Nuestros jóvenes en el Concurso Chopin 2021

Nuestros jóvenes en el Concurso Chopin 2021

El concurso Chopin es un matadero de jóvenes. Quizá sea exagerado decirlo, verlo así, pero es como me lo definió un joven pianista, que me describía el exceso, los nervios, el estrés, la disminución en algunos del rendimiento puramente artístico en virtud de estas anomalías del comportamiento. No eres el mismo que toca cuando tocas en el Concurso Chopin; y en otros concursos semejantes, se supone, solo que este tiene un significado que trasciende el de otros certámenes especializados. No, no voy a pasar por eso ni a limitarme tanto durante tanto tiempo a un repertorio, un solo compositor.

Al menos, el Concurso Chopin tiene una ventaja sobre, qué sé yo, los premios teatrales en nuestro país, y lo digo porque lo sé, puesto que he obtenido algunos y he sido jurado en bastantes ocasiones. La desventaja de este tipo de concursos es que te sometes al juicio de gente que casi siempre es inferior a ti y a tu obra. En el Concurso Chopin no es así, esos jurados son temibles por su enorme competencia, mientras que los otros son temibles por razones opuestas.

Estuve en el concurso Chopin anterior al que se ha celebrado ahora. Fue en el otoño de 2015, y Varsovia lucía como siempre, es decir, muy bella y con su bullicio. Hubiera tenido que celebrarse la siguiente convocatoria en 2020, pero la epidemia lo impidió, y felizmente no ha habido que esperar más que un año. Las celebraciones del Concurso culmina con el Requiem de Mozart en San Francisco, donde se custodia (¿se custodia?) el corazón de Chopin, que nunca regresó en vida a su querida Varsovia, ocupada por la barbarie zarista de Nicolás el sanguinario. Le dije esto a una amiga polaca, y me respondió algo así: “Hemos progresado, ahora tenemos la barbarie nacionalista-cristiana, justo en frente de la iglesia de San Francisco”. Pero eso es cosa ajena al Concurso, o eso creemos. Y, después de todo, el zar Nicolás era cristiano, solo que cristiano de otra manera. Los polacos, ay, entre el luteranismo prusiano y la ortodoxia rusa. Mejor el sur, la parte ocupada por Austria, ¿no es así? Mi amiga ríe, tiene un sentido del humor casi checo y admite el mío, mediterráneo, hispano, siempre con dobles sentidos, un juego.

El estrés de los pianistas se advierte a veces en sus gestos. Gestos que tratan de sacar los humores y las tensiones, sin que se note demasiado el tormento. Porque eso es un tormento, según me aseguran. Todos hemos visto directores de orquesta y solistas que ponen rostros que nos chocan: ese quiere parecer sublime, esa deja escapar demasiado el sudor, ese otro pretende que lo tomemos por un gigante poderoso, esa otra está a punto de llorar y no lo consigue disimular… Déjenlos, por favor. Si el artista necesita poner gestos, muecas, caritas, lo que importa es lo que suena, lo le oímos, al margen de los cantantes de ópera, claro, en los que el gesto tiene un sentido artístico que ha de ser domeñado.

Hoy quiero hacer un homenaje a tres pianistas jóvenes que han pasado por la tortura del Concurso Chopin que terminó hace unos días. Son ‘nuestros chicos’, una joven muy joven, y dos caballeros jóvenes. Digo ‘nuestro’s porque uno es español y los otros acaban de pasar por el Ciclo de jóvenes intérpretes de la Fundación Scherzo.
Se trata de facilitarles enlaces para que oigan las espléndidas interpretaciones chopinianas de los tres.
Esta es la página del Instituto Chopin:

Y esta es la toma de Martín García García [en la foto], que quedó tercero en este dificilísimo concurso, al que se presentan pianistas de todos el mundo. Y que conste que en el piano hay mucha competencia mundial, y que para ser pianista hacen falta muchos años (diez u once para tocar mal, me dice; una vida y media para tocarlo bien, dos vidas para tocar así). Oigan este Segundo concierto de Chopin como pocas veces lo oirán; ahora, en la Filarmonía de Varsovia, un edificio y una institución a los que tengo especial cariño, no sé cómo decirlo, pienso en esa sala y la respiración me lo hace notar. Pero, en fin, ahí tienen la hazaña de Martín García García:

Y, a continuación, ahí llega la jovencísima Eva Gevorgyan, rusa de apellido armenio. En el ciclo de Jóvenes intérpretes de la Fundación Scherzo tocó Chopin y Scriabin; fue cuando empezaba el verano. Eva tiene dieciséis años. ¿No es increíble?

Su programa es el siguiente; nos facilitan incluso el minute y segundo en que se inicia para pieza: Fantasía en Fa menor op. 49, Mazurkas op. 17 nº 1, 2, 3 y 4, y Sonata en Si bemol menor op. 35. 

En fin, dejamos para el final al joven polaco Szymon Nehring, que tocó en nuestro ciclo un programa solo Chopin, a finales de septiembre, pocos días antes de someterse a las pruebas finales del Concurso. Le oímos ahora las siguientes obras: Nocturno en Mi bemol mayor op. 55 nº 2 Estudio en La bemol mayor op. . 10 nº 1. Balada en Fa menor op. 52

Conozcan a estos pianistas. Si el primer premio solo se lo lleva uno, para alguien como quien esto escribe la elección es más que problemática. Hace seis años, en el Concurso de 2015, confieso que no sabía quién me gustaba más de aquellos diez u once finalistas. Es cierto que uno no le pide a nadie que toque como lo que ha oído en sus discos juveniles de antaño (sesgo lamentable en algunos colegas), pero aun así, admitiendo todos los códigos, es posible para cualquier mortal distinguir calidades en esos niveles tan altos. Tan altos como los de Martín García García, Eva Gevorgyan y Szymon Nehring.