Mario Marzo (pianista): “Pasado el confinamiento, nadie se preocupa económicamente por los músicos”

Mario Marzo (pianista): “Pasado el confinamiento, nadie se preocupa económicamente por los músicos”

En los últimos diez años, las redes sociales han entrado de forma abrupta en nuestras vidas y los más jóvenes fuimos los primeros en convivir con ellas hasta hacerlas formar parte de nuestro día a día. ¿Cuál es la relación de la música clásica con las redes sociales? ¿De qué forma se está gestionando la divulgación musical en las redes? Para entender un poco la perspectiva que miles de jóvenes presenciamos día a día, hoy conversamos con el pianista e influencer, Mario Marzo. Con más de doscientos mil seguidores en sus redes, combina su carrera como pianista con su devoción por la fotografía y la imagen. De familia musical, Marzo ha demostrado siempre su interés por hacer llegar la música clásica a nuevos públicos, aprovechando su tirón en redes para mostrarles a miles de jóvenes ajenos al género de la clásica, cómo suena una Fantasía de Schumann, una Partita de J. S. Bach o las Variaciones Lutoslavski-Paganini. Todo ello mediante un lenguaje claro, directo, natural y que atrapa a cualquier internauta que lo precie.

¿Qué papel cumplen las redes sociales en la divulgación de la música clásica en España?

Hoy en día, en cualquier industria, las redes sociales cumplen un papel fundamental. Los medios de captación de público han evolucionado, pasando de los periódicos, las marquesinas, los anuncios de revista… a las redes sociales, que en la actualidad son las grandes impulsoras de publicidad a nivel global. Si seguimos confiando en los medios de publicidad tradicionales, en la mayoría de ocasiones, es más bien por posicionamiento que por resultados. La redes sociales nos permiten captar público, interaccionar con él y posicionar nuestro producto dentro del mercado. La industria de la música clásica va entendiendo poco a poco este concepto, pero es incomparable al camino que ya tiene recorrido la música más comercial, cuyo medio de compraventa de servicios está totalmente centrado en las redes sociales. La música clásica es una industria que sigue usando parámetros antiguos, lo que hoy en día muchos considerarían “caspa”. Y para que la industria sobreviva, es primordial que acceda de lleno a las redes sociales con un lenguaje actual y accesible, de una forma “no casposa”.

¿Qué está fallando en la forma de comunicar, teniendo en cuenta que gran parte del público que hay en redes sociales es menor de 35 años (algo que dista bastante con la media de edad propia del público de conciertos de clásica)?

Hay una premisa que debe de quedar siempre clara: todo lo nuevo que empecemos haciendo, irá mejorando con el tiempo. Los teatros de ópera, revistas, ciclos de conciertos… han comenzado a explorar este mundo virtual hace relativamente poco, y no se les puede decir que hagan un mal trabajo, pero es incomparable al de empresas que llevan en esto más de diez años. El papel del artista es vital, ya que debe vender sus conciertos. El trabajo que hacen los teatros, las asociaciones, las empresas de comunicación musical… debe sumarse al realizado por el artista para que todos salgan ganando. La identidad personal que un intérprete muestra en redes es un reclamo comercial más grande que el que pueden ofrecer teatros o auditorios. Esa cercanía al intérprete es la que realmente atrae a gran parte del público. Se nos ha olvidado que somos una industria, y debemos generar dinero. El arte es precioso; escuchar un buen Beethoven es maravilloso, pero no debemos olvidarnos de toda esa gente que vive detrás del artista: técnicos, acomodadores, iluminadores…, precisan de un salario para vivir. Por eso mismo el uso de las redes sociales debe estar dirigido como herramienta para ganar dinero. Es el único camino correcto.

Las redes sociales también conllevan su tiempo de aprendizaje y es comprensible que muchos intérpretes jóvenes prefieran invertir esas horas estudiando repertorio que intentando descubrir cómo ganar más seguidores en Instagram o Twitter. ¿Cree que incluso los interpretes llamados Millenials o Generación Zeta siguen haciendo caso omiso al potencial comercial de las redes sociales?

La importancia de las redes sociales no está universalizada en la carrera de un músico clásico. Incluso los que lo hacen, utilizan las redes con fines informativos, pero no comerciales. El problema es que todavía existe una barrera entre música clásica y público que nos impide tener una relación directa con la audiencia. Debemos alejarnos de la idea de que mostrar tu producto en redes es un mero “postureo”. A esto hay que sumarle otro problema de facto, y es que en los conservatorios tampoco se está enseñando que dentro del desarrollo de una carrera como intérprete hay que saber venderse, hay que tener conocimientos de marketing, de imagen, de publicidad… En mi universidad de Berlín, por ejemplo, nos dan clases de cómo posar ante la cámara, como realizar un buen currículum… elementos extramusicales que son necesarios en la vida profesional. En la educación española esto es impensable. Si aprendiésemos a sacar rédito económico de las redes sociales como hacen otras industrias, ese rechazo que tenemos a Facebook, Twitter o Instagram, desaparecería inmediatamente. Obviamente es más importante saber tocar tu instrumento perfectamente, pero a día de hoy, lo uno sin lo otro es inconcebible.

