OVIEDO / El León de Oro y la Oviedo Filarmonía: cuando la música se transforma en algo excelso

Oviedo. Auditorio Príncipe Felipe. 20-XI-2024. El León de Oro. Oviedo Filarmonía. Marco Antonio García de Paz, director. Sinfonía n.º 00 de Anton Bruckner y Requiem en do menor de Luigi Cherubini.
Luigi Cherubini pasó la mayor parte de su vida en Francia. Tuvo tres nacionalidades: italiana, británica y francesa. Cuando compuso el primero de sus dos réquiems, allá por el año 1815, tenía cincuentaicinco años y llevaba ya veintiocho establecido en Paris. El Requiem en Do menor lo escribió para coro mixto —lo cual no gustó a las autoridades religiosas de la época— y orquesta. Fue una obra muy admirada por Beethoven, Schumann y Brahms. De hecho, fue la obra que se interpretó en el funeral de Beethoven, en 1827. La polémica del uso del coro mixto culminó con la prohibición de este réquiem por parte del arzobispo de París en 1836. Eso fue lo que llevó a que Cherubini compusiera un segundo réquiem, en Re menor, para coro masculino. Cherubini murió en 1842. Para entonces, otro músico nacido en Ansfelden, en la Alta Austria, ya había cumplido dieciocho años: Anton Bruckner. Aún tendrían que pasar veintiún años más hasta que Bruckner compusiera su primera sinfonía, la que hoy conocemos por Sinfonía 00 en Fa menor y que lleva un motejo un tanto injusto, «Sinfonía de estudio», porque da la sensación de que no es una obra merecedora de formar parte del gran repertorio. Bruckner había tomado clases de armonía —con dedicación obsesiva y compulsiva— con el profesor del conservatorio de Viena Simon Sechter. Al terminar el curso de armonía, continuó con otros cursos “por correspondencia” de orquestación y formas musicales. Muy probablemente Bruckner hubiera acabado sus días como maestro de escuela de provincia de no haber sido porque en febrero de 1863, cuando tenía 38 años, acudió a la representación de Tannhäuser de Richard Wagner y se quedó maravillado. Por aquel entonces Bruckner estaba escribiendo su «Sinfonía de estudio» donde puede apreciarse la influencia de Tannhäuser en los acordes de uno de sus movimientos.
Estas dos obras, una exitosa y otra que ha pasado casi inadvertida en la Historia de la Música, el Requiem en Do menor de Cherubini y la Sinfonía 00 en Fa menor de Bruckner, fueron las que el director de orquesta Marco Antonio García de Paz eligió a conciencia para el exitoso concierto que se celebró el pasado miércoles en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. En la primera parte del concierto, se interpretó la Sinfonía 00 dividida en cuatro movimientos: I. Allegro moto vivace; II. Andante molto; III. Scherzo (schnell) – Trio (langsamer) y IV. Finalle. Alegro. No es una sinfonía que suene al Bruckner que todos conocemos. Nada que ver con el resto de sus sinfonías. Por momentos parece inspirarse en otras de Schumann como La Primavera. Quien suscribe se atreve a afirmar, asumiendo todas las consecuencias de tal afirmación, que la interpretación de esta obra en Oviedo constituye el estreno de esta sinfonía en España. Y que quien lo haya hecho sea Marco Antonio García de Paz en el Principado de Asturias revaloriza la conmemoración del bicentenario del nacimiento de Anton Bruckner. La OF sonó muy bien. El maestro García de Paz la conformó a la vienesa. No usó batuta, nunca la usa. García de Paz prefiere las manos para dar forma al sonido. Muy sobresaliente, por cierto, fueron las intervenciones del profesor Simon Lewis a la trompa. Por ponerle una pega a la interpretación de la sinfonía, quizás el Scherzo se quedó un pelín lento en comparación con el Trio. El público —probablemente no consciente de que lo que había presenciado fue un estreno en toda regla— aplaudió la obra con entusiasmo. Y así nos fuimos al descanso.
Si buena fue la interpretación de la sinfonía de Bruckner, el Requiem de Cherubini salió como un pan redondo, heñido con maestría y bien horneado, de esos que dejan el aroma inconfundible del obrador prodigioso. La calidad del León de Oro es indiscutible. Allí donde van sus voces dejan una impronta imborrable. ¡Qué afinación, qué belleza de timbres y qué conjuntación! Con decirles que el coro mantuvo la afinación incluso cuando en algún momento se bajó la de algún instrumento, les digo todo. El maestro García de Paz los dispuso de manera que los diálogos entre las distintas secciones del coro resultaron mucho más ricos y, sobre todo, envolventes: la sección masculina en el centro y las secciones femeninas en los laterales, por lo que había una distancia de unos veinte metros entre las sopranos y las contraltos. Eso requiere un oído atentísimo por parte de los cantores, pero el resultado fue inmejorable. La obra de Cherubini es grandiosa, pero la interpretación que hicieron la orquesta y el coro fue en algunos momentos conmovedora. Tanto es así que uno de los profesores de la orquesta, el violinista Yuri Pisarevskyi tocó visiblemente emocionado. Su mujer, la también violinista Ana Aguirre, falleció fulminantemente el pasado mes de agosto. Hete ahí el poder redentor de la música que cuando está tan magníficamente interpretada, se transforma en algo excelso, inefable, que solo puede vivirse en directo. Sobran las palabras.
Michael Thallium
(foto: Beatriz Montes)


