NUEVA YORK / Lise Davidsen encabeza una irregular producción de ‘Macbeth’ de Verdi en el Met

Nueva York. Metropolitan Opera. 5 de octubre de 2026. Lise Davidsen, Freddie De Tommaso, Quinn Kelsey y Ryan Speedo Green. Dirección musical: Yannick Nézet-Séguin. Dirección escénica: Louisa Proske. Escenografía: Jon Bausor. Vestuario: Montana Levi Blanco. Iluminación: Adam Silverman. Verdi: Macbeth.
No es ningún secreto que la Metropolitan Opera atraviesa una situación financiera desesperada: su nueva campaña «Make the Met Forever» es una clara respuesta a un déficit que no deja de crecer. ¿Necesitaba, pues, una producción de Macbeth completamente nueva? Su anterior montaje de esta obra maestra del primer Verdi —revisada en sus años de madurez— se estrenó en 2007. «Es una buena producción», escribí entonces sobre la puesta en escena de Adrian Noble: «Sobria pero poderosa, nunca trata la obra con condescendencia y debería resistir bien las reposiciones». Así fue, en tres ocasiones, y probablemente habría sucedido lo mismo una cuarta vez si se le hubiera dado la oportunidad, diecinueve años después. ¿Demasiado vieja? Pues bien, la recién llegada comparte escenario con la producción de La Bohème de Zeffirelli, que, a sus cuarenta y cinco años, conserva una buena dosis de brío juvenil.
La conveniencia de un nuevo Macbeth importaría menos si el montaje fuera realmente bueno. No lo es. «El infierno es sombrío», dice la Lady Macbeth sonámbula de Shakespeare; y también lo es esta producción de Louisa Proske, gris, atestada de gente y escasamente iluminada, que me irritó desde que se alzó el telón, con sus guerreros y brujas danzantes y sus imprecisas imágenes de fondo, acrecentando mi fastidio con cada giro innecesario del decorado de Jon Bausor. Más letal, sin embargo, fue la incapacidad de la directora para mover y dar vida a una multitud de manera convincente o coherente. La escena del banquete —iniciada por un animado, pero absolutamente incongruente, trío de bailarines folclóricos georgianos— se convirtió en un ejemplo de esa inercia: los invitados apenas reaccionaban a los desvaríos de su rey, atormentado por la culpa. La escena de las apariciones del tercer acto resultó confusa y difícil de seguir. Y en la escena final, igualmente confusa, Macbeth no se limitó a morir por la espada de Macduff, como dispusieron Shakespeare y Verdi, sino que sobrevivió lo suficiente para recibir una brutal paliza y acabar quemado en la hoguera. Proske fue cofundadora, en 2014, de la Heartbeat Opera, una compañía neoyorquina especializada en versiones reducidas y remozadas del repertorio habitual, presentadas en escenarios mucho más pequeños que el del Met. Después ha trabajado en teatros de ópera propiamente dichos de todo el mundo, pero este Macbeth era su proyecto de mayor envergadura hasta la fecha, y quizá se sintiera un tanto desbordada. A su favor hay que decir que situó la acción sin ambigüedades en su época —la de Shakespeare, no la de Verdi ni la del Macbeth histórico— y que el vestuario de Montana Levi Blanco favorecía a los cantantes. Pero la producción de Noble, más estilizada, resolvía casi todo mejor.

Tampoco ayudó demasiado a Proske un reparto de grandes nombres, pero desigual. Ryan Speedo Green, como Banquo, tenía la presencia adecuada, pero no la voz: un timbre de bajo-barítono enjuto en lugar de la sonoridad redonda y caudalosa del basso cantante de escuela italiana que exige el papel. El tenor Freddie De Tommaso sí tenía la voz adecuada, pero a menudo la prodigaba en exceso: su resonante «Ah, la paterna mano» careció de gracia y matices. En el papel titular, Quinn Kelsey vino a sumarse con mérito a la ilustre tradición de Macbeths estadounidenses del Met —Warren, MacNeil, Milnes—; su voz es bella e imponente, aunque también habría deseado de él una gama dinámica más amplia. Pero el punto más débil de la velada fue su mayor reclamo: Lise Davidsen. Su Lady Macbeth decepcionó desde el principio, con una lectura casi inaudible de la carta de Macbeth, y siguió acumulando deméritos por una emisión desequilibrada en este papel de tan amplia tesitura: de una plenitud electrizante en el agudo, mucho más tenue en el grave. Frases importantes, como el reiterado «È necessario!» de «La luce langue», carecieron por completo de la fuerza necesaria. Una Lady de lo más distinguida, suavizó sistemáticamente las aristas más duras del personaje y apenas mostró química con su marido escénico, mucho más extrovertido.
Yannick Nézet-Séguin dirigió con atención a las necesidades de sus cantantes, como no siempre hace, y, como casi siempre, al potencial expresivo de sus excelentes instrumentistas. Pocas veces el solo de clarinete de «Patria oppressa» ha sonado con una tristeza tan conmovedora. Ese maravilloso coro —uno de tantos lamentos patrióticos de Verdi— recibió una elocuente interpretación del espléndido conjunto que dirige Tilman Michael. Fue, para mí, el punto más alto de un Macbeth que, en general, voló muy bajo.
Patrick Dillon
Foto: Marty Sohl / Met Opera


