‘Maestro’, el biopic de Bernstein de Bradley Cooper: una decepción

El esperado biopic sobre Leonard Bernstein acaba de estrenarse en todo el mundo con críticas y reacciones muy dispares. Bradley Cooper no solo dirige y coescribe el guión de la película, sino que se pone en la piel del personaje principal, y hay que decir que en algunos momentos se le nota muy forzado.
Como la mayoría de los que conocimos personalmente a Bernstein, yo tenía curiosidad por ver hasta qué punto Cooper simulaba la voz, la figura y los manierismos de Lenny. El parecido es en gran medida asombroso, a lo que coadyuva que Cooper incorpora una prótesis nasal en su caracterización que consigue que durante casi toda la película nuestra incredulidad quede suspendida. Sin embargo, su imitación de la gestualidad de Bernstein como director de orquesta carece de veracidad, incluso de tracción. De hecho, los músicos se las arreglan sin levantar la vista.
El resto del reparto es impecable, a lo que ayuda un vestuario de época realmente logrado. En el papel de Felicia, la esposa de Bernstein, Carey Mulligan resulta empática y a menudo conmovedora, mientras que la comediante Sarah Silverman está grandiosa como la hermana de Lenny, Shirley. Tampoco se queda atrás Scott Ellis, particularmente grimoso en el papel de Harry Kraut, el agente de Bernstein.
El filme de Cooper se centra en la doble vida de Bernstein, como homosexual y como marido y padre de tres hijos. Esa es la línea argumental básica, un enfoque que se antoja muy estrecho y que acaba ocluyendo la enorme importancia musical de Bernstein, así como los orígenes de su dualidad. Y, al hacerlo así, distorsiona la propia historia que pretende contar.
Consideremos los antecedentes. En 1953, el Departamento de Estado denegó a Leonard Bernstein la renovación de su pasaporte por acusaciones del FBI de simpatizar con el comunismo. De la noche a la mañana, el mundo profesional de Lenny se contrajo radicalmente. Ante la imposibilidad de dirigir en Europa, su mirada se volvió hacia las orquestas estadounidenses, y a menudo tuvo dificultades para encontrar trabajo. La Sinfónica de Boston, la orquesta de su ciudad natal, le rechazó como director titular. Sin empleo y hasta cierto punto atemorizado, recurrió a sus amigos de Broadway de los años 40 para crear un par de musicales, Candide y West Side Story, el segundo de los cuales fue un bombazo de taquilla.
El atractivo popular de Bernstein acabó de convencer a la Filarmónica de Nueva York, que le ofreció la titularidad en 1957, al principio conjuntamente con su mentor Dmitri Mitropoulos. Aún así, la orquesta no estaba muy segura de su nuevo director, en especial por los rumores sobre su vida personal. Como parte de la campaña publicitaria, y para contrarrestar las numerosas habladurías difundidas por los medios de comunicación, la Filarmónica destacó su feliz vida conyugal y doméstica con Felicia, con la que se había casado en 1951. Ella se convirtió en parte fundamental de su imagen pública, la que apuntalaba su respetabilidad.
Bernstein revolucionó el repertorio neoyorquino con numerosas incursiones en Mahler, Nielsen, Shostakovich y en las músicas de un par de docenas de compositores estadounidenses. Impulsó charlas televisadas para jóvenes los sábados por la mañana en el Carnegie Hall, educando a toda una generación de americanos en los conceptos, los elementos y las sensaciones de la música sinfónica. Felicia y él se convirtieron en estrellas refulgentes de la sociedad neoyorquina, equivalentes en fama y glamour a los Kennedy en la Casa Blanca. La película West Side Story extendió la fama de Lenny por todo el mundo. En muy poco tiempo había pasado a desempeñar al mismo tiempo los papeles de compositor, director de orquesta, profesor, comentarista social y reformador. Demasiado para un solo hombre, para una sola vida.
En la película de Cooper se echa absolutamente en falta todo este contexto. Ciertamente, Cooper demuestra que es posible contar la historia de Bernstein únicamente a través del prisma de su homosexualidad. Pero al ignorar el trasfondo político y musical, suministra a los espectadores muy pocos indicios acerca del interés real, tanto a nivel humano como -y sobre todo- artístico, de su personaje, reduciendo el filme Maestro a otras dos horas vacías de pura fórmula cinematográfica.
Norman Lebrecht


