Scherzo | CRÍTICAS GRABACIONES / Palimpsesto de estilos, escritos en el tiempo, por Paco Yáñez

Palimpsesto de estilos, escritos en el tiempo

Palimpsesto de estilos, escritos en el tiempo

CASIOPEA: Obras de Prados, Ruiz Molina, Otero Moreira, Vinogradova, Martín Quintero, Uzunselvi, Blardony y Dündar. Juan Aguilera Cerezo, violonchelo. NIBIUS 141 (2 CD)

Dentro del esclerótico panorama de la producción fonográfica española especializada en música contemporánea (además, en uno de nuestros mejores momentos compositivos a nivel histórico), se agradecen propuestas que, como la que hoy damos a conocer, cubren un amplio abanico estético en unas condiciones de grabación e interpretación tan sobresalientes como las que nos ofrece el violonchelista jienense Juan Aguilera Cerezo, para quien han sido escritas siete de las ocho partituras recogidas en estos dos compactos.

Y es que si por algo destaca este álbum, titulado Casiopea, es por su pluralidad estilística, a través de la cual Aguilera Cerezo recorre el repertorio actual para violonchelo y el propio tiempo: convertido en una de las dimensiones protagónicas ya no sólo a nivel musical, sino textual, pues en las muy originales y ensayísticas notas de este compacto (todo un palimpsesto entrecruzado de reflexiones sobre lo temporal), Juan Aguilera afirma que “la música contemporánea es la belleza de mi tiempo, y ese es el mejor motivo por el que un músico puede entregarse a lo desconocido. Como dijera el director de cine Víctor Erice. Tener un motivo profundo para hacer las cosas“.

No es, la del realizador vasco, la única presencia del cinematógrafo entreverada en una serie de reflexiones rescatadas por Aguilera Cerezo para explicitar su relación con el tiempo, pues de la mano y de las letras de Joaquim Jordà, de John Berger, de Peter Handke, o de una personal relectura de la mitología griega, Aguilera explicita su inserción en la historia como una aventura en busca de conocer las claves de su tiempo y sus brotes de genuina belleza: proceso social y artístico con el que, en estas ocho estaciones, se muestran ocho fotografías musicales de quiénes hoy somos, invitándonos a un momento de calma y reflexión, pues, como sostiene el violonchelista andaluz, “todas las formas de paralización del tiempo, siendo la música una de ellas, son legítimas (…). El tiempo conciencial fecunda la materia, llena de materia las almas. Otorga el carácter divino a lo que es efímero en la materia”.

Adentrados ya en estos ocho tiempos históricos a los que Casiopea nos conduce, su relación con la temporalidad estética y con la contingencia estilística es muy diversa. Así, el cordobés Óscar Prados nos ofrece, en su Sonata para violonchelo (2012), una pervivencia de formas históricas del siglo XX más ligadas a un lenguaje armónico, muy denso y obscuro, de alma germánica y trazo post-zimmermanniano, a pesar de que en la segunda parte de este díptico brillen armónicos en forma de auras dignas de Kaija Saariaho, lo que multiplica los matices y la calidez de sus cromatismos.

La segunda partitura del primer disco es la Sonata-Nuba for solo Cello “Peace and Light” (2017), del madrileño David Ruiz Molina, obra que se mantiene en el ámbito de un violonchelo de escritura tradicional, melódica y armónica, si bien aquí los ecos estilísticos nos conducen al último Ligeti. Así como la música africana resultó crucial para el compositor húngaro, en la Sonata-Nuba escuchamos ecos de la música andalusí, lo que confiere sensualidad, misterio y atisbos microtonales a una partitura que, por momentos, parece entonar el canto, por medio de los modos nūbah. Música de acusado dinamismo, con sus continuas alternancias entre arco y pizzicato, sin embargo el conjunto destila serenidad y esa luminosa paz a la que su título nos remite.

Cierra el primer compacto la Sonata per solo cello “Percorso” (2019), obra del compositor gallego Ramón Otero Moreira, de quien en los últimos años he escuchado estupendas partituras para instrumentos de cuerda. “Percorso” se incluye entre ellas, además de mostrarnos la primera obra de estilo netamente actual de estos dos discos. Otero presta una especial atención al recorrido del sonido desde sus primeros atisbos y afianzamiento, por lo que la presión del arco, sus armónicos y tremolados resultan vitales para perfilar los grados de energía a través de los cuales se conforma el movimiento. Tan fuerte contraste de estética y técnicas con respecto a las dos piezas precedentes es resuelto estupendamente por Juan Aguilera, muy atento, aquí, a conferir musicalidad a las técnicas extendidas, así como a subrayar las muy diferentes respiraciones y paisajes acústicos, que contrastan entre lo más vivo y lo más meditativo, hasta el implosivo viaje de regreso al silencio que el violonchelo realiza en el quinto movimiento, con su carácter calmo y nostálgico (¿morriñento?).

El segundo disco se abre con la Sonata for solo Cello op. 29 (2020) de la compositora suiza Anastasia Vinogradova, una partitura que explicita su ascendencia eslava y una impronta nada menor de Dmitri Shostakóvich, desarrollada con un virtuosismo considerable y haciendo eco del característico cantabile de la cuerda rusa, aunque en algunos pasajes, como el segundo movimiento, se muestre más libre y espontánea. Muy incisiva rítmicamente, estamos ante una pieza también heredera (como el propio Shostakóvich) de Johann Sebastian Bach, algo que explicitan los nombres de las cinco partes que la componen, con sus ecos de la tradición, a pesar de asomos hasta jazzísticos en el ‘Interludio’, en cuya dinámica de ataque-eco hay algo, asimismo, de Lutosławski.

