PARÍS / Réquiem de Brahms por Equilbey y Bobée: reflexión sobre un mundo que se desploma

París. La Seine Musicale. Auditorio Patrick Devedjian. 17-I-2026. Orquesta Insula. Coro Accentus. Eleanor Lyons, soprano. John Brancy, barítono. Jules Turlet, cómico. Yingyu Lyu, bailarina. Salvatore Capello, acróbata. Franco Krawczyk, acordeón. Directora: Laurence Equilbey. Director de escena: David Bobée. Brahms: Réquiem Alemán op 45. Músicas adicionales de J.S. Bach (Wer Nur den Lieben Gott Lässt Walten, arr. F.Krawczyk), J.S. Bach/Brahms (O traurigkeit, O Herzeleid; O Welt ich muss dich lassen) y Brahms (Wiegenlied, Marienlieder).
El muy coqueto y multifuncional Auditorio Patrick Devedjian, centro de la Seine Musicale, ubicado en la Île Seguin, en las afueras occidentales de París, acoge estos días una singular propuesta musical y escénica, que se ha visto hace poco en Rouen y se podrá ver también próximamente en Alix-en-Provence y Amberes. En línea con las escenificaciones que se han llevado a cabo para otras obras corales (desde El Mesías de Haendel al Réquiem de Mozart pasando por las Pasiones de Bach), el escenógrafo David Bobée y la directora del Coro Accentus y la Orquesta Ínsula, Laurence Equilbey, han diseñado una interesante idea en coproducción con Ópera de Limoges, Théatre de Nord – CDN Lille y Tourcoing Hauts-de-France: poner en escena el Réquiem alemán de Brahms y rodearlo, además, de músicas adicionales, tanto de Bach (al que tanto admiraba el hamburgués) como del propio Brahms (en este caso originales y arreglos de corales del Cantor).
La idea de este intercalado de músicas adicionales no es nueva. De hecho, hace pocos meses, el próximo titular de la Orquesta Nacional, Kent Nagano, recogía en un disco todo lo interpretado en el estreno de Réquiem alemán en 1868, que incluía, además de la obra de Brahms (menos el quinto número, aún no escrito en aquel momento) obras de Bach, Schumann y Haendel. Nada que oponer, por tanto, a la idea de insertar músicas diferentes a la de Brahms (y menos como, cuando en este caso, la selección es más que acertada y está hecha con exquisito acierto y sensibilidad) por cuanto se hacía ya en tiempos de Brahms. Vista, además, con la perspectiva escénica de Bobée, la cosa parece encajada de forma impecable. Otra cuestión es que puedan sorprender o agradar menos algunos papeles. Por ejemplo, el asignado al acordeón, aunque el firmante debe decir que, dado su muy discreto e intimista papel, la participación del instrumentista no chirría.

La idea de Bobée es situarnos en los momentos posteriores a un accidente aéreo. Los restos del fuselaje partido de un avión dominan la escena, lo que, en palabras de Bobée constituye “una metáfora de un mundo que se lanza a toda velocidad a su caída”, con el coro “emergiendo de ese fuselaje como una humanidad colectiva”. Apunta Equilbey, no sin razón, que la idea parece pertinente en tanto que la música transita por el estupor de la muerte, al tiempo que también por la solidaridad que acompaña al consuelo.
Con hábiles juegos de luces y efectos sonoros (entre algunos movimientos de la obra, pero nunca sobre ellos) y visuales (proyección de imágenes impactantes en el fondo), el coro, como en la partitura original de Brahms, se erige en el gran protagonista, con movimientos escénicos que nunca parecieron exagerados y sí, en general, bien medidos y pertinentes. Quien firma estas líneas tiene más dudas en cuanto al papel de Turlet, una suerte de actor a medio camino entre el mimo y la danza, al que no terminé de encontrarle el valor (más allá de que su labor, desde luego, fue excelente), y también de Lyu, bailarina excelente pero cuya participación quizá no casaba mucho con la esencia de la propuesta, más apropiadamente estática y reflexiva. Otro tanto cabe apuntar sobre el acróbata Capello, de nuevo de espectacular estética en su realización (breve, por lo demás).

El gran protagonista musical de la velada fue el excelente Coro Accentus, fundado en 1991 por Equilbey, que hoy es una referencia coral bien reconocida. Las voces del Accentus no solo evidenciaron su belleza y redondez, sino que consiguieron un empaste envidiable en condiciones nada fáciles (en algunos momentos con la visión de su directora oculta o casi). Notable prestación de la Orquesta Insula, con hermosa sonoridad, nada áspera, de sus instrumentos originales.
Equilbey, de mando seguro y firme, atenta y sensible, dibujó una interpretación notable, de magnética convicción, con cierta tendencia a la ligereza de tempi, y siempre con gran riqueza en la expresión coral, nítidamente demandada por sus manos, la izquierda en especial. La maestra francesa se sumerge con convicción en la propuesta de Bobée y eso, evidentemente, se nota.
La soprano australiana Eleanor Bryons lució una voz de timbre atractivo y acertados matices. Su lectura del emocionante quinto número, Ich habt nur Traurigkeit, tuvo suficiente intensidad expresiva, aunque en algún momento el pianissimo pudo haber sido más delicado.
El estadounidense John Brancy lució una voz atractiva, de presencia suficiente, aunque no deslumbrante, pero matizó con exquisito gusto y delicadeza en todo momento, incluidas sus participaciones en las “músicas adicionales”. Estremeció especialmente su adelgazado pianissimo en el coral final, tras la conclusión del Réquiem. La atmósfera que se creó entre ese desolado canto (a capella) de Brancy, sobre una escena oscura y ominosa, resultó sumamente sobrecogedora. Tanto que el público tardó una eternidad (gracias a Dios) en empezar el aplauso. Este fue poco a poco creciendo como testimonio de un éxito grande, indiscutible y bien merecido.
Rafael Ortega Basagoiti


