PAMPLONA / Coral de Cámara de Pamplona: En pos del ascetismo de Bruckner

Pamplona. Teatro Gayarre. 17-1-2025. Coral de Cámara de Pamplona, Orquesta Sinfónica de Navarra. Director: David Gálvez Pintado. Bruckner: Misa nº 2 en Mi menor, cuatro motetes.
No son las tres Misas, el Requiem, los motetes o el Te Deum lo más programado de la producción de Anton Bruckner, aunque este último y la tercera de aquellas gocen de cierto predicamento: son sus nueve sinfonías lo que realmente reclama la atención. De ahí que la interpretación de una de aquellas composiciones, la Misa nº 2, reclame nuestra atención. La hemos escuchado en una cuidada elaboración por la Coral de cámara pamplonesa, que dirige con esmero y cuidado David Gálvez.
El acontecimiento ha tenido lugar en este concierto pamplonica. Hemos podido apreciar el trabajo del conjunto y de su titular recreando la ascética composición, que se acoge a los modos polifónicos del Renacimiento en el desarrollo de una estricta austeridad que no desconoce las formas fugadas y que se amolda en ocasiones a un modelo canónico a ocho partes. No hay duda de que se sigue la estela de los maestros de la antigua liturgia: Des Prés, Lassus, Palestrina o Schutz. Con momentos hermosísimos y complejos, así las entradas fugadas del Christie o del final del Gloria o la estructura canónica a ocho partes del comienzo del Sanctus, escrito, como los musicólogos han detectado, sobre un tema de la Missa brevis de Palestrina.
David Gálvez ha sido consecuente con esas premisas y ha dirigido la obra tras un trabajo delicado y sutil en el que las líneas contrapuntísticas han combinado bien, incluso en pasajes especialmente complejos, como el del mismo inicio. En determinados momentos el tejido no ha tenido la claridad meridiana deseable y el empaste del coro ha sido relativo; aunque en general todo haya circulado, pese a la extrema dificultad del engarce y de la exigente afinación, por vericuetos más que aceptables.
El Credo fue llevado bajo el claro y económico gesto de Gálvez por las sendas de la fluidez, siempre estableciendo los sorprendentes contrastes dinámicos de los pentagramas, desde el piano más delicado al forte más abrupto, dentro de la espartana y sobria sonoridad proporcionada por la ausencia de instrumentos de cuerda. El orgánico en este caso venía constituido por dos oboes, dos clarinetes, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones y cuatro fagotes en vez de dos. El director decidió ampliar su número para arropar mejor al conjunto y darle una sonoridad más oscura.
Una versión, pues, consecuente, bien trabajada, no siempre diáfana y a veces no del todo empastada, pero de una autenticidad y musicalidad intachables. A la Misa se añadieron cuatro motetes, de acuerdo con lo que el propio compositor deseaba y consignó al parecer en una copia manuscrita de 1882, según nos dice Gálvez. El primero es el más conocido Locus iste (WAB 23). En Im jener letzten der Nächte (WAB 17a) participó a solo junto al positivo manejado por el director el barítono José Antonio Hoyos, musical y algo pálido tímbricamente. En el Ave María (WAB 7) intervino la contralto Leticia Vergara, de timbre oscuro y sólidos graves, de fraseo especialmente intenso. La sesión se cerró con el cuarto Motete, el Ave María WAB 6.
El público, que llenaba el Gayarre, asistió, quitando alguna tos que otra, en arrobado silencio. Lo merecía la ascética música y el esfuerzo desplegado por los intérpretes para entenderla, aprehenderla y fructificarla; algo que en líneas generales se consiguió.
Arturo Reverter


