MADRID / Y la tarde de Ibermúsica fue de María Dueñas

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 12-I-2025. Ibermúsica 24-25. Philharmonia Orchestra. Directora: Marin Alsop. Solista: María Dueñas, violín. Obras de Montgomery, Korngold y Prokofiev.
No ha pasado un año desde que recibimos, en la serie anterior de Ibermúsica, a la orquesta Philharmonia de Londres, una de las más asiduas visitantes del ciclo. Si no fallan los datos, la que se comenta ha sido su participación nº 105 en la serie de Ibermúsica. Como comentamos con ocasión de la visita anterior, en abril del pasado año, con Masaaki Suzuki al frente (sustituto de un Gardiner cancelado por los acontecimientos), la formación londinense que fundara Walter Legge en 1945 ha conocido tiempos de batutas muy ilustres (Karajan, Klemperer, Giulini, pero antes, también Toscanini o Furtwängler) y también momentos convulsos. La propia situación del Reino Unido en materia musical, según nos transmiten algunos artistas de ese y otros países, dista de ser en estos días la más envidiable, especialmente teniendo en cuenta el brillante y no tan lejano pasado. La presión en cualquier orquesta británica es muy grande. Cuando en 2022 charlé con su director titular, el joven finés Santtu-Matias Rouvali, me confesó que con esta orquesta “tu vida va al doble de velocidad”, y me llegó a comentar que en ocasiones hacían seis programas distintos en dos semanas. No necesito decirles lo que eso implica en términos de tiempo de ensayo.
La visita de esta ocasión (anotemos que no hubo, esta vez, la habitual presentación, micrófono en mano, a la que estamos acostumbrados en esta serie) estaba bajo el mando de la neoyorquina Marin Alsop (1956), principal directora invitada de la formación y que bien puede considerarse la decana de las directoras actuales. La estadounidense cuenta con algunos hitos importantes en su carrera, como ser la primera mujer en conseguir el premio Koussewitzky o la primera directora en ganar la beca MacArthur. Además de ser la principal invitada de la Philharmonia, lo es también de la Orquesta de Filadelfia, y es titular de la Sinfónica de la ORF en Viena. Discípula y protegida de Leonard Bernstein, la carrera de Alsop, sin embargo, no ha alcanzado las cotas conseguidas por alguna de sus colegas, incluso coetánea, como, por ejemplo, Simone Young, que este mismo fin de semana ha estado al frente de la Nacional. Young se ha subido al podio de la Filarmónica de Viena (en 2005) y de la Filarmónica de Berlín (en varias ocasiones), por poner solo dos ejemplos, además de los fosos de Bayreuth y la Staatsoper de Viena. Hitos que, al menos de momento, no ha conseguido la neoyorquina, que ha estado también envuelta en alguna polémica, entre otras cosas por algunas decisiones, digamos, exóticas, como la de sustituir el texto del tiempo final de la Novena de Beethoven, asunto al que me referí en su momento en otro artículo en Scherzo. La solista de la ocasión era la jovencísima granadina María Dueñas (2002), una violinista cuyo excepcional talento ha sido muchas veces elogiado, y a quien vimos, hace algo más de cinco años (noviembre de 2019) en este mismo ciclo un deslumbrante Primer concierto de Paganini.
El programa que se comenta se abría con el estreno en España de la obra titulada Strum, una pieza cercana a los ocho minutos de la neoyorquina Jessie Montgomery (1981), graduada en Juilliard y doctorando en composición en la Universidad de Princeton. De Montgomery nos dice la biografía disponible en su web que fue galardonada como “Compositora del Año 2023 de Musical America”, y que “es una aclamada compositora, violinista y educadora, ganadora de un Grammy, cuya música entrelaza la música clásica con elementos de música vernácula, improvisación, poesía y conciencia social, lo que la convierte en una aguda intérprete del sonido y la experiencia estadounidenses del siglo XXI.”
Sobre Strum dice la afroamericana que “es el resultado culminante de varias versiones de un quinteto de cuerda que escribí en 2006. Fue escrito originalmente para el Providence String Quartet e invitados de Community MusicWorks Players, y luego arreglado para cuarteto de cuerda en 2008 con varias pequeñas revisiones… En Strum utilicé motivos de textura, capas de ostinati rítmicos o armónicos que se encadenan para formar un lecho de sonido en el que se entretejen las melodías. El rasgueo pizzicato sirve como motivo de textura y como principal sostén rítmico de la pieza. Inspirada en el folk americano y en el espíritu de la danza y el movimiento, la pieza tiene una especie de narrativa que comienza con una nostalgia fugaz y se transforma en una celebración extática.”
