Nunca fue pájaro de feria (en recuerdo de Manuel Arroyo-Stephens)

Nunca fue pájaro de feria (en recuerdo de Manuel Arroyo-Stephens)

Con Manuel Arroyo-Stephens, que acaba de morir en El Escorial a los setenta y cinco años —había nacido en Bilbao en 1945— cobraban sentido conceptos hoy tan poco cotizados como la buena educación, el saber estar o eso que, independientemente del origen de cada cual, descubrimos enseguida en quien tenemos enfrente: el señorío. Manolo Arroyo fue, además, muy independiente, muy suyo en el mejor sentido de la palabra, y tuvo la suerte de poder aplicar esa personalidad a su manera de hacer como editor, una sabia mezcla de inteligencia, conocimiento del medio, estrategia y templanza.

Su vocación editorial, materializada en la fundación de un sello tan importante en nuestra cultura impresa como Turner, llegó por esa vía que sabe medir el negocio desde los parámetros de la plenitud personal: leer lo que no nos dejan, publicar lo que quisiéramos leer. Y ya su primera andadura como librero demostró muy bien esa idea al especializarse en libros en inglés, en aquella Turner English Bookshop de la calle Génova en Madrid. Su sentido de la cultura como suma le llevaba a ocuparse de cuestiones dispares, de los toros a la música, a tener como mentor y como autor a alguien tan literalmente excéntrico como José Bergamín, a recuperar una figura como la de Arturo Barea, a vivir en México, a especializarse en libros que eran en sí arte sobre arte, a no ser nunca, como él diría en sus memorias —siempre quiso ser un memorioso y trabajó para ello— “pájaro de feria”. Y quien haya sido editor en esos años sabe muy bien lo que eso quiere decir.

Para los aficionados a la música, Turner fue un nombre insoslayable no sólo en su vertiente editorial —recordemos: los Massin, Glenn Gould, Fischer-Dieskau, Federico Sopeña y tantos—sino también en el recuerdo de aquella tienda de música que nos hizo vivir la compra de discos como la más grata de las conversaciones, con el inolvidable Nick Cohu como maestro de ceremonias.

La muerte de Manolo Arroyo nos deja sin un editor fundamental pero también debe servir para pelear porque su legado y sus maneras no se pierdan. Por la editorial que él fundara han pasado editores como Pilar Álvarez, hoy en Alfaguara y ya maestra en la materia, y siguen su legado Santiago Fernández de Caleya y Fernanda Febres Cordero. La marca, como saben quienes se dedican a dar lecciones de cómo vender bien, es importante. A veces, es más que eso, pues resume una forma de hacer, una filosofía de la cultura, un empeño vital. Manolo Arroyo lo sabía y fue fiel a sí mismo. Por eso no era un pájaro de feria.