PAMPLONA / Samuel Mariño y Gabetta Consort: interpretar el pasado, reinventar el presente

Pamplona. Auditorio Baluarte. 09-V-2025. Temporada Principal de Fundación Baluarte, 2024-2025. Samuel Mariño, sopranista. Gabetta Consort. Director y violín solista: Stefano Barneschi. Obras de Purcell, Haendel, Geminiani, Vivaldi y Graun.
El telón, elemento escénico en desuso, tuvo su propia música, como la Música para el telón de la adaptación de la obra teatral de Shakespeare Timón de Atenas, compuesta por Henry Purcell. En este concierto se presentó recontextualizada como apertura sin telón, situando la escena en el ahora con recuperados sonidos historicistas. Fue la introducción musical al drama: músicos de riguroso negro, tonalidad menor, ritmo y diferencias sobre la misma armonía, con variaciones en cada repetición. Prevaleció el juego de las imitaciones, con articulaciones contrastantes y dinámicas que siempre volvieron al reposo.
En el aria Scherza in mar la navicella de la ópera Lotario de Haendel, se incorporó a la escena Samuel Mariño, absoluto protagonista, entrando entre aplausos una vez que la música ya había comenzado. Cantó de manera ágil pero frágil, tomando la alegoría de la barca que narraba. Esa fragilidad no fue debilidad, sino una elección estética. Actuó cuando cantaba, pero también cuando no lo hacía. Hay que ver cómo anda, cómo mira, sus gestos, cómo se ubica.
El Concerto grosso en Re menor, op. 5, nº 12, “La Follia” de Francesco Geminiani, obra hermanada con la de Corelli, su maestro, es una obra de virtuosismo ejemplificado en los diálogos entre concertino y la chelista. Composición que emana del bajo del Renacimiento Las Folías de España, fue locura, literalmente, interpretada con esa energía que desprenden las agrupaciones de música antigua de primer nivel. Además, juego de contrastes, bellas messe di voce y casi lo imposible: ornamentación sobre la ornamentación.
La vuelta a la escena de Samuel Mariño se produjo con Lascia la spina, de la obra temprana de Haendel El triunfo del Tiempo y del Desengaño. Se trata de una alegoría sobre la bellezza, y vaya si lo fue. Misma música que la universal Lascia ch’io pianga, pero otro afecto. Mano en el pecho, el solista mostró su registro más intenso e íntimo, demostrando que no solo es técnicamente hábil, sino también rico en colores.

A continuación, el violinista y director Stefano Barneschi lideró el Concierto para cuerdas en Sol menor, RV 156 de Antonio Vivaldi, que contenía las “recetas Vivaldi” de sus obras solistas. La dinámica gestual de Barneschi como líder es tan admirable como la complicidad que emana todo el consort, siempre de su parte, lejos de entender el mando como algo jerárquico y de sometimiento. El vibrato continuo, tan necesario para otros estilos, aquí sobra, dejando innumerables posibilidades de formas para cada nota. Quitar el vibrato produce un horror vacui al intérprete. Este no es el caso: el Gabetta Consort lo interpreta como una oportunidad para mostrar todo lo que fue el barroco.
Tra le procelle, de la obra César y Cleopatra de Carl Heinrich Graun, cerró la primera parte. Supuso el retorno de la excelencia vocal y la fuerza (especialmente en el da capo), un atisbo del impacto que debieron suponer las grandes voces barrocas de los castrati. Resulta especialmente llamativo el hábil uso por parte de Mariño de sus manos en la gestualidad, como si se tratara de danza clásica india.
En la segunda parte, ya lejos del formato de arie di baule, presentaron completa la cantata Il delirio amoroso de Haendel. Romántica visión del amor, que mantuvo a Mariño en no pocos momentos con una mano en su garganta, dominando la dramaturgia en todos los aspectos. Del Folle è chi crede (Loco es que cree) al Vivo, e pur non vivo (Vivo, y sin embargo no vivo); o el amor no correspondido de Si disse Clori, a la petición no correspondida a sí mismo, Ma fermati, pensier (Pero detente, pensamiento). En el aria más larga, Un pensiero, giunto in questo stato, Barneschi y Mariño compartieron duetto y protagonismo, expresando los delirios del amor. Magistrales momentos fueron la messa di voce del sopranista mientras el violín desarrolla, o la cadencia sobre la palabra pensamiento. Momento cumbre de la Cantata: por ti dejé la luz, decía, con sus manos sobre su rostro.
Como la estrella de la escena que es habló antes del bis, como el más humilde, más agradecido y más grande. Explicó que mucho tiene de biográfico la elección de estas obras en torno al amor. Cerró el concierto con Alcina, el aria Credete al mio dolore, momento para el canto del chelo en una declaración de amor de Mariño, créeme que te amo. Broche de oro. La sala, con casi las mismas caras pero no los mismos gestos, reconoció la calidad, Para tomar buena nota de todo lo ocurrido, sobre todo en que, mirar atrás en la música y avanzar, van de la mano.
Igor Saenz Abarzuza
(fotos: Miguel Oses / Fundación Baluarte)


