OVIEDO / Una brillante ‘Maria Stuarda’ en el Teatro Campoamor

Oviedo. Teatro Campoamor. 9-X-2026. Yolanda Auyanet, Paola Gardina, Jihoon Son, David Lagares, Carlos Daza e Irina Avramenko. Dirección musical: Friedrich Haider. Dirección escénica: Emilio López. Donizetti: Maria Stuarda.
Esta producción, realizada en coproducción con la ABAO tras su estreno en febrero de este año, marca la continuidad de Emilio López en la dirección de la llamada “Trilogía Tudor” (o “Trilogía de las reinas”) de Donizetti. Tras inaugurar la temporada 2024 del Teatro Campoamor con Anna Bolena, el director de escena regresa a Oviedo con este segundo título.
En este caso, López repite ideas que ya planteó en la primera de las óperas de Donizetti, buscando una unidad conceptual entre las dos, y posiblemente entre las tres, ya que en 2027 estrena en el Palacio Euskalduna Roberto Devereux. Aquí aparecen, de nuevo, las piezas de ajedrez (en este caso reinas y peones) y un tablero con piezas doradas y plateadas que define la dualidad de las monarcas. La iluminación de Frosio incide en esta idea al asignar un código cromático a cada soberana: dorado para Isabel I y plateado para María Estuardo. En esta ocasión, la escenografía de Castañón, simbólica, crea espacios con grandes cajas que incluyen mapas del mundo, y añade esferas que son globos terráqueos y planetarios. También aparecen mapas en los trajes —túnicas— del coro, y todo ello parece hacer alusión a la raíz de las disputas entre reinas, en realidad, sobre el poder y control territorial, más allá de las disputas personales.
La propuesta visual zozobra en el uso de las proyecciones de vídeo sobre la escena de Castañón. Aunque acompañan al desarrollo argumental, resultan excesivas y confusas durante el segundo acto, donde la acumulación de imágenes en cada escena distrae y desdibuja cualquier sentido simbólico, con la excepción de algunos momentos muy eficaces, como la tercera escena de ese mismo acto: allí, el coro canta tras una rosa roja invertida —quizá referenciando a la rosa Tudor—, un poderoso acierto visual que aquí anticipa la sangre y el trágico final de María envuelto en el mismo color. El vestuario de los protagonistas, por su parte, sitúa la acción en la Inglaterra del siglo XVI, y destacan especialmente las prendas de las reinas.
En la parte vocal, Yolanda Auyanet demostró su familiaridad con el rol principal, que ya ha defendido en Bilbao y en el Teatro Real. La soprano española exhibió una voz uniforme, bella y de buen caudal, destacando por la limpieza en sus coloraturas y por un notable uso de las dinámicas. A su lado, la italiana Paola Gardina encarnó a su némesis con una evolución ascendente. Comenzó con algún problema de afinación en su primera cavatina (Ah! quando all’ara scorgemi), pero demostró tener un timbre cálido, un bello fiato y logró encarnar bien a una malvada Isabel I. Se percibió alguna falta de proyección en la voz, y la orquesta llegó a eclipsarla en varios pasajes de la ópera, fundamentalmente cuando las exigencias escénicas la obligaban a cantar alejada de la boca del escenario. El punto álgido de la representación llegó al cierre del primer acto, donde ambas cantantes protagonizaron un memorable duelo dramático, coronando uno de los momentos cumbre de la ópera y más exigentes, en unos roles dificilísimos.
El tenor coreano Jihoon Son, que interpretaba a Leicester, destacó por su bello timbre central, de generoso volumen, y una pulcra línea de canto que hizo disfrutar al público. Solo se echó en falta algo más de potencia en algunos agudos, que quedaron comprometidos en su proyección. Realizó un muy buen papel. David Lagares, quien ya es habitual en los últimos años en las tablas ovetenses en ópera y zarzuela, firmó una buena actuación con una voz cálida y redonda, una emisión homogénea y una proyección segura. Carlos Daza, con una voz natural más abierta, fue un convincente Cecil. Realizó un gran papel Irina Avramenko como Anna, con una voz rotunda de gran proyección en su debut en el Campoamor.
Friedrich Haider volvía a ponerse al frente de la OFIL, de la que fue titular durante siete años, y que bajo su tutela se consolidó e internacionalizó. En un reencuentro emotivo entre director y orquesta, la dirección fue efectiva y expresiva, con tempi adecuados para los cantantes, aunque podría haber cuidado más los balances con las voces, especialmente en los momentos en forte. La OFIL desarrolló un buen papel, igual que el coro Intermezzo, que tuvo un gran protagonismo hacia el final de la ópera. En esta ocasión las voces femeninas fueron superiores a las masculinas. El público aplaudió la función y ovacionó a la protagonista.
En definitiva, esta puesta en escena de Maria Stuarda ha supuesto un éxito notable para la temporada actual del Teatro Campoamor, consolidando el proyecto en torno a las reinas de Donizetti. Tras este segundo título, esperamos el futuro desembarco de Roberto Devereux en próximas temporadas.
Miriam Perandones
(fotos: Iván Martínez)


