Música, espectáculo y política en el Paralelo barcelonés

Música, espectáculo y política en el Paralelo barcelonés

En el Teatre Nacional de Catalunya se ha estrenado L’Emperadriu del Paral·lel, un texto surrealista, divertido y disparatado que rememora la época en que la avenida se convirtió en un centro teatral y musical lleno de vida, creatividad y bullicio. La exposición sobre la fascinante historia del Paralelo entre 1894 y 1939, organizada por el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) en 2012, nos enseñó mucho, gracias a las investigaciones de Eduard Molner y el propio Xavier Albertí, sobre este epicentro teatral barcelonés y sobre el patrimonio histórico, social y escénico de la ciudad, e hizo mucho en favor de la recuperación de su memoria colectiva. Albertí se preguntaba entonces “¿por qué no sabíamos nada de aquello?”; la respuesta evidente es el desinterés por las manifestaciones culturales populares. Pero el Paralelo no fue solamente espectáculo con todos aquellos géneros, desde las primeras barracas de feria: pantomima, cuplé, vodevil, variedades, drama social y realista, melodrama, circo, revista, zarzuela… Este Montmartre o Montparnasse barcelonés —no hay que decir que con sus peculiaridades— también nos habla de una ruptura de la moral tradicional, de la conquista de nuevos espacios de libertad y de la llegada de la modernidad.

Ahora tenemos otra oportunidad de rememorar aquel pasado gracias a la obra de Lluïsa Cunillé, con dirección de Xavier Albertí, que se despide del TNC para dedicarse en exclusiva, en formidable tándem con Lluís Homar, a la dirección de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, donde los dos han presentado recientemente una soberbia y emocionante versión del Príncipe constante de Calderón.

Entre las modalidades de espectáculo que triunfan en el Paralelo, los géneros musicales tienen un claro protagonismo, como los más adecuados para satisfacer la demanda de entretenimiento de las clases trabajadoras, que necesitan evadirse durante un rato de sus duras condiciones de vida. Estos locales —además de teatros se abren cafés, tabernas, cines o frontones— no sólo traen novedades escénicas y musicales, sino que también, en particular los cafés, son el marco en el que tienen lugar mítines y reuniones políticas que muestran la efervescencia social de la ciudad en aquellos momentos. Empieza a abrirse paso una sociedad laica y urbana, en suma, una sociedad moderna, hasta el punto de que Marçal Sintes, director de CCCB en 2012, dijo que en Barcelona el siglo XX empieza en el Paralelo.

El género teatral de corte más antiguo y primero en triunfar en la avenida es la pantomina, que ya se veía en la ciudad desde finales del siglo XIX gracias a las visitas de troupes francesas e italianas. Destaca la compañía de los Onofri, familia marsellesa de comediantes que llegó Barcelona a comienzos de la década de 1890 y se instaló en el Paralelo en 1889; con ellos se formarán artistas catalanes que alcanzarán merecida fama, como el barcelonés Enric Adams, que llevó su arte por toda Europa y fue profesor en París. La pantomima desapareció después de la Semana Trágica de 1909, como si, según los investigadores, la ciudad hubiese perdido ese punto de inocencia que se requiere al espectador de esta modalidad. Poco después se imponen el melodrama, el drama social, el teatro realista y la comedia de costumbres, a los que se sumará el teatro político, impulsado por autores que quieren contribuir a la difusión del ideario anarquista.

El vodevil, que trae la risa para compensar la lágrima del melodrama, llega en el último tercio del XIX, también de la mano de franceses e italianos: en el Paseo de Gracia conserva su elegancia parisiense, pero en el Paralelo se torna verdaderamente popular. Margarita Xirgu presenta vodeviles en la avenida antes de marchar a Madrid, aunque serán Elena Jordi y Josep Santpere los que otorguen carta de naturaleza catalana a este género, que en los años treinta verá su decadencia. En todos los géneros hablados citados la lengua catalana es de manera creciente la expresión preferida.

