Mario Lavista, en la vanguardia mexicana

Mario Lavista, en la vanguardia mexicana

A los setenta y ocho años ha muerto en Ciudad de México -donde había nacido el 3 de abril de 1943- Mario Lavista, uno de los más grandes compositores mexicanos y un eximio representante de una vanguardia que quiso apartarse del nacionalismo y que, en su caso, y tras asimilar todas las nuevas corrientes europeas y norteamericanas, se tradujo en un lenguaje personal y sutil que ofrecía un singular encanto poético.

La vocación temprana para la música se la despertó su tío, Raúl Lavista, que fuera un compositor célebre por sus bandas sonoras cinematográficas, pero su formación compositiva se la debió a Carlos Chávez, el gran clásico de la música mexicana, y a Héctor Quintanar otro pionero de la vanguardia, pero también al compositor español Rodolfo Halffter, exiliado en México tras la guerra civil.

Lavista amplió estudios en Francia y Bélgica con Jean Etienne Marie y Henri Pousseur y luego recaló en el círculo más estricto de Stockhausen, donde tuve ocasión de tratarle -aunque nos habíamos conocido antes- y de mantener con él una amistad que ha continuado hasta su muerte. Junto a compositores que eran algo mayores que él, como el propio Quintanar o el ciclón prematuramente desaparecido que fue Manuel Enríquez, el malogrado compositor y director Eduardo Mata, fallecido en accidente aéreo, o Manuel Elías, constituyó el núcleo duro de la vanguardia musical mexicana de los sesenta y setenta, aunque fue modelando un estilo propio que se interesó primeramente por la improvisación y luego por la investigación en nuevas técnicas instrumentales para luego adentrarse en la experiencia sensorial del sonido. Ya el Homenaje a Beckett (1968), para tres coros, llamó la atención sobre su personalidad, y a partir de Canto del alba (1979) su estilo empieza a no parecerse a nadie, marcando caminos y experiencias tan importantes como personales.

En su obra orquestal destacan piezas como Ficciones (1980), la importante Reflejos en la noche (1986), Clepsidra (1991), Lacrymosa (1992) o Tropo para Sor Juana (1995), pero hay dos obras de otro tipo, muy diferentes entre sí, que circularon internacionalmente. La primera es Aura, una ópera en un acto sobre el célebre relato de Carlos Fuentes, que causó admiración. Años más tarde, el español José María Sánchez Verdú realizaría, sobre el mismo texto y el mismo título, otra que no se le parece en absoluto. Y una enorme difusión internacional adquirió otra obra aparentemente sencilla, Marsias (1982) para oboe y ocho copas de cristal, con la que inaugura una especie de minimalismo poético muy complejo en su aparente sencillez.

Dentro del capítulo de la música de cámara, Mario Lavista produjo obras de interés que circularon mucho. Mencionemos sus cuatro composiciones para cuarteto de cuerda, entre las que destaca el Cuarto cuarteto (Sinfonías) (1996), reputada como una de las grandes obras americanas para esta formación. También obtuvieron gran difusión piezas como las Tres danzas seculares (1994) para violonchelo y piano, o la Danza isorrítmica (1996) para cuatro pecusionistas. Fue además Lavista uno de los pocos compositores americanos de su generación que se interesó por la música religiosa, con títulos entre los que destaca la Missa brevis (1995).

A lo largo de su carrera, Mario Lavista recibió numerosos galardones, entre ellos algunos de los más importantes para un artista en su  país, como el Premio Nacional de Ciencias y Artes (1991). En España, donde su obra se ha tocado en bastantes ocasiones, le fue concedido el Premio Iberoamericano de Música Tomás Luis de Victoria en su XII edición en 2013. Dictó numerosos cursos en México y Estados Unidos y detentó en el Conservatorio Nacional de México las cátedras de análisis y de lenguaje musical del siglo XX. Además dirigió una importante revista de reflexión musical: Pauta, Cuadernos de Crítica Teoría y Crítica Musical, internacionalmente muy considerada.

Creo que nos conocimos en uno de los antiguos festivales de América y España y entablamos una estrecha amistad que se fue desarrollando en el entorno de Stockhausen y luego en los más diversos lugares. Mario era un hombre de una gran simpatía, de una enorme cultura -que no exhibía- y muy preocupado por el sentido humano de la creación. La última vez que nos encontramos creo que fue en el Festival Cervantino de Guanajuato. Ese día él estrenaba un espectáculo de danza en un teatro por la tarde y por la noche se hacía en el Teatro Juárez mi Caballero de la triste figura. Fuimos los dos echando el aliento de un espectáculo al otro. Cuando nos despedimos con un abrazo me dijo: ¡hasta lueguito! Pero esa cita de futuro no se ha producido, y ahora espero que tarde mucho en realizarse. Era de mi misma generación, incluso algunos meses más joven, y, además de un gran amigo, era un gran maestro, uno de los más grandes talentos compositivos que ha dado México y toda la América hispana.