaba como un estreno, manteniendo desde el foso la intensidad de la escena. Quizás se le pueda achacar una cierta rigidez, que impidió una mayor fluidez en el fraseo, tan necesaria en estos repertorios.
El propio Verdi rechazó reponer esta obra, inserto en la ajetreada producción de sus años de galera. Pero como mencionaba un conocido crítico italiano desde el patio de butacas, de Verdi como del cerdo se come todo y no se desprecia nada. Un comentario que se entiende en esta tierra de prosciutto y parmesano. Productos que también degustaba el propio Verdi en su villa de Sant’Agata.
Víctor Sánchez Sánchez
Foto: Roberto Ricci – Festival Verdi


