MILÁN / La Scala decepciona con su Turandot del centenario

Milán. Teatro allá Scala. 1.IV.2026. Anna Pirozzi, Roberto Alagna, Mariangela Sicilia, Biagio Pizzuti, Paolo Antognetti, Francesco Pittari. Dirección escénica: Davide Livermore. Dirección musical: Nicola Luisotti. Puccini: Turandot
Cien años después de su estreno, Turandot vuelve a La Scala con la misma puesta en escena de hace un par de años, que se presentó entonces con motivo del centenario de la muerte del compositor, si bien los cantantes y el director de orquesta son distintos. Lo primero que hay que decir es que se ha perdido la oportunidad de repetir, un siglo después, el famoso gesto de Toscanini, quien en el estreno interrumpió la ópera tras el duelo por la muerte de Liù, justo donde Puccini la había dejado. El compositor había sido incapaz de terminar la ópera y había hecho reescribir varias veces el texto de la escena final, en la que la princesa de hielo debía «descongelarse» en un happy end que se antojaba tremendamente problemático: era muy difícil dejar atrás la muerte de Liù (una creación exclusiva de Puccini que no aparece en la fuente original de Gozzi) y continuar de forma convincente después de un momento tan intenso y poderoso como el duelo fúnebre por ella.
Para este problema no existe una solución válida ni en la finalización original de Alfano, ni en la que Toscanini recortó sin contemplaciones, que es la que se suele interpretar. La finalización de Luciano Berio aborda el problema desde una perspectiva muy diferente; pero deja deliberadamente claro el hecho de que ha intervenido otro compositor. Para darle sentido a la reposición de esta Turandot con motivo del centenario, habría sido mejor no repetir la solución adoptada en 2024, en la que el único aspecto que se salía de lo convencional era la proyección de una fotografía de Puccini antes de comenzar la última escena. Esto mismo se ha hecho ahora, en 2026.

Sin embargo, el mayor problema de esta Turandot del centenario tiene que ver con la elección de los intérpretes. La dirección de Nicola Luisotti fue segura, aunque tal vez demasiado potente, con una energía que a menudo ocultaba los novedosos matices que abundan en la partitura y parecía inclinarse por los efectos más superficiales. En el elenco vocal, al menos en el caso de Calaf, se notaba demasiado el peso de los años: Roberto Alagna al principio se defendió con dignidad en el registro medio (bastante peor en el agudo) pero a medida que la ópera avanzaba fue dando muestras cada vez mayores de cansancio, sobre todo en la última escena. Como Turandot, Anna Pirozzi interpretó su difícil papel con su habitual seguridad y mantuvo hasta el final un perfecto control y manejo de sus medios. Mariangela Sicilia fue una Liù delicada, aunque intensamente poética, y al final fue la más aplaudida del reparto. Rayaron a buen nivel Biagio Pizzuti, Paolo Antognetti y Francesco Pittari en los papeles de Ping, Pang y Pong. El peso de los años parecía pesar sobre el Timur de Riccardo Zanellato, mientras que Gregory Bonfatti fue un emperador digno.
La dirección escénica de Davide Livermore, que también es responsable de la escenografía junto con Eleonora Peronetti y Paolo Gep Cucco, es la misma de hace dos años. Se trata de un espectáculo abigarrado y lleno de ideas que suscitan más de una perplejidad. Me limitaré a algunos ejemplos: la multitud se ensaña con el príncipe de Persia desnudándolo, antes de que sea estrangulado (no decapitado); la escena del diálogo entre Ping, Pang y Pong tiene lugar en medio de una especie de burdel; un niño le sugiere a Calaf la solución de los tres acertijos; y, sobre todo, Turandot tiene una especie de doble, porque a su lado aparece el fantasma gesticulante de la antepasada que había sido asesinada siglos atrás. Este fantasma recibe el beso de Calaf en la escena final y luego, por fin, desaparece. Todo ello da lugar a un espectáculo bastante pesado y, a menudo, arbitrario.
Paolo Petazzi


