NUEVA YORK / Lise Davisen: Leonora en la cima

Villalba. Madrid. Cines Yelmo. 15-III-2025. Metropolitan Opera, Nueva York. Lise Davidsen, David Butt Phillip, Tomasz Konieczni, René Pape, Ying Fang, Magnus Dietrich, Stephen Milling. Dirección musical: Susanna Mälkki. Dirección de escena: Jürgen Flimm. Beethoven: Fidelio.
En la siempre importante y raramente novedosa temporada del Met se programaba esta inmortal ópera beethoveniana, no por desigual, irregular, pasajeramente ingenua, menos genial, reveladora y, en muchos aspectos, fundacional. Se contaba, como valor interpretativo más señalado, con el protagonismo de la soprano noruega Lise Davidson, estrella refulgente y muy valiosa a sus 38 años, dotada de un instrumento hoy en día propio de una spinto con tendencia a engrosar en camino hacia una dramática flexible, elástica, con destellos aún de naturaleza lírica. De momento va sin prisas en busca de un estadio en el que al final le aguardan papeles decididamente heroicos: Brünnhilde, Elektra, Turandot…
Mejor que se cuide y espere. De momento Leonora le va como un guante. Con su instrumento actual y su buena preparación técnica, con su sentido del matiz y su vigor casi juvenil encaja muy bien en esta parte beethoveniana. Cantó estupendamente en esta función la temible aria de la travestida y arrojada protagonista, una página dividida a lo italiano: Recitativo acompañado, Andante y Allegro, este con nada fáciles vocalizaciones y ascensos al La, Si bemol y Si natural agudos. Sin un fallo ni un desfallecimiento. Entonada y matizadora, regulando con buena técnica y convenientes aperturas su gran, modulante y flexible boca.
A su lado se defendió con valentía y arrestos el tenor inglés David Butt Phillip (1980), antiguo barítono. Diríamos que es un lírico spinto de buenos modales, discreta técnica y mucho aseo. Sorteó con el lógico esfuerzo y ajustada capacidad respiratoria su no menos temible aria de salida al comienzo del segundo acto, escalando con valentía esas cimas repetidas que lo llevan al Si natural. El timbre no es específicamente atractivo, pero tiene buen metal y alguna que otra rugosidad. Como las que indudablemente alimentan la naturaleza vocal del polaco Tomasz Konieczni (1972), un barítono de tinte dramático algo falto de amplitud, de metal punzante y expresión bien medida. Lo recordamos cantando en el Real Wotan –para el que queda algo corto– y un personaje de Halka de Moniuzsko. Buen decidor y discreto actor. Cumplió sin brillos especiales.
Como lo hizo el ya muy veterano alemán René Pape (1964). Sigue conservando su clase, sus dotes actorales y su presencia. Un Rocco expresivo y locuaz. La voz evidentemente no es ya la que era, la de un bajo cantante magnífico, de broncíneo timbre, notable extensión y vigorosos acentos. Ha perdido lustre y brillo, se ha apagado en buena medida. Pero es, como siempre, muy artista. Como la gentil soprano china Ying Fang (1987), una voz esbelta de lírico-ligera, bien modulada, siempre afinada y a ratos espejeante. Bordó su aria de salida. A su lado cumplió el joven tenor muniqués Magnus Dietrich, de agradable, ligeramente engolada, emisión de joven lírico (Jaquino lo suelen cantar voces algo más ligeras). El también machucho danés Stephen Milling (60 años, como Pape) cumplió, con voz bastante poco poblada, como el ministro don Fernando.

La finlandesa Susanna Mälkki (1969) se desenvolvió en el foso con soltura y firmeza, con adecuados grados de matización, con unos planteamientos rítmicos y dinámicos bien estudiados, con atento apoyo a las voces, sin aspavientos y naturalidad, pero creando clima. Lectura clara, ajustada, rectilínea, nada altisonante dejando que la música fluyera libremente y controlando a un coro masculino que cantó la salida a la luz del sol de los prisioneros de manera muy expresiva y amena. Insufló fuerza y suficientes grados de entusiasmo al gozoso coro final.
Queda por hablar de la dirección de escena firmada en esta ocasión por Jürgen Flimm, del que siempre guardamos recuerdo, ya que fue el autor de aquella fantasiosa y discutible producción del Teatro Real del oratorio de Haendel Il trionfo del tempo e del disinganno (2008). En el caso de Fidelio propone una solución realista situada temporalmente quizá en torno a los años 30 del siglo XX. Escenografía firmada por Roberto Israel en la que se acumulan los elementos: a un lado una larga serie de celdas, al otro, puertas de entrada y salida. En medio los enseres de la casa de Rocco. La celda de Florestan es una especie de sima a la que hay que descender por una escalera vertical.
Los movimientos de los protagonistas no siempre encajan con lo especificado en el libreto; pero eso es lo de menos. Lo peor es el último cuadro, presidido por una suerte de torre de campo de concentración en la que se sitúa la estatua ecuestre de Pizarro, que es derruida mientras se apalea y tortura al personaje. El coro prácticamente inmóvil en ese momento. Lo que atiende sin duda al hecho de que, después de todo, el final de la obra es prácticamente una cantata u oratorio. Lo mejor es que la música fluyó en general con naturalidad y que las principales voces, Davidson en primer lugar, estuvieron a buen nivel.
Arturo Reverter
(fotos: Karen Almond / Met Opera)


