MADRID / Y sigue la magia de Sokolov

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. XXX Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. 24-II-2025. Grigory Sokolov, piano. Obras de W. Byrd y J. Brahms.
En el penúltimo capítulo de la nueva gira de Sokolov por España, recaló el ruso en Madrid para una nueva visita al Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. La enésima, y sin embargo no por tantas veces repetida menos esperada por el público, que una vez más, agotó el papel ya hace tiempo, incluso mucho antes siquiera de saber lo que el legendario pianista iba a ofrecer. Recordando que el festival internacional de magia se celebra estos días en Madrid, hay que convenir que cuando un mago está en escena, importa su particular magia. Y tal ocurre con quien es uno de los mayores magos del piano del último medio siglo. Por eso se desborda la expectación. Porque se sabe que va a haber magia musical de la mejor, de la que nos lleva una y otra vez al embeleso desde la hipnosis que su arte consigue, más allá de que no sepamos hasta última hora con qué ilusión concreta nos va a cautivar. De hecho, incluso conocido el programa, siempre se reserva hasta última hora la incógnita de “la tercera parte”, porque ya se sabe que con don Gregorio hay cosas que no cambian, y esa “tercera parte” es mucho más que el postre. El ritual se mantiene inalterable: tenue la iluminación, severo el ademán (ahora, si acaso, algo menos decidido el andar, lo que es lógico, son ya 74 años), saludos de austeridad casi militar, pero siempre repetidos de la misma forma… y a la tarea, con las dos partes programadas. Luego viene la que se mantiene abierta. Las seis propinas de rigor que componen esa tercera parte del recital y quedan sin anunciar como el mejor de los magos haría con el más inesperado de sus trucos.
Ha sido Sokolov pianista que desde hace tiempo vuelve con asiduidad la mirada a lo más pretérito del repertorio para teclado. Le hemos escuchado, por supuesto, Bach, pero también Rameau, Couperin y Froberger, entre otros, y, el año pasado, Purcell. El programa de la gira actual tiene también su ingrediente atípico, porque la música de William Byrd (c. 1540-1623) es de una belleza incuestionable, pero alcanza su mejor dimensión en la dulce, íntima sonoridad del virginal (en alguna de sus modalidades diversas) o el clave. A ese mundo sonoro nos han llevado muchos célebres intérpretes de estos instrumentos, con Davitt Moroney a la cabeza (su ciclo íntegro de la obra para tecla de Byrd en el sello Hyperion es una referencia; en ella hay también algunas obras –pocas– interpretadas en el clavicordio y el órgano), pero sin olvidar a luminarias como Gustav Leonhardt o Andreas Staier en sus grabaciones de algunas de las obras del compositor británico. No es Sokolov, sin embargo, el primero en llevar a Byrd al piano moderno. Lo hizo ya Glenn Gould en su día (también con la música de Gibbons), y hasta Angela Hewitt tiene alguna pieza de Byrd en el repertorio. Más modernamente, el joven estadounidense Kit Armstrong se sumergió también en la música de Byrd (incluyendo alguna de las piezas que Sokolov ofrece en esta gira).
La recortada duración del sonido en el clave y el virginal va de perlas a la floreada escritura (de hecho, en buena medida bien puede pensarse que ese recortado sonido condiciona que dicha escritura tenga esa característica), llena de escalas y adornos en abundancia. Pero lo que va como anillo al dedo a esa música, tan a menudo nutrida desde el canto (“enmarcada en la vida de las palabras”, por citar al propio Byrd) y de carácter tan íntimo, tan de salón, es un reto de aquí te espero para quien afronta su traducción desde la apabullante potencia y larga resonancia del piano moderno en una sala capaz para más de 2000 personas. Porque el emborronamiento y la confusión aguardan con sus colmillos afilados en el siguiente recodo, y si ellos llegan, el disfrute, el “delight” que tanto caracteriza a esta música, hace mutis por el foro. Es ahí donde urge la comparecencia del mago, que sea capaz de las articulaciones imposibles (imposibles para cualquiera que no se llame Sokolov), de pulsaciones inverosímiles, de levedades sonoras milagrosas, de matices delicadísimos y que sin embargo tienen la presencia necesaria. Porque es toda esa combinación alquímica la que hace posible la materialización de lo aparentemente imposible a priori: que el piano parezca hasta viable para transportarnos a la Inglaterra isabelina.
La media docena de piezas ofrecidas de uno de los más justamente famosos compositores del renacimiento inglés (contando como una las dos que componen The first pavan y The galliard to the first pavan, y también como una las tres que componen la Pavan & galliards “The Earl of Salisbury”) tienen el encanto melódico de la danza y el canto, y la refinada elegancia de los mencionados ornamentos y brillantes pasajes de escalas. Deliciosas las dieciséis variaciones sobre la canción John come kiss me now, que relata una simulada disputa entre una mujer y su marido, incluyendo alguna frase de este muy políticamente incorrecta (“Las esposas son buenas y las esposas son malas, pueden enloquecer a sus maridos, y mi mujer también lo hace”). Disfrutamos ya en esta obra de esa levedad de pulsación, de las sutiles inflexiones de matiz, de una impecable transparencia en el decir de las voces, incluso de un control del peso (exquisito el de la mano izquierda en la variación 8) que son marca del mago. Tranquila, pero sin decaer, la First pavan, y con buen dibujo rítmico la Galliard to the first pavan, algo que también pudo apreciarse en el tramo final de la Fantasía, coronada con tres compases finales de preciosa ornamentación.