Entre los grandes nombres de la divulgación musical en español, encontramos a personalidades como Jaime Altozano o James Rhodes, que intentan, desde su perspectiva, adentrar a miles de personas al mundo de la música clásica. Pero, ¿dónde está la barrera entre el sensacionalismo y la calidad, dentro de la divulgación en redes?

Se puede estar más o menos de acuerdo con el discurso de Rhodes, de su trayectoria, de su forma de tocar, pero es innegable que es algo que a la industria musical española le viene bien. Consigue atraer gente que no está relacionada con la música clásica a salas de conciertos y auditorios. Estas personalidades causan curiosidad que más tarde puede ser derivada a otros conciertos. Aún así, volvemos a lo mismo de siempre: la música clásica es una industria. Una industria que precisa de dinero para hacer conciertos. Cuanto más dinero haya, más conciertos se harán, y cuantos más conciertos se hagan, más público irá, por lo que más grande será el sector. Al final, estas figuras generan curiosidad en otros públicos y ahí está lo interesante. Tenemos que quitarnos ese purismo religioso hacia ellos. Pueden tocar o divulgar mejor o peor, pero generan ganas de escuchar música clásica. ¿Por qué cerrarnos solo a un público exclusivo? Nos quejamos de que no hay público en la clásica, pero en cuanto viene alguien nuevo que atrae público, nos echamos encima de él. Esto no quita que cualquier profesional con sus conocimientos musicales pueda criticar su forma de tocar. Pero en lo que se refiere a divulgación musical, su trabajo es digno de mención porque consigue atraer público. Obviamente no podemos considerarlos como los mesías de la clásica, pero sí como una ayuda actual a la crisis musical que acarreamos desde hace años.

Entre el público joven siempre está ese tópico manido de que la música clásica es algo clasista. Algo que contrasta sustancialmente con la accesibilidad a los conciertos de clásica, a los que cualquier menor de 30 años por menos de 20 euros puede ir incluso a la ópera. ¿Por qué cree que ese estigma de “clasismo” sigue siendo bola de arrastre para el músico clásico?

El problema muchas veces es que aunque ese “clasismo” haya quedado muy reducido en los últimos tiempos, seguimos comunicando la música como algo elitista, como algo privilegiado, perteneciente a unos pocos. Debemos buscar la naturalidad y el diálogo ante todo. ¿Por qué la gastronomía y la cocina han conseguido colapsar las cadenas de televisión con programas como Master Chef? Porque han elaborado un lenguaje accesible, sincero y natural, que todo el mundo comprende y del que todo el mundo puede ser partícipe. En la música clásica sigue existiendo un espíritu intelectualoide a la hora de comunicar que primero, causa rechazo a muchos jóvenes, y después, está cavando la tumba de la propia industria. Tampoco tenemos que transformar la música clásica en un espectáculo como la Super Bowl, pero sí convertirlo en un sector que busque generar dinero.

¿Qué cree que ha supuesto la crisis de la Covid-19 para muchos intérpretes jóvenes?

En primer lugar, ha sido un punto de inflexión que ha permitido darnos cuenta qué concepción musical queremos expresar en un futuro. Durante estos meses hemos podido ver cómo ha reaccionado la sociedad a la cultura, cómo lo han hecho políticos e instituciones, y sin quererlo, los músicos hemos sido fundamentales durante el confinamiento pero, pasado éste, nadie se preocupa económicamente por nosotros. Esto nos hace ver que como jóvenes músicos, en un futuro debemos unirnos en sindicatos y asociaciones para exigir unos derechos que se están pasando por alto. De la misma forma, hemos sido testigos que tras la pandemia, los únicos que sobreviven son los grandes artistas de altos cachés que tienen giras de diez conciertos al mes. Hay muchos intérpretes y grupos nacionales muy buenos a los que las instituciones están haciendo caso omiso, y obviamente no llegan a fin de mes. También creo que los jóvenes debemos quitarnos el miedo a crear proyectos propios. Juntarnos para hacer música, generando espectáculos que podamos ofrecer a ciclos y festivales. Si nos quedamos en casa esperando a que nos llamen desde la OCNE para tocar con ellos como solista, tenemos una concepción muy errónea de cómo funcionan las cosas. Debemos tener claro que esto no es el fin de la música clásica. Volveremos a los escenarios, más tarde o más temprano, de la forma que lo hacíamos antes. Pero las industrias tras estos meses habrán cambiado su forma de gestión, y es indispensable que la industria musical se adapte a este cambio para que la supervivencia sea más duradera. No tenemos que tener miedo a introducirnos de pleno en otras industrias como son la publicidad o el marketing. Es el momento de dar un golpe sobre la mesa, y somos los jóvenes los que tenemos que liderar este cambio, porque es nuestro tiempo, y la música ha de comunicarse con nuestra propia voz.

