Padre, hijo y… Brahms

BRAHMS
Las 3 sonatas para violín. Mark Kaplan, violín. David Kaplan, piano. ORCHID (1 CD)
Para Brahms nunca hacía demasiado calor. Mientras la bruma estival se alzaba de su lago predilecto, Brahms se vestía con traje de tres piezas y corbata antes de sentarse a su escritorio. Escribir música exigía el mismo decoro que interpretarla. Nunca he visto una fotografía de Brahms en mangas de camisa.
Las tres sonatas para violín y piano fueron compuestas en 1878-79 y 1886, en la plenitud de sus facultades, aunque con el aire relajado de un hombre para quien tomarse el verano libre significaba escribir música de cámara. Dos de las sonatas están en tonalidades mayores; la tercera, en Sol menor. Las tres se articulan en torno a canciones que Brahms compuso entre un movimiento y otro o rescató de algún cajón. No hay una sola que desmerezca.
El Adagio de su última sonata alcanza ese tipo de serenidad que todos anhelamos y rara vez llegamos a sentir. No alcanzo a comprender cómo ciertos programadores de conciertos «con visión de futuro» son capaces de confeccionar una temporada sin una sola nota de Brahms. Es el corazón palpitante de la humanidad.
Esta grabación corre a cargo de un padre y un hijo. El violinista estadounidense Mark Kaplan es un solista de trayectoria internacional, con cuarenta y cinco discos en su haber. Su hijo David es pianista y profesor en la UCLA. Hay algo inimitable en el diálogo musical que puede establecerse entre un padre y un hijo. Basta pensar en los Oistrakh en el Doble concierto de Bach, o en los Tortelier en Beethoven. Ese lenguaje familiar se hace patente en el dúo de los Kaplan. El violín de Mark posee una calidez que casi lo acerca a la viola; el piano de David es un Bösendorfer. Brahms ronronea en su conversación. Es música hecha en la intimidad, ante todo por el puro placer: el suyo y el nuestro.
Ya empiezo a sentir menos calor.
Norman Lebrecht