Bellísima la sencilla y breve pero encantadora Alman, cantada con inefable dulzura. La Pavana y las dos Gallardas bajo el título The Earl of Salisbury están probablemente entre las obras más conocidas de Byrd para tecla. Como apunta Moroney, la Pavana fue ya muy popular incluso en el siglo XIX y así ha sido hasta Glenn Gould, y su inclusión en la Suite isabelina de Sir John Barbirolli probablemente contribuyó también lo suyo. Música, en todo caso, llena de nostalgia, traducida con delicada elegancia por Sokolov, capaz de convertir el gran cola en un instrumento de levedad. Cerraba la primera parte otra colección deliciosa de seis variaciones sobre la canción Callino Casturame, que Sokolov también tradujo con tanta sencillez como hermosa luminosidad.

La segunda parte del recital nos trasladaba a territorios más familiares en el repertorio pianístico y en el del propio Sokolov, que nos ha deleitado en otras ocasiones con interpretaciones brahmsianas de belleza inolvidable. La tienen las cuatro Baladas op. 10 de un Brahms aún veinteañero (1854), empezando por la primera, inspirada en la antigua balada escocesa Edward, un diálogo entre madre e hijo en el que aquélla interroga sobre la presencia de sangre en su espada, y éste confiesa sucesivamente haber matado a su halcón, a su caballo y a su padre, para terminar matándola a ella también. Brahms emplea en esta especie de retrato dos temas alternados –el primero de un clima claramente nórdico– para representar los respectivos caracteres, y tras un clímax en fortísimo sobre el tema del hijo, lleva la obra a una sombría conclusión. La desgranó con adecuado misterio el ruso, luciendo una vez más su proverbial y asombroso control de sonido y matiz. Soberbio el crecimiento de la sección allegro ma non troppo hasta ese clímax poderoso pero no arrebatado, y final muy acorde con la tenebrosa conclusión planteada por Brahms.
La segunda Balada, una lírica y tranquila pieza con una segunda sección rápida y densa, y una tercera más ligera, llegó con un canto dulce en su inicio y más energía en el allegro non troppo siguiente, donde pudo apreciarse algún roce anecdótico. Primoroso el molto staccato e leggiero. Decidida la lectura de la tercera, un danzable Intermezzo en el que también hubo algunos roces en el comienzo, pero que llegó con exquisita levedad y sobre todo nos llevó a ese ambiente mágico en una sección central pocas veces tan extraordinariamente delicada y etérea como la escuchada, construida esencialmente en el registro agudo del instrumento. Matices igualmente excepcionales en el tramo final. La última, en fin, recrea una deliciosa melodía sobre un suave acompañamiento descendente en la voz intermedia, un recurso éste muy querido por Brahms y por Schumann, cuya influencia es aquí notoria. La sección central emplea el registro medio y grave, y lleva la precisa indicación de Con intimissimo sentimento, ma senza troppo marcare la melodía, que uno casi podría adivinar solo escuchando lo ofrecido por Sokolov, al que esto le sale como la cosa más sencilla del mundo: la inefable belleza de un sonido que tiene cuerpo y presencia, pero consigue a la vez una levedad emocionante. Y eso a pesar de las toses, de cruel inclemencia toda la tarde, y algún móvil del inevitable despistado de rigor.
Aunque ya es el Brahms de la madurez el que nos habla en las dos Rapsodias op. 79 (1879), las partituras mantienen la brillantez y extensión de las obras de juventud, y no la concisión que caracteriza a las inmediatamente precedentes (Piezas op. 76). Tuvo energía el agitato de la primera, pero quizá en otras ocasiones ha llegado con más poderío (aunque, dado lo escuchado en las últimas semanas, no sé si el piano pudo tener que ver en el asunto). La sección central volvió a ser un modelo de delicadeza y elegancia. Algo parecido cabe decir de la segunda, dibujada con pasión adecuada en su inicio y con casi tenebroso misterio en el segundo motivo. Magistral el pp alcanzado justo antes de los dos rotundos acordes finales.
Casi huelga decir que el auditorio, abarrotado, se vino abajo. No es ningún secreto que el público adora a Sokolov, y tiene muy buenas razones para ello. Además, había que escuchar la tercera parte. Y vaya tercera parte: cinco de Chopin (Mazurcas op. 30 nº 1 y op. 63 nº 2, Estudio Op. 25 nº 2, Mazurcas op. 50 nº 3 y op. 68 nº 3) y una de Bach, el coral para órgano Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ BWV 639 en el arreglo de Wilhelm Kempff. Las Mazurcas fueron un prodigio de elegancia, sugerencia, sutileza en el ritmo y el matiz. Unas delicatessen para los más finos paladares. El Estudio, una lección magistral de articulación cristalina con un leggiero maravilloso (y a velocidad considerable, acorde con la indicación Presto, pero jamás con un discurso lineal o carente de inflexión) y el coral bachiano, con una devoción, íntima solemnidad y exquisito dibujo de las voces que ponían el corazón en un puño. Hablar de éxito, una vez más con este enorme artista, se queda corto. El festival de la magia pianística tuvo su estrella de siempre, y acabó coronando… como siempre.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Valentina Moreno)


