MILÁN / Castellucci ‘debuta’ en Italia con un sugerente montaje de ‘Pelléas et Mélisande’

Milán. Teatro alla Scala. 22-IV-2026. Bernard Richter, Simon Keenlyside, John Relyea, Sara Blanch, Marie-Nicole Lemieux. Director musical: Maxime Pascal. Director de escena: Romeo Castellucci. Debussy: Pelléas et Mélisande.
La nueva producción escalígera de Pelléas et Mélisande ha recaído en un director de orquesta muy comprometido también con la música contemporánea, Maxime Pascal, y en Romeo Castellucci, quien firma no solo la dirección escénica, sino también la escenografía, el vestuario y la iluminación. Por sorprendente que parezca, se trata de la primera vez que un teatro de ópera italiano recurre al célebre regista patrio: de sus espectáculos en el ámbito de la ópera, en Italia solo se había visto hasta ahora su Parsifal en Bolonia, un montaje que Castellucci había realizado para Bruselas.
Como suele ser la norma en sus producciones, también en el caso de Pelléas –una obra que por lo demás le resulta especialmente afín- Castellucci se enfrenta con bastante libertad al libreto, teniendo en cuenta solo en parte las didascalias o acotaciones escénicas. El texto de Maeterlinck habla de la oscuridad, o más bien de la ausencia de luz, en el castillo de Arkel y en los bosques que lo rodean, y en la puesta de Castellucci, en los tres primeros actos, representados sin entreacto, prevalece una sombría oscuridad en la que se vislumbran imágenes poéticas de gran belleza e intensidad, con infinitos matices pero sin momentos verdaderamente luminosos, ni siquiera en la escena en la que Pelléas y Golaud salen del subterráneo y respiran en el paisaje marino al aire libre.
En cambio, en los dos últimos actos se apodera de la escena una luz irreal y mágica: en el cuarto, el escenario está casi vacío y la concepción antinaturalista del director se hace especialmente evidente cuando Golaud agrede a Mélisande sin tocarle el cabello. Tampoco hay penumbra en el último diálogo entre Pelléas y Mélisande, quienes, para poder declararse su amor por primera y última vez, se disfrazan de Pierrot, con las caras pintadas de blanco y sombreros cónicos. En la escena final de la ópera, a la moribunda Mélisande la introduce en una especie de vitrina. Más allá de estas y otras arbitrariedades, Castellucci ofrece un espectáculo rico en sugerencias visuales, que sería necesario describir una por una.
En lo musical, la dirección de Maxime Pascal no se recrea demasiado en sutilezas ni finuras, aunque tampoco parece apuntar a la concisa tensión dramática que Pierre Boulez y Claudio Abbado imprimían a la partitura de Debussy. De hecho, se percibió en lineas generales una cierta falta de tensión, tal vez intencionada, en una interpretación en conjunto pertinente. Los intérpretes vocales experimentaron ciertas dificultades a la hora de lidiar con la difícil acústica de La Scala, pero en líneas generales el nivel osciló entre lo bueno y lo excelente. Cabe destacar en primer lugar a un Simon Keenlyside intensísimo en su encarnación del atormentado Golaud. La soprano catalana Sara Blanch tradujo con máxima eficacia el desamparo y el misterio de Mélisande, mientras que el tenor suizo Bernard Richter fue un Pelléas frágil y poético. Marie-Nicole Lemieux cantó con excelencia a Geneviève, y John Relyea fue un discreto Arkel. El personaje del pequeño Yniold fue interpretado por una niña, Allegra Maifredi, que bordó el papel.
Paolo Petazzi
(fotos: Monika Rittershaus/Teatro alla Scala)