¿Cree que los medios dan suficiente “bombo” a los intérpretes jóvenes?

En cualquier disciplina que se precie, no suele ser habitual que se hable de personalidades jóvenes. Pocas veces se habla de los mejores arquitectos jóvenes menores de 25 años, o los mejores cocineros, o abogados… En ocasiones sale algún artículo que da a relucir una personalidad concreta, pero no es lo habitual. Como industria no debemos lacrarnos por esto. Los medios funcionan de una forma ya establecida en todos los sectores, lo que no quiere decir que no se pueda cambiar. Al final, esas pequeñas estrellas que destacan en medios siendo jóvenes, tienen que ser una victoria para el resto. Es una forma de visibilizarnos. El consuelo es pensar que ocurre en el resto de las industrias, pero los tiempos irán cambiando, y nosotros con ellos. Al final, cada uno nos acabamos sacando nuestras castañas del fuego.

Hablando de sus proyectos recientes, cabe destacar la colaboración en una de las nuevas obras de Alberto Iglesias, “Instantánea”, junto a Juan Pérez-Floristán. ¿Cómo fue la experiencia?

Grabar con Alberto y con Juan es de esas cosas que podría repetir mil veces y no me cansaría. “Instantánea” forma parte de un proyecto personal del propio Alberto con obras posiblemente algo alejadas de su rama más cinéfila. Es una obra para dos pianos y batería que combinan elementos líricos con otros muy rítmicos. Todo esto bañado de un carácter muy personal que va haciendo guiños a estilos musicales diferentes, lo que al final acaba generando un gran mapa sonoro. Lo más interesante fue la disposición de Alberto a que nosotros formásemos parte del aspecto creativo de la obra. Para mí fue la primera colaboración mano a mano con un compositor. Sentir que estás dando vida a algo que suena por primera vez, es muy apasionante al igual que satisfactorio. Era un proyecto que estaba destinado a salir a finales de año, pero Alberto decidió sacarlo en pleno confinamiento para, de esta forma, intentar hacérselo más liviano al público con algo de música.

Además de músico, también desarrolla una carrera como actor. Parece que este proyecto para usted tiene un carácter casi metamusical, pues es actor de cine, que interpreta una pieza inédita de uno de los compositores de bandas sonoras más importantes del mundo…

Para mi la música de Alberto Iglesias siempre ha estado muy presente en mi carrera como actor. Incluso, como intérprete soñaba con participar en alguna película con música de Alberto Iglesias en la que, además de actuar, pudiese formar parte de la banda sonora. Es una forma de acercar ambos mundos. Cuando participo en cualquier proyecto cinematográfico, mi actuación la imagino junto a la música que debe sonar en esa escena. De repente, las casualidades del destino se juntan para hacerme partícipe de un proyecto musical de uno de los mejores compositores de bandas sonoras del mundo y el sueño se vuelve realidad.

Para concluir, ¿cómo ve los meses venideros?

Quizá fuera demasiado optimista, pero veía la temporada 20/21 como un trampolín para mi carrera. En octubre fui solista en el Teatro Real junto a la OSCyL; en Febrero, junto a la Orquesta de Córdoba celebrando el “Día de Andalucía”; y en mayo tenía una gira de 30 recitales por China —gira que casualmente empezaba en la ciudad de Wuhan, y que por causas que todos conocemos, ha sido cancelada por el momento—. Sentía que en esta nueva temporada recogería los frutos de este año y realmente metería la cabeza, y aunque no he perdido el optimismo, la situación de los ciclos y teatros ahora mismo no es favorable. Pero remontaremos. Estamos en tiempos en los que vemos todo desde las trincheras, observando cómo va evolucionando el panorama, pero con fe y esperanza de que la música volverá a sonar, y los jóvenes tenemos mucho que contar.

Les dejamos con este video de Mario Marzo interpretando “Noches en los jardines de España”, de Manuel de Falla.