MARTINA FRANCA / Festival della Valle d’Itria: Pleno de aciertos

Martina Franca. Chiostro di S. Domenico. 28-VII-2025. Elena Antonini, Mananami Maejima, Barbora Kršiakovà, Chiara Maria Fiorani, Virginia Genovese, Ambra Biaggi, Yue He, Nicola Cianacio, Konstantinos Stafylides, Joaquin Cangemi. Dirección musical: Myriam Farina. Dirección escénica: Rita Cosentino. Maurice Ravel: L’Enfant et les sortilèges.
Palazzo Ducale. 29-VII-2025. Dave Monaco, Yulia Vakula, Adolfo Corrado, Francesca Pia Vitale, Marcela Vidra, Giulia Alletto Dirección musical: Sesto Quatrini. Dirección escénica: Andrea Bernard. Gioachino Rossini: Tancredi.
Palazzo Ducale. 30-VII-2025. Benjamin Äneas Humm, Kristian Lindroos, Ruairi Bowen, Charlotte-Anne Shipley, Lucia Peregrino, Chiara Boccabella, Sharon Carty, Simone Fenotti, Chenghai Bao. Dirección musical: Daniel Cohen. Dirección escénica: Andrea De Rosa. Britten: Owen Wingrave.
El tema del Festival della Valle d’Itria en Martina Franca era «Guerra y paz». La elección no podía ser más actual. Pretende ser una condena de todos los conflictos del mundo. ¿Cómo no pensar en Palestina? ¿En Ucrania? Con esta baza se ha presentado la nueva directora artística, la compositora romana Silvia Colasanti, que ha eligido tres títulos: Tancredi de Gioachino Rossini, L’enfant et les sortilèges de Maurice Ravel y Owen Wingrave de Benjamin Britten. Para un festival dedicado al redescubrimiento de títulos olvidados, generalmente del siglo XVIII y XIX, es un cambio radical, pero “¡tampoco obras más recientes han entrado aún en el repertorio!”, afirma Silvia Colasanti.
La de Ravel es una producción para la que cantantes y músicos han sido seleccionados entre los mejores estudiantes de la Academia de Belcanto Rodolfo Celletti. El coro de voces blancas es el de la Fundación Paolo Grassi. Ambos tienen su sede en Marina Franca. Es una oportunidad que el Festival ofrece a los alumnos de la Academia de la ciudad. Muy bueno y muy presente el Lucania & Apulia Chorus. Dirige con refinada sensibilidad Myriam Farina.
Inmediatamente nos vemos envueltos en el torbellino cromático impresionista del magnético compositor francés que, maestro de la onomatopeya, la utiliza para conseguir el efecto cómico. También cita ritmos de cabaret al estilo de Kurt Weill. Gran presencia escénica de Elena Antonini, que interpreta con igual credibilidad e incisividad tanto al odioso niño “malo” hasta lo inimaginable como al niño bueno, arrepentido y sorprendentemente dulce del final.
La puesta en escena, que de otro modo sería prohibitiva por el número infinito de personajes y los continuos cambios de escena, es abordada con elegante concisión por la directora Rita Cosentino. Esa zarabanda de objetos, víctimas de la furia «iconoclasta» del irritable protagonista, y los animales víctimas de su sadismo inconsciente, porque los considera juguetes y no seres vivos hasta que se da cuenta de que los animales también pueden sufrir, se resuelve eficazmente con simples siluetas, que representan uno de los objetos o uno de los animales, animadas por talentosos actores-cantantes. Las escenas y los coloridos trajes, que parecen dibujados por un niño, son obra de la propia Cosentino. Ofrecen un espectáculo onírico de cuento de hadas, de ensueño. Hacen volar con las alas de la imaginación a los espectadores más pequeños (numerosos en la sala) y despiertan al niño que hay en nosotros. Un aplauso para todos, entregados con el entusiasmo propio de los jóvenes.

