Maestro, un retrato (muy) incompleto

El personaje Leonard Bernstein era excesivo. Vivió en un conflicto casi permanente sobre cómo gestionar una homosexualidad, más bien bisexualidad, en tiempos en que la tolerancia (y más en Estados Unidos) no era la de ahora, y que por añadidura era investigado por el FBI por su tendencia izquierdista. Apasionado, extrovertido, sus manifestaciones de efusividad serían hoy objeto, como poco, de escándalo (su propia hija declara en uno de los documentales que besaba a todo el que se ponía al alcance; un músico de la Filarmónica de Viena relata el asunto con ironía: “me decían, no te lo limpies, al fin y al cabo, es el sudor de Bernstein”). Para cuando conoció a la que sería su esposa, Felicia Montealegre, ya había tenido sus escarceos homosexuales, y Paul R. Laird, en su excelente biografía (Vida y Obra de Leonard Bernstein, Turner, 2018), insinúa que su amistad con Aaron Copland fue muy probablemente más que eso.
Pero el ambiente era el que era, y uno de sus mentores, Serge Koussevitzky, a la sazón director de la Sinfónica de Boston, le empujó a que se cambiara de apellido (sugirió Leonard Burns) para eliminar el toque judío, y a que se casara, consciente de que ambas cosas, la segunda encaminada a apagar los rumores de su homosexualidad, ayudarían a su carrera. Lenny no se cambió el apellido, pero sí se casó con Felicia. El conflicto sobre su sexualidad persistió y terminó separándose de su esposa para unirse a su amante Tom Cothran. Pero cuando a Felicia le diagnosticaron el cáncer que terminaría con su vida, volvió a su lado y permaneció junto a ella hasta su muerte. La quería, de eso no hay duda, por mucho que su tendencia sexual le llevara a otros lechos.
Es esta relación singular de Lenny con Felicia, y el conflicto sexual que subyace, lo que centra la película Maestro, protagonizada y dirigida por Bradley Cooper, producida por Netflix y visible ahora en su plataforma. No entraré en este artículo en la cosa meramente cinematográfica, que dejo a plumas más duchas que la mía en la materia. Pero sí cabe hacer algunos apuntes que me surgen tras haber visto la película en cuestión. Nada hay rechazable, en principio, sobre el hecho de que la película se centre en esa relación, hasta el punto de que Felicia (por cierto, estupendamente encarnada por Carey Mulligan), sea prácticamente el papel principal. De hecho, es una faceta apenas esbozada en otros documentales. Y, a juzgar por la propia declaración de su hija Jamie (protagonista de una de las escenas de la película, que motiva que Felicia empuje a Lenny a hablar con ella y desmentir los rumores sobre su homosexualidad), es un asunto bien retratado. Creo, sin embargo, que sí hay un problema, y no menor, en otros órdenes.

Compositor, pianista, director, divulgador, ensayista y docente. Pueden encontrarse tal vez personas que hayan desarrollado todas o casi todas estas facetas, pero que lo hayan hecho al nivel de excelencia al que lo hizo Leonard Bernstein es, creo no exagerar, muy difícil, por no decir imposible. Lenny fue una de las grandes personalidades musicales del siglo XX, sin duda alguna. Puede que a muchos no les agrade su música, o piensen que no debió pasar de los (estupendos) musicales. Puede que a otros les parezcan exageradas, teatrales, amaneradas, heterodoxas y hasta caóticas sus maneras en el podio (aquellos saltos, aquel braceo, aquel meneo corporal y, para qué nos vamos a engañar, aquella técnica, por lo menos singular, de batuta…). Puede que su tendencia, como director, a tempi realmente extremos (salvo el último Celibidache y alguna grabación bachiana de Scherchen, es difícil recordar algunas lentitudes más en el límite que las del último movimiento de la Novena de Mahler en manos de Bernstein, al borde mismo del colapso) sea indigerible para algunos, porque escapa al canon.
Pero ese personaje excesivo era y sigue siendo apasionante. Vivía la música con una intensidad que contagiaba. Su criterio podía ser discutible, su gesto y su batuta romper toda heterodoxia. Pero lo que transmitía aquel hombre… la pasión, la convicción, eran tales que era literalmente imposible no seguirle, no sentirse captado por su mensaje, fuera este la música, la interpretación o la divulgación. “Amo dos cosas: la música y la gente. No sé cuál de las dos prefiero”. Son las primeras palabras de una declaración algo más larga que un Leonard Bernstein con la voz ya muy ronca, en 1990, pocos meses antes de morir, dice a la cámara con una ternura emocionante. Es el principio de un estupendo documental, The Gift of Music, narrado (nada menos) que por Lauren Bacall y editado en su día en DVD por Deutsche Grammophon (el original tiene subtítulos en español; el que puede verse en este enlace los tiene solo en francés). Hay otro documental, Larger than life, también magnífico, editado por el sello C major y creo que disponible en medici.tv.
Cualquiera de esos documentales, o alguna de las múltiples entrevistas que hay con Bernstein (entre ellas, merece dedicarle los casi cincuenta y cuatro minutos que dura la que pueden ver aquí, de la serie Kennedy Center Honors Legend) deja un retrato de ese personaje poliédrico, polifacético y tan excesivo como fascinante, mucho más completo que el de esta película de Bradley Cooper.