La música tiene un papel esencial, aunque no dominante todavía en el espectáculo de variedades, nacido en París ya a finales del siglo XVIII y que mezcla sin orden ni propósito argumental alguno canciones, piezas orquestales, bailes, proezas circenses y cuanto pueda dar de sí la imaginación humana a la hora de entretener a un público ansioso de diversión y que tiene pocas oportunidades de esparcimiento. Tras nutrirse del vodevil, de las variedades se derivan tipos como el cabaret, el burlesque, la revista, el café cantante y muchos otros.

El cuplé tiene su antecedente principal en la tonadilla del siglo XVIII, pero es la influencia francesa la que le da su forma definitiva a finales del XIX; cantado siempre por mujeres con intenciones provocativas —todo empezó con la búsqueda de una pulga imaginaria—, tuvo intérpretes tan célebres como Raquel Meller, La Fornarina, La Bella Dorita o La Chelito. Hay que recordar también a los denominados “transformistas”, imitadores de estas estrellas que lograron en ocasiones gran refinamiento, como el encantador Mirco, célebre por sus imitaciones de Pastora Imperio y Conchita Piquer; sus actuaciones se anunciaban con las palabras “¿hombre o mujer?” y su apariencia andrógina hacía en efecto dudar a los espectadores. A partir de 1912, el cuplé se canta también en catalán, con la ayuda inapreciable de la revista satírica Papitu, que incluso convoca concursos de letras. Después de la Guerra Civil será sustituido por la copla, que ya es otro mundo.

La revista y la zarzuela son formas más complejas y desarrolladas; la primera ha sido descrita como un género hijo o hermano de las variedades, sobre todo por su carencia de un hilo argumental, pues se compone de números aislados; eso sí, se propone desde un principio lograr mayor esplendor visual con las innovadoras escenografías, el vestuario y unos aditamentos, tales como plumas y lentejuelas, que quedarán para siempre unidos al mismo nombre del género en el imaginario popular; después de la I Guerra Mundial, el cosmopolitismo influye en todos los formatos y especialmente en éste, que en la Barcelona de los años 20 tiene como principal impulsor al creativo empresario Manuel Sugrañes.

De la zarzuela, presente en Barcelona desde mediados del XIX primeramente en castellano, se ha dicho que fue el gran género del teatro musical del Paralelo; en sus locales alcanza una revitalización a comienzos de los veinte, cuando, como es sabido, en Madrid iba ya perdiendo el favor del público. Nada menos que Pablo Sorozábal estrenará sus obras en el Paralelo en esa época. A pesar de la brutal represión que sobre todas las manifestaciones culturales en catalán ejerce la dictadura de Primo de Rivera —no tan “dictablanda” como el tópico ha pretendido imponer—, la zarzuela catalana se consolida en esos años con Amadeo Vives, Rafael Martínez-Valls y otros, acercándose, además, como destacaron los investigadores en 2012, a la opereta centroeuropea y al verismo italiano.

Unos minutos antes de iniciarse la acción de L’Emperadriu del Paral·lel nos recibe un pianista que, coronado por un gran plumero negro, nos introduce en los ritmos que hacían furor en aquellos locales de ocio. La música, escogida para la obra entre infinidad de piezas de la época, tiene una presencia constante y vibrante gracias a la sabia guía de Xavier Albertí, músico además de hombre de teatro, y representa uno de los polos de la tragicomedia que es L’Emperadriu, que con su aire de farsa o de guiñol lanza buenas cargas de profundidad.

El magnífico trabajo actoral y de dirección ha logrado dotar de equilibrio y exactitud, sin excesos en los que hubiera sido tan fácil caer, a esta muestra del género tragicómico, poco habitual es estos lares y más propio de otras culturas teatrales como la polaca. Hay que destacar también la iluminación de Ignasi Camprodon y la formidable escenografía de Lluc Castells, constructora de espacios claros y ortogonales que componen un excelente marco para la acción escénica, sobre todo la corrala con sus numerosas puertas, que se abren y cierran dejando que entren y salgan personajes como en uno de aquellos vodeviles.

