Mil novecientos cuarenta y dos

Mil novecientos cuarenta y dos

1942. Sonatas para violín y piano de Copland, Prokofiev y Poulenc / Benjamin Baker, violín, Daniel Lebhardt, piano/ Delphian Records.

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En el año 1942, mientras millones de personas eran masacradas en los campos de batalla y en los campos de exterminio alemanes, tres compositores de diferentes países escribieron sonatas para violín y piano. Nada conecta estas obras con los acontecimientos contemporáneos, ni tampoco entre sí. Son actos de evasión por parte de músicos expertos que eligieron mantenerse al margen de lo que sucedía en la peor época de la historia de la humanidad.

La sonata de Aaron Copland es un acto de autonegación, ya que utiliza melodías folclóricas que recogió en los platós de cine de Hollywood, retazos de una América orgánica que en realidad nunca existió. Al terminar la partitura se enteró de que un amigo piloto, Harry Dunham, había sido derribado sobre el Pacífico: ‘el chico más guapo y adorable’, dijo el compositor David Diamond, quien asesoró a Copland sobre la técnica violinística y estrenó la sonata. Virgil Thomson calificó la obra de ‘irresistiblemente conmovedora’. Así y todo, no refleja nada de su momento histórico.

En la Francia ocupada, Francis Poulenc se permitió estallidos de ira contenida en una sonata en la que quiso reequilibrar la sonoridad de dos instrumentos. La estrenó él mismo en París con Ginette Neveu ante una sala llena de alemanes el 21 de junio de 1943. Cuando Neveu murió en un accidente aéreo en 1949, Poulenc revisó la obra introduciendo un finale presto de carácter trágico.

Sergei Prokofiev escribió en 1942 una sonata para flauta y piano, pero David Oistrakh insistió en que la obra funcionaría mejor con el violín. Y así es. De sus meandros y sinuosidades es difícil deducir que Rusia estaba siendo invadida por los Panzers y que el futuro parecía más que sombrío. Cuando Oistrakh y Lev Oborin estrenaron la sonata en junio de 1944, las fuerzas aliadas estaban desembarcando en Normandía.

En tiempos aciagos, esperamos oráculos por parte de los compositores. Aquí, sin embargo, tenemos a tres compositores que prefirieron enterrar la cabeza en las partituras. Son los intérpretes, Benjamin Baker y Daniel Lebhardt, quienes sacan a relucir los terrores y las angustias que subyacen en el interior de estas piezas. Ambos son artistas brillantes, de mente independiente y técnica prodigiosa; uno es neozelandés y el otro húngaro. Este recital tuvo lugar en Edimburgo y se grabó el verano pasado en plena pandemia. Se trata de una época diferente, y de una una crisis diferente; así y todo, el álbum se antoja maravillosamente oportuno.