La obra de Strum es de escucha fácil, muy clásica en cuanto a texturas y armonías (no esperen atrevimientos tímbricos ni búsquedas exóticas de orden sonoro) y saludable impulso rítmico. Se escucha con agrado su sabor de danza, ya desde el colorido inicio con los solistas de viola y violines segundos ejecutando el mencionado rasgueo. Nada en la partitura llega a deslumbrar, mucho menos en cuanto a algo novedoso se refiere, pero tampoco a desagradar. Los interesados pueden encontrar una interpretación de la obra, por esta misma orquesta, dirigida por Anna-María Helsing y registrada en 2021, aún con “distancia pandémica”: https://www.youtube.com/watch?v=TEznB-i8cQM. La dirigió Alsop con corrección, obteniendo una buena respuesta de la nutrida plantilla de cuerda de la Philharmonia. El público la recibió con correctos pero tasados aplausos.
La pieza concertante de turno fue el Concierto para violín y orquesta de Erich Wolfgang Korngold, que parece estar viviendo una era de esplendor, a juzgar por la cantidad de veces que se interpreta. Lo hemos escuchado hace menos de un año, en este mismo ciclo, en una inolvidable interpretación de ese prodigio llamado Hilary Hahn, pero también, hace apenas dos años, por Kavakos, en el ciclo sinfónico de la Nacional. Obra nacida en los momentos finales de la II guerra mundial (1945), es la primera partitura de Korngold no destinada al cine, aunque está salpicada de temas de sus propias músicas para diversas películas, siendo la sección central contrastante del segundo movimiento una inserción compuesta específicamente para el concierto. Se mueve en un clima de general lirismo, y su atractivo colorido se escucha con agrado. El solista tiene pasajes de evidente demanda (uno casi en forma de cadencia, mediado el primer movimiento), además de un último tiempo decididamente festivo, vibrante y exigente en cuanto al virtuosismo. La Romanza central se antoja el momento más conseguido e intenso de la obra. Sin desdeñar en absoluto el interés de la obra de Korngold, quien esto firma hubiera agradecido que Dueñas afrontara algún otro concierto menos frecuentado y, creo, con bastante más interés, como alguno de los de Bartók o Shostakovich, por ejemplo, que se escuchan muy poco estos días.
Pero la granadina se erigió, creo que con justicia, en la gran triunfadora de la tarde. Dueñas, a sus 22 años, lo tiene todo para ser una gran violinista. El sonido es poderoso, la dinámica ancha, la seguridad de su mecanismo, innegable, y el arco, ágil y fiable. Dueñas tiene, además, un temperamento intenso, de gran sensibilidad, capaz de importantes descargas de energía, de altos voltajes, pero también de delicadas sutilezas. En los últimos años, el vibrato, que utiliza con generosidad, parece haber ampliado su recorrido y adquirido una cualidad distinta, algo que se podría describir como un tanto eléctrico, incluso quizá un punto tenso. Un tipo de vibrato que puede no ser del gusto de todos, que incluso a algunos, dependiendo de la profusión con que se use, puede llegar a cansar. Pero el concierto de Korngold, que en su inició cantable y expresivo permitió apreciar ese vibrato, es también una pieza llena de filigrana y colorido, también impregnada de una riqueza de expresión lírica que van como anillo al dedo a la capacidad de efusión de nuestra muy querida compatriota.
Y, en efecto, Dueñas, valga el juego de palabras, se adueñó del escenario desde el primer compás, con un canto expresivo, intenso, de envidiable efusión, rico en el colorido, con un discurso sentido y entregado, siempre precisa la afinación y ajustado el matiz, hermoso el sonido, grande y redondo, y de una felina agilidad en las filigranas, muy exigentes en el mencionado pasaje de cadencia del primer tiempo. Hecha la salvedad mencionada del vibrato, que quien esto firma agradecería más contenido, recortado y relajado (algo que, por supuesto, es opinión muy personal, aunque creo no estar solo en la consideración), brilló la Romanza central por un canto siempre de convencida y bien matizada expresión, con excelente rubato y, como en todo el concierto, envidiable precisión rítmica. Trepidante, muy vivo, de asombrosa agilidad y precisión en la articulación el tiempo final, todo él dibujado con una enorme destreza en lo que al virtuosismo se refiere, y coronado con un final realmente espectacular.
