Opus Gelber

Opus Gelber

Bruno Leonardo Gelber (Buenos Aires, 19 de marzo de 1941) es uno de los grandes pianistas de nuestro tiempo, aún más popular en Argentina —he tenido ocasión de comprobarlo— que sus compañeros de generación Martha Argerich y Daniel Barenboim. A aquella la adora —y le disgusta que no lo llame por teléfono cuando está en Buenos Aires— y al segundo más bien lo ignora. Es imposible que haya olvidado a Gelber quien lo escuchara en sus años de plenitud, cuando grabó los conciertos de Brahms con Decker y Kempe en EMI o todas las sonatas de Beethoven para Denon —ojalá alguien las rescate, Brilliant quizá, porque son un monumento prácticamente inencontrable, sólo algunos volúmenes y a precios astronómicos— o sus variaciones también beethovenianas para Orfeo, esa suma, en fin, de inteligencia y musicalidad, de naturalidad y técnica que adornaban sus versiones, de Bach a Rachmaninov.

Rendido admirador como soy del pianista porteño no podía dejar de leer Opus Gelber (Anagrama, 2019, 17,95 euros), el fascinante libro que ha escrito sobre él Leila Guerriero. Una fascinación que nace de la misma y progresiva fascinación que la autora siente por su personaje. Sí, por su personaje. Porque Gelber es de un lado el sujeto de una investigación y, por otro, el protagonista de una historia que, de tan real, pareciera no serlo. El libro es un extraordinario retrato de alguien inabarcable, de alguien a quien su sagaz seguidora durante casi un año es capaz —sí, pues ese es uno de sus logros— de no acabar de definir plenamente, de dejarlo a la vista del lector, en su decorado elegido, para que sea aquel, precisamente, quien remate la historia. Cuando se va Guerriero, él se queda. Algo se cierra en la vida de ella mientras la del pianista seguirá siempre fiel a ese destino con el que pacta todos los días. En el caso del lector melómano tras comprobar, además, cómo las gasta el genio mientras a veces pareciera que se nos queda corto a los acostumbrados a recibir demasiadas explicaciones. El periodista Hugo Beccacece, que sale varias veces en el libro, es el encargado de desmitificar, para bien: “No es un artista intelectual… La sensibilidad está en primer lugar. Hay una parte de él que funciona como un chico: la capacidad de asombro”. Y lo mismo en su Brahms que hizo historia que tocando Mozart con la Orquesta Sinfónica de la Policía Federal como un rasgo más de esa mundanidad que le gusta, que cultiva generosamente, a la que pertenece y que domina desde su piso en la zona más ruidosa de Buenos Aires, en la Torre Saint.

Guerriero escucha a Gelber más que hacerlo hablar, pues él es tan dueño de su discurso que lo repite cuando le parece. Tal vez venga de ahí ese desconcierto del lector al inicio de un libro que comenzará decepcionándolo ante esas reiteraciones que son una de sus señas mientras le obliga a irse acostumbrando a ese estilo de la autora, que se irá imponiendo al tiempo que el personaje crece y ella lo comprende mejor a cada visita, primero desde una cierta perplejidad, luego desde la sorpresa y finalmente desde la admiración hacia quien se ha construido no solo una imagen de sí mismo sino a sí mismo también. Y sabiendo cómo esa imagen se refleja en el otro: su modo de hablar con la autora, sus cariños, sus frases hacia ella [1]. En cierto modo, Gelber escribe el libro igualmente y, como decía Juan José Millás en El País, hace de Guerriero también su protagonista. No en vano, al pianista argentino le gusta, dice su autora, “el arte de la conversación. Que parece ser, muy a menudo, el arte del descuartizamiento. En cualquier caso: un arte”.

Quienes esperen un libro sobre el piano, los conciertos, los colegas, probablemente salgan defraudados. Todo es mucho más casero, por decirlo así, aunque la música lo presida todo. Alumnos, asistentes, amigos, empleados, son actores, testigos más o menos locuaces de una vida que les pertenece tanto como les moldea. Se distancian para hablar del sol que los ilumina pero acaban girando en su torno con una lealtad suficiente, con una discreción que les honra, con lo que parece, en el fondo, un cariño verdadero por alguien que los necesita desde la certeza de su propia diferencia, de su superioridad, digámoslo claramente, y que, en su excentricidad, nunca aparece como una caricatura de sí mismo, ese riesgo que suele sobrevolar la diferencia cuando la inteligencia falla. El andador, la silla de ruedas, la “pata” enferma —Gelber tuvo la polio de niño y nunca pudo andar bien— son también compañía, inevitable y asumida, que no rebaja ni la dignidad ni la coquetería del artista que sabe que lo es en el escenario y en la vida. Porque Gelber analiza su vida como una mezcla de aventura y obligación, de voluntad y de destino de la que él es el único responsable a la hora de medir las dosis de cada cosa y el resultado de la suma. El amor a la madre o el no odio pero sí conmiseración hacia el maestro han condicionado esa existencia pero no la han guiado. Ahí no hay más responsable que ese maravilloso pianista, casi octogenario ya, que ha construido un mundo a su medida, como dentro del que creara Proust, un tiempo presente inevitablemente perdido, inalcanzable para quien no sea él, el último de sus habitantes.

Nota:

[1] En una entrevista concedida a la revista Attitude en la que se declaraba homosexual, el cantante de Pet Shop Boys, Neil Tennant, decía: “Es un fracaso por nuestra parte que hayamos dado a la gente la sensación de que lo que hacemos es una especie de broma elaborada”. Uno de los grandes aciertos de Gelber y Guerriero es que esa sensación, que cualquier homosexual y su entorno heterosexual conocen perfectamente, no aparezca en este libro por ninguna parte.