Música incandescente, lo místico en la obra de Klaus Lang

LANG:
tönendes licht. Wolfgang Kogert, órgano. Orquesta Sinfónica de Viena. Peter Rundel, director. KAIROS (1CD)
Hay un sentido de amplitud fenomenal en la vasta tönendes licht (2020) del compositor y organista austríaco Klaus Lang (1970). Es un mural de sonido al fresco que podría querer reimaginar un gigantesco escenario natural. Podría ser. También cabría pensar cómo esta música invoca un estado meditativo, de serena magnificencia espiritual. Tal vez, y sin embargo, ambas posibilidades no son más que percepciones subjetivas y, en nada, emparentadas con una partitura, en gran sentido, bastante más terrena. Esta es una obra que surge de un pensamiento racional entroncado con la arquitectura, con las grandes formas, con los volúmenes perfectos de la Catedral de San Esteban de Viena, un templo gótico que constituye el cuerpo resonante idóneo para que esta música, simplemente, se esparza. Esa y no otra es la sensación central que transmite la creación de Lang, la de un espacio que otorga la condición de posibilidad para que la música explore sus resonancias buscando colores en forma de haces de luz, tal vez en ello sí resida esa esperada concomitancia con lo divino, con aquello del Más Allá.
Estrenada en el marco del Festival Wien Modern de 2020, con escaso público (¡apenas unas 20 personas!) y las estrictas medidas de distancia social obligadas por la pandemia, la esperada grabación de aquel acontecimiento que ahora presenta el sello Kairos documenta un momento extraordinario en la historia reciente de la música contemporánea. La música, habitualmente serena y gozosa, de Klaus Lang, alcanza en tönendes licht una riqueza perceptiva agigantada por la propia intemporalidad de una escritura personal imantada por el impacto de las piedras de San Esteban. La obra, en la estela de un Morton Feldman más nebuloso y menos concreto, en la línea de los grandes murales sinfónicos de un John Luther Adams, posee una capacidad de mover al auditor a una situación reflexiva, fortísimamente introspectiva.
Si para su autor el tiempo es el material más importante del compositor, en su obra, henchida de una organicidad que sí parece retratar más una naturaleza pura que otra intelectualmente cincelada por un arquitecto, la duración se dilata durante prácticamente una hora, el material se contrae y de desenrosca; en un estado pausado, aun con arremetidas en pasajes repetitivos del órgano -presente de un modo u otro como un halo durante toda la creación- contestados por una Sinfónica de Viena, a las órdenes del especialista Peter Rundel, que no responde con brusquedad, solo hace escalar y descender senderos dibujados con levedad.
Con los músicos distribuidos por las principales estancias del templo, Klaus Lang, persiguió un diálogo franco con la piedra, con el paisaje, de tal modo que “los cálidos y dorados tonos orquestales se mezclasen con los tonos metálicos, plateados y fríos del órgano”. Sin excesiva opulencia (aunque en la sección final órgano y orquesta planteen un empaste avasallador) pero sí con indisimulado afán de trascendencia, esta tönendes licht es una partitura excepcional, una rara expresión de música aconfesional pero de ribetes místicos que, dadas las escasísimas posibilidades de que se reproduzca en concierto, posee un correlato sólido en este álbum fundamental.
Ismael G. Cabral