En el comienzo nos encontramos en “La Tranquilidad”, el más famoso de los cafés donde se reunían los anarquistas desde principios de siglo; la camarera, la antigua pianista Clara Cisterò, que en medio de todo dice bellas palabras: “La república llegará”, será el centro de, una variada colección de gentes de todo tipo que vienen a rendir homenaje a Palmira Picard, estrella de variedades e ídolo del Paralelo, muerta supuestamente de tifus, aunque algunos lo dudan. Estamos en 1930 y la inquietud social y política de aquellos años se deja sentir.

Esta concurrencia que se reúne en el velatorio y que se lanza a cantar y a bailar en los momentos más inesperados, me hizo recordar la definición del surrealismo como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección: todos estos personajes entablan unos diálogos ágiles e inesperados, en ocasiones crudos e incluso agresivos, y siempre sorprendentes. Además, Francesc Ferrer i Guardia habla desde su retrato, colgado en la pared, y de vez en cuando aparecen personajes de verdad, como Valle Inclán, el actor y empresario teatral Josep Santpere, el valenciano Lo Chil (Pepe Gil), también empresario del espectáculo; el mencionado Enric Adams o el cómico, cantante y bailarín valenciano Alady, que trajo al Paralelo el estilo de los chansonniers de París. No podía faltar el Emperador del Paralelo, apodo aplicado por la prensa enemiga a Alejandro Lerroux, que decide instalarse en Barcelona en 1901. En un momento dado, la pianista—anarquista abre la tapa del piano y saca un gato muerto; más tarde, el gato le caerá a los pies a Lerroux, lo que le hace recordar cierta ocasión en que le tiraron otro en el transcurso de un mitin en el Paralelo… y resultará que fue la propia Clara la que se lo tiró. Aunque, recuerda ella, aquél “no estaba tan tieso como éste”.

Hay un personaje que ha perdido un ojo de cristal, y se trata de ojo prestado. ¿Cómo se puede prestar un ojo de cristal? Un ejemplo más de estas situaciones jocosas y grotescas. Hay también un hipnotizador, al cual la madre de Palmira le pide que la despierte de su sueño de muerte.

Pero entretanto ha aparecido la propia Palmira, que ha dejado su ataúd rosa —el ataúd de Sarah Bernhardt—, cantando como si se encontrase en un escenario. Alrededor de la difunta se desarrolla una serie de episodios hilarantes; todo el mundo habla de ella, pero sobre todo cada uno de sí mismo. Al final no sabemos más de ella que al principio, pero sabemos muchas cosas —y muy confusas, deliberadamente confusas, creo yo— de toda esta fauna humana, cargada con sus miserias, tristezas, pasados y presentes.

Palmira es asimismo sujeto de situaciones surrealistas: su madre, zaragozana, dice que “su niña” abre un ojo y que quizá esté cataléptica y no muerta. Después, cuando Roc Alsina, el periodista que hace en cierto modo un papel de coro griego, como testigo y presencia durante toda la obra, pasa a verla, ella abre los dos ojos, le habla alegremente, sale del ataúd y canta, y cantará hasta el final de la obra: el telón cae sobre aquel Paralelo a las puertas de un tiempo nuevo.

Esto en el texto, pero en el impactante montaje del TNC se oye después una voz contando desde treinta y uno; al llegar a treinta y nueve se oye una violenta explosión y al momento hay un fundido en negro. Este trágico y punzante final −culminación de algunas señales ominosas que salpican la obra, en ocasiones con apariencia cómica o grotesca, como el gato muerto, y acaso también las fantasías de futuro de Clara, puras ilusiones, y la melancolía de Roc Alsina− nos hace reflexionar sobre la precariedad de la conquista de la libertad y todo lo que acabó en 1939… y puede acabar ahora o en el futuro, si no nos esforzamos por conservarlo.

La Guerra Civil y sobre todo su resultado habrían de sumir al país en la miseria material, intelectual y moral; con todo, el Paralelo continuó con su vida durante la contienda. Miquel Badenas i Rico nos ofrece un emotivo recuerdo de aquella época: después de los bombardeos, las luces volvían a encenderse y el tenor Antoni Miras exclamaba “Visca la República, Visca Catalunya!”.

(Fotos: TNC)