No hay que decir que el éxito de la joven granadina fue arrollador. Apoteósico. Dio dos propinas… pero hubieran podido ser más, porque el auditorio se rindió al encanto de esta joven que está ya embarcada en una brillantísima carrera. La primera, el Vals triste del húngaro Franz von Vecsey, expresiva, sentida. La segunda, Applemania, de Aleksey Igudesman, que ya interpretara en el concurso Menuhin, que ganó en 2021. Dibujada con creciente, vibrante intensidad, entusiasmó muy comprensiblemente al respetable.

La segunda parte del concierto la ocupaba la que es, probablemente, la mejor música orquestal de Prokofiev, la que escribió para el ballet Romeo y Julieta. De las tres suites que el compositor recopiló con música del ballet completo, cada director suele hacer su propia selección, y Alsop no fue la excepción… aunque sí hubo una excepción, que además hay que reprochar: se anunció en el programa una selección de estos ocho fragmentos: Montescos y Capuletos, La Joven Julieta, Máscaras, Fray Lorenzo, Danza, Muerte de Teobaldo, Romeo en la tumba de Julieta y Muerte de Julieta. Pero, sin previo aviso de ningún tipo, Alsop cambió la selección, introduciendo números que no figuraban en el programa. Este tipo de cambios hay que comunicarlos (el hecho de que Alsop dirigiera la obra de memoria indica que el cambio no fue de última hora, de forma que la “no comunicación” hay que colocarlo en su “debe”), porque de lo contrario quien no conozca la obra puede terminar desconcertado por completo (entre otras cosas porque se interpretaron más números que los programados). No hacerlo es, lo siento, una desconsideración hacia el público para la que no hay excusa. A título informativo, señalemos que la selección ofrecida añadió los siguientes números a la selección prevista: Escena y “danza matutina” (justo tras Montescos y Capuletos), y Danza de las doncellas con los lirios y serenata matutina (tras la Muerte de Teobaldo).
Música, en todo caso, bellísima, de colorido e impacto imponentes, y de la que Inés Fernández Arias, autora de unas informativas notas al programa de mano, nos cuenta curiosidades como que el estreno del ballet, en 1938, tuvo lugar en Brno, la ciudad natal de Korngold. Alsop la conoce bien, porque la ha grabado (íntegra) con su Sinfónica de Baltimore y la ha dirigido con frecuencia. Lo hizo en esta ocasión con buen dibujo rítmico (su cualidad probablemente más destacada), pero, para quien esto firma, con trazo expresivo un tanto grueso, con ese gesto un tanto monocorde y no siempre claro, aunque sin duda entregado e implicado, que caracteriza a la batuta de la neoyorquina. Uno recuerda el apabullante Montescos y Capuletos que Currentzis ofreció con su orquesta hace unos meses. Nada que ver aquel voltaje incandescente con la lectura de Alsop, no especialmente clara en las texturas, tan correcta en la ejecución (la Philharmonia, incluso sometida al acelerado régimen que tienen las orquestas del Reino Unido, es una formación excelente) como corta de intensidad dramática, del imponente dramatismo que transmite este fragmento. Llegó la música con buen pulso (Danza) pero con esa gris corrección de expresión que no emociona, por lo demás característica de muchas interpretaciones de la neoyorquina, que se diría que no termina de penetrar en las sutilezas ni en las aristas de esta partitura (y ambas abundan). Muy buena respuesta general de la orquesta (el solista de fagot en Fray Lorenzo, el concertino en la Serenata matutina), aunque en los pasajes de mayor demanda (la articulación de la cuerda en el fulgurante Presto de La muerte de Teobaldo) se hubiera podido pensar, en una formación de este nivel, en un ajuste incluso mejor que el ya notable exhibido.
Éxito grande, en todo caso, como cabe esperar de una interpretación mínimamente solvente de una obra espectacular como esta. Alsop, como antes Dueñas, regaló dos propinas. La primera, la virtuosista The Wild Bears, último número de la segunda suite de The Wand of Youth, de Elgar, en la que, brilló el ímpetu rítmico de la batuta. La segunda, la casi inevitable y traducida con más bien poco encanto Danza húngara nº 5 de Brahms, en la que invitó al principio (con escaso eco) al aplauso del público. La tarde-noche, para qué nos vamos a engañar, era de Dueñas, y con todo merecimiento.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín / Ibermúsica)


