PAMPLONA / Sinfónica de Navarra: fenómenos astronómicos

Pamplona. Auditorio Baluarte. 07-11-2024. Temporada Principal de Fundación Baluarte. Alena Baeva, violín. Orquesta Sinfónica de Navarra. Directora: Chloé van Soeterstède. Obras de Montgomery, Barber y Brahms.
Mientras el mundo digiere la victoria de Trump, la obra de Jessie Montgomery adquirió un significado que hubiera sido otro si la ganadora de las elecciones hubiera sido Harris. La pregunta de creación en Banner para cuarteto de cuerda y orquesta de cámara fue: ¿cómo sonaría un himno para el siglo XXI en el entorno multicultural actual? Su respuesta sonora dejó los ecos del himno oficial y del Lift Every Voice and Sing, con la carga que este segundo tiene para parte del país. Además, tanto armónica como rítmicamente, hay ecos populares en alusión a la interculturalidad. El canto del contrabajo fue sorprendente por lo poco habitual del timbre, mientras el grupo evocaba aspectos característicos de las bandas militares. Sonaron este y otros efectos, junto con el resto del rico tratamiento que la compositora hace de la trama (es violinista y sabe explotar bien qué puede hacer la cuerda frotada). Esta obra supone un paso más en la incorporación de elementos escénicos en la programación de la OSN. Con todo, la alegoría que presenta la compositora, funciona: la voz del cuarteto como la individualidad y la de la orquesta de cuerdas como la comunidad, esa que ha optado mayoritariamente por el candidato republicano.
El año de composición del Concierto para violín de Samuel Barber, fue el del inicio del mayor conflicto de la historia. Barber lo escribió para el violinista ruso Iso Briselli, su colega de promoción del Curtis Institute of Music en 1934. Mientras, al otro lado del atlántico, el Deutsches Reich empezaba su andadura con el vergonzoso evento conocido como el Machtergreifung, la toma de los poderes por parte de Hitler. Se estrenó en 1941 con Albert Spalding como solista, después de que todo se enturbiara entre el señor Fels, mecenas de la obra, su protegido Briselli y Albert Meiff, violinista que presionó a Briselli y que finalmente enemistó a los antiguos compañeros de estudios.
Ya desde las primeras notas, Alena Baeva ejerció claramente de solista marcando su dinámica. La OSN se adaptó, y eso que en la orquestación no hay sección que no tenga texturas ricas y complejas. Sorprende el piano, no por su timbre de sobra conocido, sino por el uso que Barber hace de él como una sección más de la orquesta. La solista y la directora (a la que la OSN siguió) fueron de la mano, y Baeva demostró que más no es más en cuestión de dinámica. El primer y segundo movimiento, suenan más a poema sinfónico, con algo del XIX y algo del XX. La estética de Barber nunca fue rupturista. Sobresalió el oboe en el segundo, que dejó al violín un escenario para el canto desde la introspección, con ecos que resuenan a lirismo y a Hollywood sound por partes iguales. El tercero, moto perpetuo, parece otra obra, ritmo y acentuación, tonal sí, pero claramente en un lenguaje diferente: la historia de la creación de este concierto explica este sorprendente giro. Esto permitió a Alena Baeva mostrar otro registro, con un sautillé preciso a pesar del acelerado tempo. En conjunto, la cuerda se lució cuando cantó de manera colectiva, al igual que Baeva, que mostró su capacidad de construir su voz solista a partir del grupo. Obviamente, es un concierto para violín. Como bis, L’Aurore de la Sonata nº 5 de Eugène Ysaÿe, alegoría de esa luz que aparece (como dijo) después de la oscuridad.
El descanso fue necesario para no aumentar la injusticia de sonar antes de una sinfonía de Brahms, la primera, un hito en la música que no pierde su grandeza, su belleza, la sensación de ser una obra que de alguna manera lleva implícita a los que la precedieron: lo más obvio, las sinfonías de Beethoven, la 5ª, la 3ª, por supuesto la 9ª. Pero también están Clara y Robert Schumann, o la Pasión según San Mateo de Bach.
Chloé van Soeterstède eligió tempos ágiles. En su gesto, direccionalidad e intensidad, lo que posibilitó que las melodías transcendieran la barra del compás. El primer movimiento, una lección del uso de la variación progresiva, de la que Brahms fue no un maestro, sino el maestro, según Arnold Schönberg. Sobre la cuerda, el oboe pudo construir su destacada intervención en una velada redonda por parte de los dos solistas de la orquesta. El tercer movimiento, fue transformación: tonalidad mayor, el pizzicato de la cuerda marcado pero dulce, la ligereza en las voces del viento madera. El cuarto movimiento, la trompa y su canto tanto en el inicio como en la melodía en do mayor, sonido coral. Y desde ahí, el desarrollo por texturas, timbres, es un final de obra insuperable. Tras él, nada más que añadir, porque haya pasado lo que haya pasado, Esta obra tiene el poder de eclipsarlo todo.
Igor Saenz Abarzuza


