MÚSICA EN SEGURA 2026 / La fórmula Broncano

Música en Segura 2026. 16-V-2026. La Hueta: Gradualia. Simón Andueza, director. O radiant Dawn. Iglesia de los Jesuitas: Solistas de la Orquesta Joven de Andalucía. Obras de Falla, Stravinsky, García Ascot, Tailleferre y Poulenc. Cooperativa de Orcera: Rosa Gomáriz, soprano. Yeraldín León, mezzosoprano. Eduardo Pomares, tenor. Alejandro von Büren, barítono. Gonzalo Villarruel, piano. La Carroza del Real.
La relación entre música, espacio y experiencia estética —vamos a llamarla la fórmula Broncano— encuentra en Música en Segura uno de los ejemplos más significativos del panorama cultural español contemporáneo. El festival construye una programación en la que patrimonio histórico, entorno natural y escucha activa forman parte de una misma experiencia. En una época marcada por el debate en torno a la despoblación rural, ciertos proyectos culturales están demostrando que la periferia —tan fértil para la convergencia de estos elementos— también puede convertirse en centro. Música en Segura constituye, en ese sentido, una prueba elocuente de cómo el arte puede dinamizar un territorio y, al mismo tiempo, movilizar a un público que vive con extraordinaria implicación propuestas tan diversas y estimulantes como las de esta jornada del sábado.

Amanecer
Los desayunos musicales al alba en una era del valle de La Hueta se han consolidado como una de las citas más esperadas del festival. Rodeado de montañas y bosques, el público se congrega al aire libre para aguardar la salida del sol entre música en directo y culminar después la experiencia con un generoso desayuno campero.
El programa concebido por Gradualia —la soprano Paloma Friedhof, la contralto Rosa Ramón, el tenor Francisco Díaz Carrillo y el barítono y director artístico Simón Andueza— resultó tan inteligente como sugestivo: un viaje sinestésico desde las tinieblas hacia la luz articulado mediante canciones y madrigales renacentistas, vertebrados en torno a la única pieza contemporánea de la mañana, O radiant Dawn de James MacMillan, interpretada justo en el instante en que el sol apareció sobre el perfil de la sierra e inundó de claridad el valle.
Las obras de Byrd, Cristóbal de Morales y Tomás Luis de Victoria interpretadas previamente establecieron un vínculo natural entre la penumbra del paisaje y la atmósfera íntima, temblorosa y oscura de los oficios de Sábado Santo evocados por la música. La bellísima partitura de MacMillan, convertida por Andueza en su presentación en una suerte de saludo solar panreligioso, dio paso a un cambio de registro con las canciones y chanzas de Orlando di Lasso, Josquin des Prez, Dowland, Byrd o Juan del Encina: auténticas celebraciones de la vida, el placer y el gozo.
Todas ellas sonaron modernas, pícaras y luminosas en las voces perfectamente empastadas de Gradualia. Particular entusiasmo despertaron entre el público los juegos onomatopéyicos de El grillo de Josquin o Il est bel et bon de Passereau. Una auténtica delicia. Con la emoción todavía suspendida en el ambiente, el conjunto ofreció como propina una nueva interpretación de O radiant Dawn, si cabe aún más conmovedora. Después llegaron las migas.

Mediodía
Desde distintos ámbitos llegaban noticias del excelente momento que atraviesa la Joven Orquesta de Andalucía, cuya solvencia técnica parece situarla ya al nivel de otras formaciones juveniles europeas contempladas durante años con cierta envidia. A tenor de lo escuchado en la Capilla de los Jesuitas de Segura de la Sierra, puede afirmarse sin reservas que tales elogios están plenamente justificados.
El programa proponía un recorrido por diversas obras de cámara que tendían un puente entre Madrid y París en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando la crisis de las vanguardias llevó a numerosos compositores a apartarse de la grandilocuencia rupturista para volver la mirada hacia las esencias nacionales, la tradición y lo popular desde una sensibilidad refinadamente culta.
En esa línea se inscriben el austero Concierto para clave y cinco instrumentos de Manuel de Falla y el ingeniosísimo Octeto para instrumentos de viento de Igor Stravinsky, ejemplo perfecto de una cerebralidad juguetona y llena de ironía. También la delicada Petite Suite de Rosa García Ascot, que Daahoud Salim interpretó al piano con exquisito cuidado y un notable sentido poético.
La abundancia de sutilezas e ideas innovadoras contenidas en el Cuarteto de Germaine Tailleferre hizo lamentar una vez más la escasa presencia de su música en las salas de concierto. Por su parte, el Sexteto de Francis Poulenc que cerró el programa terminó convirtiéndose en un festival dentro del propio festival. Resulta asombroso comprobar cómo el compositor francés, con esa capacidad innata para transformar cualquier gesto en música, roza por momentos un milagro cercano a lo mozartiano y continúa siendo, todavía hoy, uno de los grandes nombres insuficientemente reivindicados de la música del siglo XX.
Todos los jóvenes intérpretes andaluces —sin excepción— exhibieron un nivel de ejecución sorprendente, plenamente profesional, y algunos dejaron entrever incluso ese plus de personalidad artística que permite augurar trayectorias especialmente prometedoras.

Atardecer
La Carroza del Real llegó a Orcera, concretamente a las instalaciones de su cooperativa, con su conocida propuesta de acercar el género lírico a lugares y poblaciones tradicionalmente alejados de los grandes circuitos operísticos. Se trataba, por tanto, de un espectáculo de naturaleza distinta al resto de conciertos de la jornada, aunque plenamente coherente con el espíritu del festival: una iniciativa orientada tanto al desarrollo de jóvenes talentos como a la aproximación de la ópera a públicos no especializados.
La Carroza presentó una selección de arias y dúos de los grandes títulos del repertorio interpretados con solvencia por voces jóvenes, ligeras y todavía en formación, más cómodas en unas piezas que en otras. Este tipo de iniciativas ofrecen siempre, además, la posibilidad de descubrir intérpretes especialmente valiosos a los que conviene seguir la pista. Así ocurrió con la mezzosoprano Yeraldín León, que brilló con especial intensidad gracias a la homogeneidad de su registro, la amplitud vocal y la atractiva oscuridad de su timbre. Su interpretación de la Habanera de Carmen resultó, sencillamente, de muchos quilates.
C. Crespo García
(Fotografía: Juan Antonio Partal)


