PAMPLONA / Bruckner y Remacha: entre lo divino y humano

Pamplona. Auditorio Baluarte. 27-II-2025. Orquesta Sinfónica de Navarra. Coral de Cámara de Pamplona. David Gálvez, director. Andrea Jiménez, soprano. Gillen Munguia, tenor. Leticia Vergara, contralto. Iosu Yeregui, bajo. Perry So, director. Fernando Remacha: Jesucristo en la Cruz. Anton Bruckner: Sinfonía n.º 6 en La Mayor, WAB 106.
Con la frase atribuida a la orden benedictina “Ora et labora” se presentó el séptimo programa de abono de la OSN: en la primera parte, la cantata Jesucristo en la Cruz (1963) del navarro Fernando Remacha (1898-1984), en la segunda, la Sexta sinfonía de Anton Bruckner (1824-1896). La religiosidad del compositor austríaco dejó una profunda marca en gran parte de su producción musical, también en sus sinfonías, cargadas de simbolismos que denotan una estrecha relación entre su fe y su creatividad. Por el contrario, la cantata de Remacha se asemeja a un “fresco” sin apenas espacio para la emoción y el espectáculo, cuya intención es retratar, desde fuera, el desgarro de un relato tantas veces teatralizado. El resultado es que Bruckner emociona por su majestuosidad y belleza sonora, mientras Remacha congela el ánimo y desconcierta al oyente. Su realismo exacerbado es una propuesta poética manierista, más intelectual que emotiva y por tanto, más difícil de escuchar. Tan solo en el momento orquestal, casi al final de la cantata, el compositor navarro concede un un respiro para una reflexión sobre lo lacónicamente expresado, permitiendo a cada oyente terminar un acontecimiento tantas veces narrado.
Perry So inició la cantata del navarro con un tempo más rápido que en otras representaciones (no existe todavía grabación publicada de la obra), en parte porque la intervención de la Coral de Cámara de Pamplona, dirigida por David Gálvez, permitía una mayor flexibilidad, ligereza y vocalidad concisa. Ambos directores se adaptaron a la esencia expresionista de la obra que permite percibir el camino recorrido desde el comienzo hasta el último número. A pesar de tratarse de una obra de indudable valor estético e histórico (Premio Tomás Luis de Victoria en las Semanas de Música Religiosa de Cuenca), su propuesta en programas de concierto es siempre arriesgada desde el punto de vista de su recepción. En parte, ello se debe a cuáles son las otras obras con las que comparte programa. Tampoco resulta fácil de interpretar, especialmente para los solistas que afrontan unas entonaciones técnicamente complicadas y especialmente difíciles de interiorizar. Con todo, el ajuste entre orquesta, coral y solistas permitió ofrecer una muy digna interpretación de una de las obras más pensadas y trabajadas por el compositor navarro.

Desde el punto de vista de la escritura musical, el programa ofreció dos composiciones muy ricas en recursos, aunque obviamente distintos y tratados con diferentes objetivos. En ocasiones, Remacha supera la tonalidad pero sin decidirse a abandonarla, mientras que la escritura de Bruckner se fundamenta en un cromatismo que desfigura la forma clásica, modelando los movimientos a partir de los elementos motívicos y rítmicos. Todas sus sinfonías, incluyendo la sexta, adquieren dimensiones enormes, con gran intensidad y variedad de afectos. Controlar los contrastes dinámicos, de tempo y de orquestación resulta absolutamente determinante. Por todo ello, el trabajo de dirección e interpretación es enorme, porque la coherencia de toda la obra depende de cada detalle que el oyente percibe dentro la inmensidad de la obra.
Perry So comenzó la sinfonía con un tempo no demasiado lento y aunque al principio el ritmo bruckneriano parecía dubitativo, la entrada de metales asentó las bases de una precisión en la ejecución encomiable (especialmente en el tercer movimiento). La disposición orquestal respondía a una visión casi camerística de la sinfonía, contrabajos a la izquierda, metales y timbal a la derecha, pero sin apenas nivel de altura. Existen tantos momentos donde la tímbrica es tan relevante que resulta difícil destacar alguno de ellos. Con todo, la sección de cuerda de la OSN estuvo expresiva (especialmente en el segundo movimiento), los solos de la madera, transparentes y hermosos y, por supuesto, los metales brillantes y majestuosos.
Marcos Andrés Vierge
(fotos: Miguel Oses)


