PAMPLONA / Steven Isserlis: con sonido propio

Pamplona. Auditorio Baluarte. 13-V-2026. Steven Isserlis, violonchelo. English Chamber Orchestra. Roberto Forés Veses, director. Obras de Arriaga, Haydn y Beethoven.
Entre el último Clasicismo y el Romanticismo, existe un territorio especialmente fértil, un espacio donde la forma todavía organiza el discurso, pero donde la energía interna de la música empieza ya a tensar sus límites. Es ahí donde habita la Obertura en Re mayor op. 20 de Juan Crisóstomo de Arriaga, que adquiere una resonancia particular en el contexto del bicentenario de su muerte. Es una música vital, jovial, luminosa, tierna por momentos (como en el uso del legno de la cuerda). Conociendo la historia del compositor, resulta inevitable la sensación de una vida todavía por recorrer. Forés optó por una lectura de trazo limpio y ágil, sin densidades añadidas. La articulación, muy cuidada, permitió que el sonido respirara, con planos perfectamente jerarquizados y una cuerda que sonó fácil. La música avanzó sin insistencia, como si cada gesto encontrara su sitio sin necesidad de subrayados.
El centro del concierto fue el Concierto para violonchelo en Re mayor Hob. VIIb:2 de Joseph Haydn a través de su solista. La salida del violonchelista no se hizo esperar. Desde el tutti inicial, Steven Isserlis tocó ya la línea de violonchelo, integrándose desde dentro del tejido orquestal, mientras su gesto orgánico transmitía continuamente la energía y el carácter que buscaba en el resto. La English Chamber Orchestra le siguió con una atención extraordinaria a la autoridad musical sobre el escenario. Hay intérpretes, pocos, cuya identidad se reconoce inmediatamente, e Isserlis es uno de ellos. Una agógica extraordinariamente flexible, heredera de esa tradición vinculada a Pau Casals donde cada pequeña dilatación encuentra inmediatamente su compensación natural, algo dificilísimo de sostener sin afectar la continuidad del discurso en una obra tan técnica. Desde el Allegro moderato inicial, Isserlis cantó siempre, incluso en los pasajes de mayor dificultad. La English Chamber Orchestra entendió perfectamente esa idea de sonido, dejando espacio al solista sin forzar nunca, lo que permitió cuidados pianos y pianissimos. Resultó decisiva la ausencia de vibrato continuo, tanto en Isserlis como en la cuerda de la orquesta. El vibrato apareció como recurso expresivo, como adorno ocasional y no como una presencia permanente que homogeniza y resta. El Adagio fue ágil, lo que permitió extender la frase más allá del compás. Isserlis, con la mirada elevada, abstraído y concentrado, completamente dentro de la obra en todo momento. No hubo un solo instante, tocara o no, en el que pareciera desconectarse del flujo musical. En el Rondo final, attacca, Isserlis invitó al resto de músicos a entrar en su juego, y su aliento arrastró al conjunto hacia un nivel superior de implicación. Hay que saber hacerlo. Las cadencias, propias, fueron más allá del propio Haydn.
Forés entendió bien su papel y el delicado equilibrio. Su dirección sostuvo el marco general con discreción y claridad, permitiendo que la relación entre solista y orquesta se desarrollara sin rigideces jerárquicas ni interferencias externas. Hubo dos bises. En el primero, dejó el arco para tocar Chonguri de Sulkhan Tsintsadze. El segundo, El Cant dels Ocells, con más carga emocional si cabe en el 150º aniversario del nacimiento de Casals, dejó a la sala suspendida y rendida a su excelencia.

La Sinfonía nº 4, op.60 en Si bemol Mayor de Ludwig van Beethoven prolongó muchas de estas ideas desde el prisma del Romanticismo. Escuchar esta obra con una plantilla y una sonoridad de cámara modifica por completo la percepción habitual de la partitura. Aparece otro Beethoven, más expuesto, más transparente y también más arriesgado. El director abordó la interpretación desde una perspectiva de claridad estructural, evitando densidades excesivas y favoreciendo siempre la transparencia del tejido orquestal. La ausencia de vibrato continuo (aquí también) en todos los instrumentos e instrumentistas, volvía a dejar al descubierto el trabajo individual de cada músico, así como la extraordinaria cohesión tímbrica del conjunto sin perder la posibilidad de tener identidad. Desde el inicio, la obra mostró una energía difícil de contener. El paso hacia el Allegro vivace apareció como un auténtico cambio de afecto, noche y día. El Adagio, fue desarrollo del tema con sello Beethoven. En el tercer movimiento, el juego de desplazamientos rítmicos y acentos apareció con una naturalidad admirable. Algo parecido ocurrió en el cuarto movimiento, donde toda la trama contrapuntística y el movimiento interno de las líneas parecían avanzar con facilidad. Como bis, la English Chamber Orchestra ofreció un arreglo de Salut d’amour de Edward Elgar, una despedida elegante y cálida que cerró el recorrido desde la misma lógica anterior.
Escuchados en conjunto, Arriaga, Haydn y Beethoven revelaban una tensión interna compartida: la forma como campo activo donde la energía circula y reconfigura constantemente sus propios límites. Además, escuchar este repertorio en una orquesta así supone enfrentarse a otra manera de dar y recibir, con transparencia, precisión y una conciencia profundamente camerística. Proporción, fluidez, y tensión resuelta: nada sonó estático y, aun así, todo permaneció unido.
Igor Saenz Abarzuza
(fotos: Fundación Baluarte / Jesús Garzaron)


