OVIEDO / ‘La Regenta’ en el Campoamor: Vetusta en Oviedo

Oviedo. Teatro Campoamor. 10-IV-2025. María Miró, David Oller, Vicenç Esteve, Cristian Díaz, José Manuel Montero, María Rey-Joly, Anna Gomà, Laura Vila, Gabriel Díaz, Eugenia Ugarte y Ángel Simón. Dirección musical: Jordi Francés. Dirección escénica: Bárbara Lluch. Escenografía e iluminación: Urs Schönebaum. Vestuario: Clara Peluffo. Marisa Manchado: La Regenta.
La Regenta (1884) es una de las más grandes obras de nuestra literatura. Escrita por un joven Leopoldo Alas “Clarín”, retrata de forma descarnada la sociedad de una ciudad de provincias a la que somete a un juicio implacable, y la destrucción, de una mujer joven, guapa, inexperta e inocente. Este duro retrato de Vetusta, en realidad, Oviedo, no fue bien recibida por algunos de los habitantes de la capital asturiana cuando se editó la novela, ganándose incluso su inquina, según han contado las autoras en presencia de algunos los descendientes del escritor en la prensa local. Este espejo de la sociedad, ofrecido por “Clarín” a través de una víctima inocente, recuerda el que ofreció La traviata, cuyo público de estreno no soportó una actitud tan cruenta sobre el escenario. En La Regenta, como ocurre en otra obra del siglo XX, Die Soldaten, de Zimmermann, la honesta protagonista cae en desgracia sometida al capricho y poder de los hombres.
140 años después de su primera edición, la conversión en ópera se ha conseguido gracias al trabajo impecable de dos mujeres brillantes, la compositora Marisa Manchado y la filósofa, aquí convertida en libretista, Amelia Valcárcel. Tal como narra Manchado en las notas al programa, fue un proyecto que surgió hace veinte años y que se ha realizado mano a mano entre ambas con el objetivo de lograr una obra unitaria en el concepto literario y musical, lo que han conseguido con creces. Se ha escrito mucho ya, tras su estreno en las Naves del Matadero de Madrid (2023), sobre su acierto en la difícil tarea de reducción de las escenas y personajes a partir de la larguísima novela original. A pesar del reajuste, están muy bien expuestos la hipocresía, la crueldad, el poder o la venganza, aunque algunas escenas de la historia puedan resultar difíciles de entender para los no iniciados en las referencias de la novela debido a la concisión con que se tratan.
Ambas creadoras buscaron un relato que superase una historia local para hacer una narración universal en la que la alteridad se señala y se condena. En este caso, se trata de una mujer, de diferente origen a la sociedad que la recibe, y con un carácter candoroso que la distingue del entorno. Bárbara Lluch, la directora de escena, se ha convertido en una parte más de la propuesta de las dos autoras. Su escena aclara y completa de forma brillante estas ideas originales. A través de un escenario oscuro y vacío en que el centro es una chaiselongue, las acciones se suceden mientras Ana Ozores está permanentemente en el escenario (incluso mientras el público va entrando en la sala). Lluch no ubica la acción en ningún lugar concreto, y tampoco en ningún tiempo determinado: la utilización del vestuario de distintas épocas (desde el dieciochesco de Álvaro Mesía a la casi rockera Obdulia, así como los muchos vestidos que utiliza Ana Ozores) plantea la universalidad de la acción que se desarrolla en escena. Por otro lado, el coro, que representa a las gentes de la ciudad, desde la altura comenta y juzga los actos de la Regenta con un texto que es una bofetada de realismo y concisión: “¡Qué pena nos da! ¡Ja, ja, ja, ja!”, cantan, mientras se sientan a contemplar la destrucción de la protagonista como entretenimiento de una sociedad aburrida (“Nunca pasa nada”, dicen al final de la ópera).

La escena tiene un concepto unitario que comienza y acaba con la protagonista en escena bajo el poder de don Fermín de Pas, el Magistral. Un haz de luz en forma de triángulo cae desde el sacerdote en altura hasta la protagonista, simbolizando la ascendencia y el dominio que ejerce sobre ella. La iluminación es otro de los elementos sobresalientes de esta producción: una luz fría acompaña las escenas, resalta los momentos cruciales y aporta simbolismo. Uno de los momentos geniales es el duelo entre Álvaro Mesía y Víctor Quintanar; en escena se plantea como un disparo de don Fermín a la Regenta, que cae fulminada como víctima superviviente mientras la luz muere repentinamente. La utilización del vestuario de la Regenta es un elemento muy inteligente, vestida y desvestida por sus sirvientas como una muñeca sometida al albur de los acontecimientos -los vestidos tienen las tiras blancas de las muñecas recortables.
La partitura de Manchado construye el ambiente opresivo que rodea la acción. Con apenas algún leitmotif, destaca el uso del timbre como elemento principal y la utilización, a veces camerística y a veces orquestal, de sus recursos. La orquesta incluye piano, celesta, arpa y un muy nutrido grupo de percusión (requiere tres percusionistas) en esta versión escrita específicamente para Oviedo. Se trata de la tercera, puesto que la primera, de gran orquesta, no se ha llegado a realizar. La compositora alterna la voz hablada y cantada, consiguiendo un gran efecto. El director musical, Jordi Francés, quien ya había dirigido en su estreno en Madrid la obra en una versión mucho más reducida, realiza un muy buen trabajo, y destacamos su esfuerzo en la coordinación puesto que es una partitura que, por ejemplo, para la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”, puede ser compleja al tratarse de una agrupación amateur.
Entre el elenco destacó la soprano María Miró en el papel de la Regenta, con una voz potente, un timbre bello y uniforme en las melodías mayoritariamente en recitativo expresivo de la partitura y una interpretación actoral de gran vuelo. Sobresalieron David Oller en su rol de Magistral y Vicenç Esteve como Álvaro Mesía. María Rey-Joly realizó un gran papel como la hipócrita y desvergonzada Obdulia. El resto del reparto estuvo a la altura de la producción.
Las dos sesiones de la ópera están prácticamente llenas en el teatro, aunque en el estreno hubo un grupo de asistentes que abandonó, airado, la sala, en el momento en que Ana Ozores y Álvaro Mesía realizan el acto sexual, elegantemente puesto en escena por Lluch. Alguno incluso gritó “¡Qué vergüenza!” en una acción que podría haber sido pensada por la propia directora de escena. Fue una reacción exagerada ante una imagen que invade la vida diaria del siglo XXI, y un tema -el adulterio- que forma parte de la humanidad, y también de Oviedo, como bien señaló “Clarín”.
Felicitamos a la dirección artística por la elección valiente de esta ópera como parte del Festival Lírico Español ovetense.
Miriam Perandones