Plato fuerte del festival es Tancredi, de Gioacchino Rossini. El escenario entre los escombros (incluso de un parque infantil) no puede sino hacer pensar en la candente actualidad de Oriente Medio. Más aún cuando el vestuario de Ilaria Ariemme recuerda a los milicianos del ISIS y los pastunes, en contraposición a los uniformes del ejército de un Estado autoritario (¿elección casual?). En definitiva, se entrelazan realidad y ficción, actualidad e historia. Una dicotomía en perpetua oscilación entre opuestos que encaja a la perfección con los dos finales de la ópera: la versión de Venecia con final feliz y la de Ferrara con final trágico. Finales que conviven en la representación de Martina Franca, invertidos en la secuencia cronológica. Un contraste que se ajusta perfectamente al tema: Guerra y paz. Guerra por el poder, guerra de sentimientos, escaramuzas amorosas.
Cauteloso pero brillante en las funambulescas dinámicas así como en los martilleantes y apremiantes sillabati típicamente rossinianos, Sesto Quatrini dirige con seguridad a la Orquesta de la Academia del Teatro alla Scala, que ofrece una excelente actuación, siempre muy atenta al equilibrio con las voces, todas ellas homogéneas en cuanto a calidad. De buen nivel. La dicción de todos es también excelente. Destacan Yulia Vakula en el papel protagonista, Rodolfo Corrado (Orbazzano) y Giulia Alletto (Ruggiero).
Las barreras móviles, en un admirable juego de encajes en movimiento sobre un escenario sin bastidores, muy abarrotado de objetos, son obra del escenógrafo Giuseppe Stellato. Dirección escénica plana de Andrea Bernard. En definitiva, un espectáculo agradable también para la vista.
Por último, Owen Wingrave, ópera de Britten (libreto de Myfanwy Piper inspirado en la novela homónima de Henry James) encargada por la BBC Television, emitida en 1971 y nunca representada en Italia. Fuertemente querida por Silvia Colasanti, es todo un reto. Un guante que el público ha recogido numeroso, sin siquiera marcharse en el intermedio.
El vástago de una familia aristocrática con una larga tradición militar no es militarista: vive el drama de la obligación de tener que aceptar la tradición familiar, como todos esperan de él, al igual que lo hicieron sus antepasados. Se mantiene firme. Paga con la muerte su obstinación, su libertad de elección. La dicotomía entre ser como los demás esperan, como se debe, y ser diferente es un tema autobiográfico presente en toda la obra de Britten.

Musicalmente la ópera tiene una intensidad dramática conmovedora, en un equilibrio admirable entre arias y… recitar cantando. Ambientada en los años 50, años de formalismo sofocante en la sociedad y en la familia, a la sombra obsesiva de la galería de retratos de los antepasados, todos militares, que parecen espectadores-jueces impasibles que acusan al protagonista: repetición claustrofóbica de un estilema que recuerda el retrato de Mao Tse Tung de Andy Warhol. Así son las escenas de Giuseppe Stellato. Bonita dirección psicológica, muy teatral, de Andrea Bernard, que representa la cansina repetición de unos rituales formales vacíos (cena de gala, té de la tarde, whisky…) pertenecientes a otra época, a otro mundo, refugio y seguridad quebrantados por el caos provocado por la ruptura de las reglas por parte de Owen.
El reparto, casi todo nativo, ofrece una interpretación conmovedora en la que la palabra en música, que es el centro de la composición, se aprecia gracias a la excelente dicción de todos. Admirable actuación de Äneas Humm, el atormentado Owen Wingrave. Absolutamente hermosa la voz de Kristian LindRoos (Spencer Coley). Interpretación muy emotiva de Ruairi Bowen (Lechmere). Las jóvenes voces de los alumnos de la Academia de Belcanto se anuncian prometedoras: Chenghai Bao (Narrador), Chiara Boccabella (Sra. Julian), Simone Fenotti (Sir Julian Wingrave) y Lucia Peregrino (Sra. Coyle). Excelente el Coro de voces blancas de la Fundación Paolo Grassi.
Daniel Cohen, al frente de la joven Orquesta de la Academia de La Scala, ofrece una conmovedora interpretación de la virtuosística partitura, manteniendo el equilibrio entre la dimensión teatral y la musical de cada uno de los personajes.
Después de tantos años asistiendo a este festival, en el que la originalidad de la propuesta sin duda intrigaba más que el aspecto musical, ahora se ha conseguido el pleno: las tres producciones son de buen nivel. No desentonarían en la programación de un teatro lírico. ¡Es un gran salto adelante! No hay duda…
Franco Soda
(fotos: @clarissalapolla_ph)


