NUEVA YORK / Gimeno y la Orquesta del Teatro Real seducen al Lincoln Center

Nueva York. David Geffen Hall; Lincoln Center. 15-X-2026. Obras de Falla (fragmentos de El amor brujo y Siete canciones populares españolas, en la orquestación de Luciano Berio), Rodrigo (Concierto de Aranjuez) y Rimski-Kórsakov (Scheherazade). Adriana González, soprano. Juan Manuel Cañizares, guitarra. Orquesta Titular del Teatro Real. Director: Gustavo Gimeno.
Fue un intercambio justo: Madrid recibió a la Filarmónica de Nueva York; Nueva York, a la Orquesta del Teatro Real; y ambas ciudades tuvieron a un Gustavo capaz de electrizar al público. Los días 13 y 14 de octubre, Gustavo Dudamel y sus músicos de Manhattan llenaron el Auditorio Nacional con las quintas de Prokófiev y Mahler y los estrenos en Madrid de obras de Zosha Di Castri, John Adams y Tania León. Una noche después, Gustavo Gimeno llevó a sus madrileños a la sede de la Filarmónica, el David Geffen Hall, con un programa compuesto por obras de Falla, Rodrigo y Rimski-Kórsakov pensado para conquistar al público del Upper West Side. Había escuchado aquí, un mes antes, el programa Di Castri/Adams/Prokófiev, y sé que el público madrileño pudo dar por bien pagada su entrada. Pero no tenía claro qué esperar del concierto de la Orquesta Sinfónica de Madrid (titular del Teatro Real).
La próxima vez que escuche a esta orquesta, sin embargo, mis expectativas serán altas: Gimeno y sus músicos, con la participación de dos espléndidos solistas, ofrecieron una velada vibrante que, incluso con tres propinas, dejó al respetable con ganas de más. El concierto, anunciado con el atractivo título de «Fuego, guitarra, leyenda», comenzó con tres números de El amor brujo de Falla, entre ellos, como era de esperar, la «Danza ritual del fuego», que permitió apreciar el acierto de Gimeno al aportar la dosis justa de energía y contundencia, sin excederse nunca. Siguió más Falla: las Siete canciones populares españolas, en las diestras orquestaciones de Luciano Berio, con Adriana González, que, con su vibrante voz de soprano lírica, de carácter esencialmente ligero, tampoco recurrió a más voz de pecho ni a más fuoco del que piden las canciones. Su arte tuvo como recompensa la primera propina de la noche: el «Aria de las flores» de Mirentxu, la ópera vasca de Jesús Guridi, que cantó con una línea de legato arrulladora y unos pianissimi agudos hechiceros. A continuación, el virtuoso guitarrista flamenco Juan Manuel Cañizares interpretó el Concierto de Aranjuez de Rodrigo con delicadeza y brío, aunque el sonido de su guitarra parecía provenir a menudo del extremo del escenario opuesto al lugar donde estaba sentado, justo a la izquierda de Gimeno. También él se ganó una propina: una brillante interpretación de «Cádiz», de su propia Suite Al-Ándalus.

Pero lo mejor del programa llegó después del descanso: Scheherazade, de Rimski-Kórsakov, que —me sorprendió darme cuenta— escuchaba por primera vez en directo, tras décadas de disfrutar de las grabaciones de Ormandy, Matačić y Reiner. No me decepcionó. Desde las primeras frases sedosas y seductoras del violín de la concertino Gergana Gergova, quedé tan fascinado como debió de estarlo el sultán Shahriar con los hipnóticos relatos de su nueva esposa. La tuba de Ismael Cantos contribuyó de manera muy distinta, pero igualmente destacada, al mágico universo sonoro de Rimski-Kórsakov; todos los numerosos solos de la obra se resolvieron con maestría. Una semana antes había escuchado a la Filarmónica de Berlín, dirigida por Kirill Petrenko en el Carnegie Hall, interpretar dos de los deslumbrantes poemas sinfónicos romanos de Respighi con toda la brillantez imaginable; mi impresión fue la de un gigantesco instrumento musical de múltiples facetas que funcionaba como una sola unidad. La Orquesta del Teatro Real, bajo la dirección de Gimeno, parecía, en cambio, un grupo de músicos reunidos para una sesión de música de cámara a gran escala, que se escuchaban y se comunicaban entre sí sin que ninguno perdiera su personalidad. Ambos planteamientos me parecieron plenamente acertados mientras los escuchaba.
Yo —y el resto del entusiasmado público— me habría sentido defraudado sin una propina orquestal, y la hubo: el preludio de la zarzuela El bateo, de Federico Chueca. No es que lo supiera entonces: mi conjetura, completamente desacertada, fue que se trataba de alguna pieza poco conocida de Johann Strauss. Poco importa: fue una delicia, como todo lo demás en este demasiado breve traslado del Madrid musical al Upper West Side de Nueva York.
Patrick Dillon


