PAMPLONA / Orquesta Sinfónica de Navarra: Nicolas Altstaedt, el General de los mil registros

Pamplona. Auditorio Baluarte. 16-X-2025. Temporada 2025/26, Concierto 1: “Curar las heridas”. Nicolas Altstaedt, violonchelo. Orquesta Sinfónica de Navarra. Director: Perry So. Obras de Prokofiev y Chaikovski.
Para el inicio de la temporada 2025/2026, la OSN se presentó con su director titular y dos obras canónicas que comparten intensidad bajo dos estéticas diferentes, pero en absoluto antagónicas. Antes del concierto, el director gerente de Fundación Baluarte, Rubén Jauquicoa y Perry So, homenajearon a cuatro profesores de la OSN que se jubilaban. La Sinfonía nº 6 en Si menor, op. 74 se estrenó días antes de la muerte de Chaikovski, en el San Petersburgo de finales del XIX. Siendo la misma patria cultural a la de la Sinfonía concertante, op. 125 de Prokofiev, eran dos países distintos, del zarismo al estado socialista, de la exclusión de la vasta mayoría de la población a la revolución del pueblo, y todo, en apenas 40 años. Curiosamente, ambas obras comparten también un último movimiento que sigue resultando inesperado.
La Patética arranca con la llamada del fagot. Desde el inicio, Perry So tuvo que compensar la falta de cuerda con la regulación del resto de timbres, sin que eso supusiera usar todo lo necesario cuando tocaba, como ocurrió con los metales. En esta obra tan coral y exigente por igual para toda la orquesta, cada sección tiene sus momentos de trama y de melodía, de liderar y de saber acompañar. La OSN supo dibujar esas líneas en forma de rizoma, paradigma de la belleza romántica y el final de una era, voces que tienen eso de sufrimiento apasionado que significa el sobrenombre de esta sinfonía. El clarinete anuncia el cambio de afecto al Allegro non troppo, para luego volver una vez más a la elevación. El final se prepara con tanta antelación, que anticipa el recuerdo antes de terminar.
El Allegro con grazia arranca con una de esas melodías insuperables. Una asimetría genial de 3 + 2 que no se aprecia como irregularidad, lirismo tonal tan antagónico al contexto social donde se creó, y en el que tanto sufrió el compositor. Este movimiento fue para el lucimiento del gesto del director, el deleite del público y para empoderar a la cuerda, que lo dio todo. El contraste con el tercero, Allegro molto vivace, es palpable, cuando el viento vuelve a reivindicar el protagonismo, en una aparente vitalidad triunfal que desenmascara el terrible Finale: Adagio lamentoso, reflejo esta vez de una sociedad decadente con unas estructuras que tenían los días contados. Todo se apaga en este cuarto movimiento, un necesario añadido al bombo y platillo del final del tercero. El círculo se cierra de nuevo con el fagot, invitando a la introspección y a otro tipo de emoción, donde impera el uso de los registros graves que retienen el aliento en su gradual descenso hasta un pianissimo que petrifica. Porque, no siempre hay que salir del auditorio tras dos efes.
En lo referente a la Sinfonía concertante, ya desde el Andante inicial, el solista entró con todo sobre un colchón estable donde tiró y aflojó en un magistral uso de la agógica. En el Allegro giusto todo se complica, si bien siguió imperando la claridad gracias a una técnica del máximo nivel y al control sobre los elementos de la orquesta. En el agudo, el solista es punzante, porque la belleza tiene muchas formas. Por momentos, la obra suena a Shostakovich, si bien Prokofiev usa el recurso de la melodía de otra forma a su compatriota, y suena siempre a Mstislav Rostropovich, quien la estrenó y a quien está dedicada.
El Andante con moto-Allegretto-Allegro marcato tiene entidad de poema sinfónico independiente. Predominan otros colores al de los movimientos anteriores, y una transmutación a un ritmo ternario que alterna diálogo entre solista y orquesta. La intervención final del violonchelo y las polifónicas cadencias merecen el mayor de los reconocimientos, pasajes imposibles bien resueltos por Altstaedt. Siempre es difícil actuar de solista, pero esta obra, de la máxima exigibilidad técnica, está al alcance de pocos. Rostropovich se ocupó de ello.
La OSN, pequeña quizás en masa para este Prokofiev, siguió a un Nicolas Altstaedt que desde la quietud transmitió calma, un líder que vino a ofrecer algo diferente, toda su personalidad musical de mil registros al servicio de la performatividad. Es un especialista, tanto en antigua como en contemporánea, y eso sin dejar de ser él nunca. Para el bis, guardó la pica para tocar la Sarabande de la Primera Suite de Bach, obra de la máxima entidad tristemente relegada a las propinas. En Pamplona, el violonchelista demostró saber adaptarse no solo al repertorio, sino también a la orquesta y al lugar. Y esto lo hizo no por imposición, sino ejerciendo el liderazgo por comunión íntima, como lo hiciera antes el más célebre, Pau Casals, al que en una ocasión le preguntaron: “Un día dirige y al día siguiente toca bajo la dirección de otro. ¿Cómo hace para pasar en veinticuatro horas del papel de General al de simple soldado?” Él contestó: “Sigo siendo General”.
Igor Saenz Abarzuza


