“No sé tú, yo empiezo mis estudios ahora…”

“No sé tú, yo empiezo mis estudios ahora…”

Muchas veces el artista se mueve en las aguas de la contradicción. Brendel decía que todo lo relativo a la interpretación era un poco esquizoide: había que implicarse personalmente en ella, porque no hacerlo y ser un vehículo distante de la música haría que ésta llegara al oyente fría y sin convicción. Un intérprete no convencido y que no cree firmemente lo que está haciendo no puede nunca convencer a quien lo oye de que se enganche a su discurso, de la misma forma que un orador plano y plúmbeo jamás cautivará a su audiencia con su mensaje.

Pero no es menos cierto que otro ingrediente, necesario y útil para ciertos aspectos, puede ser terriblemente peligroso para otros. Porque el intérprete ha de tener, qué duda cabe, el coraje y la presencia de ánimo de enfrentarse al público. Una cierta, incluso apreciable dosis de ego, es necesaria, en parte para que la convicción en el discurso tenga la solidez deseable, y en parte porque si no a uno se le viene el escenario encima. Lo difícil, lo complicado, es dar a ese ego la dimensión necesaria y no olvidar que la humildad ante la música misma, ante los compositores cuyo mundo se antoja tantas veces inaprensible (Harnoncourt lo señalaba en sus Diálogos sobre Mozart: “Nunca podremos llegar a entender verdaderamente a los grandes artistas de la historia”), es un cimiento imprescindible sobre el que ese ego ha de asentarse, pero nunca hasta hundirlo, apabullado por el exceso.

Ese delicado equilibrio que separa el asentarse, apoyarse, pero no aplastar y hundir, se olvida muchas veces. Uno ve muchos casos en los que el ego crece a un ritmo paralelo a la progresión de la carrera, y la autoestima se confunde con un dominio de todo que es tan pretencioso como engañosamente pretendido y desgraciadamente irreal. Pero los años… ¡ay, los años!

En estos días en que nos ha dejado un maestro grande pero humilde, Bernard Haitink, colegas como Simon Rattle o Semyon Bychkov están resucitando anécdotas (se pueden encontrar en el blog de Norman Lebrecht) que ilustran hasta qué punto conviene tener muy presente aquello de solo sé que no sé nada. Y hasta qué punto eso formaba parte de la propia esencia de grandes músicos como Haitink.

La primera se refiere a una ocasión en que ambos estaban viendo a Carlos Kleiber dirigiendo el Otello de Verdi en el Convent Garden. Haitink, fascinado, se acercó al oído de Rattle y le susurró: “No sé tú, pero mis estudios están empezando ahora…”. ¡Qué forma tan hermosa de reconocer el asombroso talento de un compañero y de asumir lo que a un veterano como él le quedaba aún por aprender! Más de un director de orquesta en sus últimos años ha comentado que lo malo de esa profesión es que cuando llegas al final de tu vida y crees estar llegando a desentrañar los secretos de la profesión… resulta que estás al final de tu vida y ya no te queda tiempo.

Y a esto se refiere la otra anécdota. A Bychkov le envió Haitink un mensaje tras su retirada de los escenarios (en 2019) en el que le confesaba que estaba llenando sus días de forma completamente satisfactoria, leyendo, escuchando, estudiando. Confesaba estar sumergiéndose en los cuartetos de Beethoven como manera de seguir cultivando su pasión por la música del gran sordo, y decía encontrarlos tan complicados como la Séptima de Mahler. Pero lo mejor era su sentencia final: “Cuanto más examino estas cosas, más cuenta me doy de que no sé nada”.

Quizá todo artista o creador, en el ámbito que sea, debería recordar esto siempre. En el caso de los músicos, hacerse grande en escena, pero humilde ante la partitura y ante los grandes nombres de la historia que les han precedido. Porque los más grandes, a menudo, han sido también quienes han conservado, sólido y visible, el cimiento de la humildad. Que el ego no entierre ese cimiento. Y que el músico siga sorprendiéndose, cada día que se enfrenta a una partitura (aunque sea la enésima vez que lo hace con la misma) del genio de quien la creó. Y admirándolo. Ese bien podría ser el comienzo de una interpretación sentida y convincente.