Nelson Freire: “He tenido siete vidas”

Nelson Freire: “He tenido siete vidas”

Con setenta y cuatro años, y tras setenta frente al piano, Nelson Freire (Boa Esperança, 18 de octubre de 1944) ha obtenido en la última edición de los International Classical Music Awards (ICMA) el galardón otorgado a toda una carrera dedicada a la música, que recibirá en el curso de un concierto extraordinario, en Lucerna, el 10 de mayo. Niño prodigio, dotado desde sus inicios de un virtuosismo asombroso, su trayectoria se ha ido edificando sobre la libertad y la clase interpretativas, de manera que técnica e inteligencia se unen en él como en muy pocos pianistas de nuestro tiempo. Asumiendo que todo ello le ha venido dado y que su papel se ha limitado al de ser fiel a esas cualidades que se dirían innatas, la conversación con el gran artista brasileño —que habla en voz muy baja, con una cadencia que sugiere a la vez discreción y agudeza— discurre, con cálida calma, en un camerino del Palacio de la Ópera de La Coruña, en plenos ensayos de sus conciertos con la Orquesta Sinfónica de Galicia.

Luis Suñén

Le premian en los ICMA por toda una carrera y, sin embargo, al lado de sus antecesores en el galardón, Menahem Pressler, aún en activo, o Aldo Ciccolini, que tocó hasta casi el momento de su muerte, usted es un niño…

Bueno, un niño… Recuerdo mi infancia con frecuencia, me acuerdo mucho del pasado, pero en lo que toca a la música siempre miro hacia adelante. He tenido varias vidas. Yo diría que hasta siete vidas diferentes, muy reconocibles cada una de ellas, a veces con cambios radicales y que son como una suma que da una vida completa, la mía. Una sola pero bien dividida en siete partes.

Una vida que empieza casi delante de un piano. A los tres años, según cuenta la leyenda urbana.

En realidad, empecé a tocar a los cuatro. Yo nací en Boa Esperança y cuando cumplí seis años nos fuimos a vivir a Río de Janeiro para que pudiera seguir estudiando. Mi padre, que era farmacéutico y tenía cuarenta y seis años, tuvo que cambiar de profesión y trabajar en un banco. Y ya en Viena, con catorce, vivía yo solo…

Y la vuelta a Brasil, sin conciertos, sin contratos. Y la recuperación de la autoestima, y…

Como le decía, son etapas, como los peldaños de una escalera.

Antes de irse a Viena a estudiar con Bruno Seidlhofer que, por cierto, estaba casado con una brasileña, llega el Concurso de Río de Janeiro.

Fue como un parteaguas. Yo tenía doce años. Ahí tuve la oportunidad de conocer a otros pianistas, mucha música, el ambiente, y de ganar esa beca para estudiar en Viena. Yo era un niño prodigio que a los siete años había tenido que cambiar su manera de tocar, que a los once tocaba el Concierto nº 9 de Mozart, el mismo que tocaré en Lucerna en mayo después de la gala de los ICMA, y que se encuentra con un cambio en su vida.(…)

(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 351 de Scherzo, de mayo de 2019)