MADRID / Xabier Anduaga, la generosidad de los grandes

MADRID / Xabier Anduaga, la generosidad de los grandes

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 21-VI-2022. Xabier Anduaga, tenor. Giulio Zappa, piano. Obras de Soutullo y Vert, Moreno Torroba, Usandizaga, Guridi, et al.

La expectación y las ganas de disfrutar de una buena velada de canto impregnaban un Teatro de la Zarzuela abarrotado de un público dispuesto a dejarse conquistar una vez más por el tenor Xabier Anduaga, pero también con los oídos afilados para no dejarle pasar ni una. No en vano se ha convertido el joven tenor donostiarra en una de las voces más importantes del mundo en su registro. Además, el programa elegido constaba de nada más y nada menos que diez romanzas de zarzuela y tres canciones de concierto con poco lugar para el reposo, merced a unas breves piezas para piano. Es decir, que Anduaga salió a demostrar no sólo de lo que es capaz sino también la importancia que otorgaba a este recital y su respeto por este teatro.

El despliegue de medios vocales fue realmente apabullante de principio a fin, lo cual demuestra no sólo el excelente estado de forma de Anduaga sino también su sabiduría en la dosificación y elección del repertorio. Aunque, sin duda, la juventud ayuda, es imposible acabar un recital como este con la voz absolutamente fresca si todos los ingredientes necesarios no están en perfectas condiciones. Desde esas primeras Bella enamorada (El último romántico) de Soutullo y Vert y De este apacible rincón de Madrid (Luisa Fernanda) de Moreno Torroba, ya se marcó la tónica de la noche: poderío vocal, control de los registros, buena línea de canto y enorme generosidad.

Con los nervios asentados y habiendo comprobado que la voz respondía como él buscaba, Anduaga ganó en expresividad en Alare, zorioneko lekua! de Mendi-Mendiyan de Usandizaga (1887-1915), en cuyo comienzo terrible dio auténticas lecciones de cómo conducir una frase en la zona más comprometida del registro. Es muy de agradecer que incluyera dos romanzas del malogrado compositor donostiarra, que si no llega a fallecer a la temprana edad de 28 años nos habría dejado muchas más páginas memorables.

Bellísima fue su interpretación de Yo no sé qué veo en Ana Mari (El caserío) de Guridi, donde los acentos íntimos y el sabio uso del fiato dejó frases excepcionales. Y tras un par de piezas breves de Guridi y Casella interpretadas con enorme gusto por parte de Giulio Zappa, que hizo una magnífica labor como acompañante en un repertorio nada cómodo ni agradecido para el pianista, encaró Anduaga el final de la primera parte. En esa pieza heroico-chulesca de Serrano que es Te quiero, morena de El trust de los tenorios, nos regaló un festival de agudos plenos, redondos y bien coloreados, que contrastó con esa hermosura que es Flor roja (Los gavilanes) de Guerrero, donde utilizó con una soltura inigualable los diferentes registros para lograr el tipo exacto de pianissimo en función de la expresividad con los que obtuvo momentos de enorme lirismo. Anduaga cerró con autoridad con Por el humo se sabe (Doña Francisquita) de Amadeo Vives, en una interpretación muy sentida y apasionada, pero siempre elegante.

La segunda parte se abrió con gracia y buen gusto con esa ¡Adiós, Granada! (Los emigrantes) de Barrera y Calleja, para dar paso a la segunda romanza de Usandizaga, una muy poco conocida, hermosa, introspectiva y difícil Tamar, razón de mi existencia de La llama, ópera que no pudo terminar y que completó su hermano Ramón. Anduaga manejó hábilmente el fiato para lograr unas frases de gran carga expresiva. Y siguió con otro donostiarra de pro con el que todos le esperábamos: ¡No puede ser! de La tabernera del puerto de Sorozábal. Fue literalmente arrollador: contraste magnífico entre la desesperación y el lirismo, entre la plena voz y los pianissimi, y ese final desgarrado en el sentimiento, pero hermosísimo en la emisión.

Siguió Maitechu mía, de Alonso, pieza magistral que une el ritmo de zortziko con lo más decantado de la tradición zarzuelera y en la que Anduaga derrochó emoción, ya liberado de cualquier tensión nerviosa ante la entrega del público y en la que consiguió momentos cumbre en la utilización de los diferentes registros en función de la expresividad. En esta segunda parte, Giulio Zappa tuvo a bien interpretar el Vals en La bemol mayor de Usandizaga con enorme elegancia y también una Gavota de Manuel María Ponce. Aprovecho para decir que Usandizaga posee una obra para piano nada desdeñable, con páginas muy bellas, como la Rapsodia vascongada, la Jota o el Chotis, y que la obra para piano de Ponce está siendo grabada para Naxos por el gran pianista donostiarra Álvaro Cendoya, que ya ha publicado los tres primeros CD.

Cerró brillantísimamente el recital Anduaga con las archifamosas Júrame de María Gréver y Granada de Agustín de Lara, en una interpretación imposible de superar hoy en día. Como propina, esa preciosa nana que es Aurtxo polita, cantada prácticamente entera en falsete maravillosamente modulado y la repetición de Por el humo se sabe.

Acabo como empecé, reiterando que Xabier Anduaga es una de las voces más importantes del mundo en su registro. Para empezar, es una VOZ, así, en mayúsculas, de las que llenan el teatro sin problema ninguno, que algunos nos negamos a que lo normal sea acostumbrarse a tener que sacar la trompetilla. Naturalmente aún puede mejorar, y lo hará dada su juventud y el tino con el que está haciendo las cosas, pero más en lo expresivo que en lo técnico, para obtener contrastes aún mayores o matices aún más sutiles. La madurez empieza a llegar y se nota que cada vez se apropia cada vez más de las partituras e interioriza más los textos. En cuanto a la evolución de la voz, está claro que sus graves han ganado cuerpo y que se anuncia un futuro no lejano de tenor lírico. Pero él y su entorno saben cuándo y cómo dar los pasos para ampliar el repertorio. Lo ha hecho estupendamente hasta ahora y confiamos en que nos regale muchos años de disfrute.

Ana García Urcola

(Foto: Elena del Real – Teatro de la Zarzuela)