Con el corazón en la mano

Con el corazón en la mano

En los listados de los mejores discos de Glenn Gould que periódicamente se publican, casi nunca se señala uno que para mí se encuentra entre las cumbres de su discografía: su grabación de unos arreglos propios de piezas wagnerianas, a saber, el Preludio de Maestros cantores, el Idilio de Sigfrido, el ‘Alba y Viaje de Sigfrido por el Rin’ del Ocaso de los dioses. Más que a razones de tipo artístico, esta omisión puede responder en parte al prejuicio que afecta a la transcripción, considerada como un género de inferior relevancia artística. Pero se me ocurre también un segundo motivo: este disco es un curioso concentrado de todo lo que habitualmente no asociamos con Glenn Gould. Ya por esta simple razón, por derribar tópicos en torno al pianista canadiense, este registro debería figurar entre lo más interesante de su discografía.

Gould se labró una reputación de músico antirromántico no sólo por el carácter de sus interpretaciones, sino por la llamativa ausencia de la gran literatura romántica en sus programas: nada –o casi– de Chopin, Schubert, Schumann y Liszt; muy poco de Mendelssohn (el más clasicista de los románticos) y Brahms. Aun así, Gould no se cansaba de repetir en sus entrevistas que él amaba la música romántica. Sus reparos tenían que ver con la escritura romántica para el piano: exceso de pedal, predominio de la armonía sobre el contrapunto, ideas musicales demasiado contaminadas por el gesto del intérprete y los dedos.

Los esfuerzos de Gould buscaban paradójicamente minimizar la importancia del instrumento, al considerar que el componente digital y tímbrico del piano distorsionaba la imagen mental de la obra. “Es teóricamente posible alcanzar una cierta totalidad analítica, siempre y cuando mantengamos algo de distancia con el piano. En cuanto nos sentamos al piano, el compromiso táctil reducirá esta totalidad.” El tan peculiar estilo pianístico gouldiano puede verse quizá como un intento por salvaguardar esta mirada abstracta: infrautilización del pedal, predominio del staccato sobre el legato, monocromía tímbrica, uniformidad de los registros…

Puesto que el repertorio romántico para piano no le satisfacía, Gould se inventó uno a través de la transcripción. Esta última encajaba por partida doble en sus esquemas, porque actuaba de entrada como radiografía, reducción y abstracción de un modelo original, del que eliminaba los componentes más sensoriales. Gould era un empedernido wagneriano y sus transcripciones, a diferencia de las de Liszt, no surgen como piezas de concierto, sino como producto de una labor íntima, dictada por el deseo de estar más cerca de unas músicas a las que tanto quería. Y aquí está el quid de la cuestión: en estos arreglos, Gould da la sensación de tocar con el corazón en la mano.

Un buen ejemplo es el último tramo del Idilio de Sigfrido, digamos a partir de 17’22”. A medida que la música avanza, se imponen una ternura y una conmoción muy poco habituales en el pianista canadiense. Las velocidades sedadas clarifican la polifonía, pero añaden también un matiz íntimo a las sonoridades; en ciertos momentos, hay efectos de suspensión temporal próximos al éxtasis. Igualmente, su piano nunca ha irradiado tantos colores como en el arreglo del Ocaso de los dioses, lo cual no significa que Gould se olvide de sí mismo: los pasajes más contrapuntísticos del Preludio de Maestros cantores suenan como su Bach.

El registro de las transcripciones wagnerianas nos presenta a un Gould alejado de su perfil más conocido. Sin embargo, es un disco gouldiano al cien por cien. Yo diría incluso que pocas veces Gould ha ofrecido en disco una imagen tan completa como persona y como artista; nunca como aquí ha volado tan alto como pianista, ni se ha mostrado tan humano, tan romántico.