OSLO / El sueño y la realidad se combinan en una maravillosa ‘Rusalka‘ firmada por Gürbaca y Gardner

Oslo. Den Norske Oper & Ballet. 22.IX.2025. Sara Jakubiak, Dmytro Popov, Jerzy Butryn, Jennifer Johnston. Dirección escénica: Tatjana Gürbaca Dirección musical: Edward Gardner. Antonin Dvorák: Rusalka
Cuando una ninfa acuática canta a la luna, es porque tiene grandes planes: quiere ascender, quiere llegar muy alto. Quiere alejarse de las oscuras profundidades de su elemento, el agua. Por muy bello, natural y libre que sea su hábitat habitual, quiere escapar del cuidado paternal de su progenitor, el genio de las aguas. En términos psicológicos: quiere autonomía. En la ópera de Oslo, construida ella también tan cerca del agua, la ninfa extiende sus brazos hacia el cielo con tanta determinación al son de los primeros compases de la ópera feérica de Dvořák (la maravillosa música habla del anhelo en un suave resplandor) que la luna, a la que pronto canta con fervor, parece estar al alcance de su mano. En la escenografía de Klaus Grünberg también se ve la luna, aunque no es simplemente «una» luna, sino todo un bosque de lunas: son esferas grises de todos los tamaños posibles, por las que Rusalka trepa ágilmente para pasar de una luna pequeña a otra más grande.

Cuando, un acto más tarde, Rusalka llega al elegante salón de su amado príncipe y no sabe muy bien cómo comportarse en la «alta sociedad», las lunas colectivas siguen allí, pero encerradas en una vitrina de cristal, como algo muy preciado con lo que no se puede jugar bajo ningún concepto. Cuando Rusalka quiere entregar una pequeña luna a su príncipe (sí, regalársela como un niño que regala a una persona importante para él una concha encontrada en el mar, como si fuera lo más preciado del mundo), el príncipe, algo irritado pero respetuoso con sus obligaciones masculinas y con las normas sociales, devuelve la miniluna a la vitrina. La luna, como símbolo de una feminidad pura, verdadera y natural, no tiene cabida en la refinada sociedad del príncipe y de todas las damas y caballeros ataviados con elegantes vestidos de noche y esmóquines. La luna es proscrita.
Se trata de un sencillo recurso simbólico con el que Tatjana Gürbaca delimita y separa hábilmente los dos mundos que conforman la obra. Dicho de forma neutral: la naturaleza y la cultura se enfrentan entre sí. Dicho de forma diferente y más tajante: un mundo verdadero, amplio y primitivo por un lado se enfrenta al de la civilización, las convenciones y la angostura espiritual por el otro. En este escenario simbólico, Tatjana Gürbaca narra con claridad y sin florituras la trágica historia de un amor imposible entre dos mundos, entre dos seres que parecen proceder realmente de dos planetas diferentes. Lo que Richard Wagner elevó al metanivel del mito, lo que Giuseppe Verdi llevó al escenario ayudándose de la literatura universal y políticamente incisiva de Shakespeare o Schiller, Dvořák no lo trivializa en absoluto con los recursos del cuento de hadas. La brutal dureza, incluso la crueldad de la historia, solo quedan ligeramente veladas. Bajo un manto de lirismo poético, al son de los encantadores sonidos del arpa y los instrumentos de viento madera, la obra encierra un enorme dramatismo.

Y aquí es precisamente donde entra en juego Edward Gardner. Al frente de la Orquesta de la Ópera de Oslo, el director musical del teatro ofrece una lectura que, si bien deja amplio espacio para que se despliegue el ardiente anhelo de Rusalka, contrapone decididamente el lirismo del cuento de hadas con el dramatismo de la realidad desnuda, yuxtaponiendo con un delicado equilibrio la suavidad y la dureza sonoras y elaborando una dinámica de contrastes que libera a la pieza de cualquier atisbo de cursilería. La orquesta de la ópera rinde al más alto nivel técnico, y la aún joven titularidad del director inglés en Oslo se confirma como un completo acierto. Al tiempo que Gardner eleva considerablemente el nivel dramático, lo que escuchamos en Noruega es nada menos que un Wagner en lengua checa. La ópera de Dvořák parece confirmar esta aproximación: al fin y al cabo, su creador ideó para el final una variante de la muerte de amor, cuyo éxtasis llega casi demasiado tarde. El año del estreno en Praga fue 1901. En Oslo, uno se pregunta: ¿es posible que Rusalka sea la última ópera del Romanticismo?
Las decisiones musicales de Edward Gardner requieren un elenco vocal con resistencia y capacidad de expansión vocal, además del necesario lirismo en los momentos más íntimos. En Oslo se ha contado con un elenco de este tipo: a la cabeza figura, por supuesto, Sara Jakubiak, que en los últimos años se ha forjado un nombre en el olimpo del canto straussiano (en particular, en el rol de la Emperatriz en La mujer sin sombra, que ha convertido en su papel insignia). En la ensoñadora «Canción a la luna» se muestra delicadamente contenida para expresar con mayor claridad su anhelo de emancipación en los duetos. El tenor Dmytro Popov es un príncipe de voz delicuescente, con agudos maravillosos y un timbre noble, en quien resulta muy creíble su enamoramiento de Rusalka. Este príncipe parece realmente hechizado por la gracia y la poesía de esa mujer silenciosa llamada Rusalka. Por su parte, el bajo Jerzy Butryn dota al severo duende acuático de una suavidad canora que confiere a sus responsabilidades paternas una cierta empatía.

La adquisición por parte de la Ópera de Oslo de esta producción procedente de la Ópera Estatal de Hannover posee un significado más profundo que el simple hecho de que se haya representado una obra que encaja tan bien en la Noruega rodeada de mar como, digamos, un Holandés Errante. Porque precisamente el equipo formado por la directora escénica Tatjana Gürbaca y el director musical Edward Gardner será el encargado de llevar a buen puerto en Oslo a partir de 2027 una nueva producción de El anillo del nibelungo de Richard Wagner. No sabemos exactamente cómo será todo entonces. Pero después de esta velada, podemos hacernos una idea. En cualquier caso, hay una cosa que cada vez está más clara: la Ópera de Oslo ha entrado de lleno en el circuito de los grandes teatros de ópera europeos. Desde el punto de vista arquitectónico, el espectacular edificio en el puerto ya lleva mucho tiempo jugando en la primera división.
Peter Krause