Porque, en mi humilde opinión, ahí reside su principal (aunque no único fallo): titulada Maestro, uno espera encontrar una película en la que todas esas facetas estén más o menos (bien) retratadas. Pero la música, pese al título, parece una compañera marginal. La que se considera su obra principal, la Misa, aparece de puntillas. La más conocida, West Side Story, apenas lo hace. Nada hay de su relación, larguísima y muy honda, con la Filarmónica de Israel, como tampoco con la de Viena, la de Baviera o el Concertgebouw. Peor aún, se da por hecho que el espectador conoce bastante bien la vida de Bernstein antes de ver la película, porque si no es el caso, la fugaz presencia de personas tan esenciales en su vida como Aaron Copland o Koussevitzky, apenas es identificable. Otras, igualmente importantes, como Dimitri Mitropoulos, el director griego que le empujó a ser director, o Fritz Reiner, su maestro en el Instituto Curtis de Filadelfia, ni siquiera salen. También inadvertidas, o casi, pasan sus actividades como divulgador (extraordinario), pero en Youtube están los Young People’s Concerts, que muchos vimos absortos en nuestra infancia. Ver cualquiera de ellos explica de manera bien sencilla por qué este hombre consiguió enganchar a millones de personas a la música clásica.
Más difícil de llevar a una película es su faceta como articulista, pero es también muy recomendable indagar asimismo en la impagable descripción que hace de su querido Mahler en este artículo: Mahler – His time has come – High Fidelity, Vol 17 nº 9, Sept 1967, reproducido luego en su primer ciclo mahleriano para CBS-Sony. Es difícil explicar, sin recovecos técnicos, lo que es la música de Mahler, lo que expresa y significa, con más precisión y riqueza que la escrita en esta pieza.
Por lo demás, interpretar a un director (y más a uno como Bernstein) es dificilísimo, eso hay que tenerlo en cuenta a la hora de juzgar la labor de Cooper. El actor estadounidense, entrenado por el director del Metropolitan, Yannick Nézet-Séguin, se maneja razonablemente bien en una escena con el coro, pero cuando trata de reproducir la legendaria grabación de la Segunda Sinfonía de Mahler en la Catedral de Ely (que forma parte del ciclo Mahler grabado en DVD por Deutsche Grammophon) se pasa de frenada. Lenny era, lo he apuntado antes, excesivo. Cooper va más allá, y lo que en Bernstein se antoja un exceso natural, en Cooper parece rozar lo grotesco. La caracterización que le hacen, incluida la (absurdamente) polémica prótesis nasal, es estupenda. El doblaje le hace un flaco favor, en cambio. La voz del Bernstein español, especialmente la del Bernstein mayor, parece demasiado meliflua (comparen con el original en la entrevista antes citada, pero también con el sonido original de la película).
Con todo, estos aspectos, junto a lo que, a mí, como espectador no experto en materia de cine, me pareció un ritmo de lentitud considerable, no me parecen los más problemáticos. Lo más problemático es que muchos se acercarán esperando ver un retrato del Bernstein con esas múltiples facetas ligadas a la música que, además, tuvo una singular relación con su mujer, y que vivió un duro conflicto con su tendencia sexual. Pero lo que verán es un retrato de alguien que tuvo una singular relación con su mujer, encuadrada en un duro conflicto con su tendencia sexual… y que, además, era músico. Pero como de eso hay poco, el título resulta engañoso, porque no responde a lo que se ve luego, y el retrato esperado, me temo, queda (muy) incompleto.
Rafael Ortega Basagoiti