Inmanencia (2012), del compositor onubense Francisco Martín Quintero, resulta idónea para suceder al opus 29 de Anastasia Vinogradova, pues comparte su arrojo y potencia, si bien se centra más en el desarrollo de las energías y los flujos musicales, en una direccionalidad en la que Juan Aguilera va conquistando terrenos armónicos en progresivo enrarecimiento, conformando, en conjunto, una pieza episódica, por lo que los sucesivos procesos de nacimiento y transformación de cada bloque reafirman el carácter inmanente al que el título de la obra se refiere. Así, Francisco Martín incide en las permeables fronteras en las que estos episodios musicales abren una nueva esencia o muestran, caleidoscópicamente, los brillos y los perfiles de un motivo central, que Aguilera va metamorfoseando. Inmanencia es la única partitura no escrita para el violonchelista jienense en esta edición, lo cual no quiere decir que no la interprete con su habitual combinación de fuerza, virtuosismo y precisión, en páginas nada sencillas de encarar, ya por afinación y alternancias armónicas (las más tradicionales), ya por complejidad técnica y de registro (las más extendidas).

Con Mehmet Ali Uzunselvi nos encontramos con el primer compositor turco de esta edición, algo que deja a las claras el título de su partitura, Sürük Tung (Three Pieces for solo Cello) (2020). Sürük Tung, que en turco significa “sonido de frotación”, nos da la clave para comprender una pieza en la que el arco y sus modos de ataque y presión tienen una importancia capital, así como las velocidades y los armónicos, buscando Aguilera, una y otra vez, cromatismos de cierto exotismo, ecos del acervo turco y un color metálico que conocemos en la música de otros compositores turcos actuales, como Cem Özçelik o Zeynep Gedizlioğlu. Con su unión de ecos tradicionales turcos y técnicas extendidas centroeuropeas, Uzunselvi firma un trabajo muy serio y propio de un siglo, el XXI, en el que esa hibridación armónico-ruidista es característica de la mejor creación actual. La interpretación de Juan Aguilera incide en esa belleza dual y mestiza, bien en lo más friccionado y rugoso, bien en lo más lírico, hasta esa rúbrica final que deja constancia del título de la partitura, en su frotado conclusivo.

Por su parte, el compositor madrileño Sergio Blardony establece en CAGE SONata “Cuando el deseo calla y la voluntad descansa” (2019) un diálogo con John Cage, tomando del genio norteamericano no sólo su virtuosismo en la escritura instrumental (impresionantes, las dobles cuerdas por parte de Aguilera), sino ecos de las sonoridades orientales que tanto gustaban a Cage (como la de los cuencos tibetanos) y una inmersión en el pensamiento aleatorio del californiano que da lugar a un despojamiento del rol de poder del compositor en la propia partitura, que se abre progresivamente a que el violonchelista incluya otras composiciones (en este caso, dos fragmentos provenientes de la Suite para violonchelo Nº1 op. 72 (1964) de Benjamin Britten y de la Sonata para violín y violonchelo (1920-22) de Maurice Ravel). A mayores, un recitado apenas susurrado de frases de John Cage establece un marco reflexivo, meditativo y espiritual, cual ceremonial budista. Con partes plenamente determinadas por Blardony y otras que, desde puntos que el madrileño explicita para incluir entre las acciones del intérprete, CAGE SONata es una obra de densa polifonía, al sumar todas estas fuentes acústicas, a pesar sus asomos de levedad, tanto en las resonancias de los cuencos tibetanos como en las fricciones en armónicos del arco, o en los ecos infantiles que aquí aporta Britten. La interpretación de Juan Aguilera es de muchísimos quilates, en una partitura que transciende lo puramente violonchelístico para, desde su despojada respiración, abrazar todo un artefacto camerístico que va del violonchelo a la percusión y a la voz, pasando por algo tan cageano e importante (también para Blardony) como el silencio.

Cierra este heterogéneo viaje musical el turco Emre Dündar, con su Sonata for solo Cello “Cris Cros” (2020), y lo hace, como Mehmet Ali Uzunselvi, invitándonos a conocer su acervo cultural, pues nos encontramos ante una partitura profusamente microtonal que, así, remeda los modos turcos y la musicalidad de sus oraciones y oralidad popular. De este modo, “Cris Cros” imita la entonación del turco y los estados de ánimo del hablante, por lo cual proliferan en la partitura alusiones a la pronunciación, a la dicción e indicaciones que hacen del violonchelo un ente parlante. Ello no quiere decir que no escuchemos pasajes (como en el ecuador de esta Sonata) armónicamente iridiscentes y más modernos, de sutil belleza y, de nuevo, esos brillos metálicos tan propios de la música popular y tradicional anatolia.

Las grabaciones, efectuadas entre 2016 y 2022, son excelentes, con un sonido muy timbrado y bien definido, poniendo de relieve cada matiz e inflexión del violonchelo. Por lo que al libreto se refiere, éste presenta (en castellano e inglés) el ya referido palimpsesto sobre el tiempo en el arte, con un recorrido en diálogo con diversos autores (aunque se echa en falta alguna información sobre cada partitura aquí registrada): palimpsesto textual que es un perfecto reflejo y consecuencia del propiamente musical.

Paco Yáñez