MADRID / Virtuosismo de Abduraimov, grande pero gris

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 14-X-2025. XXXI Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Behzod Abduraimov, piano. Obras de Brahms, Czerny, Liszt, Debussy y Stravinsky.
Cuando el uzbeco Bezhod Abduraimov (Taskent, 1990) debutó en el ciclo de Grandes Intérpretes en 2018, sustituyendo de urgencia al indispuesto Murray Perahia (había actuado tres años antes en el ciclo de Jóvenes Intérpretes), quien firma estas líneas apuntó que tardaría poco en situarse en los primeros niveles del panorama. Le hemos visto, después de aquella, excelentes actuaciones (notables Chaikovski con Temirkanov y Rachmaninov con la Nacional). La expectativa, por tanto, era alta en esta nueva presencia en el ciclo de Grandes Intérpretes.
El programa, como el ofrecido en 2018, era largo, denso, variado y exigente: de la intimidad de las Cuatro piezas op. 119 de Brahms al espectacular cierre con los Tres movimientos de Petrushka de Stravinsky, pasando por las poco habituales Variaciones sobre un tema de Rode, op. 33 de Czerny, la muy exigente Sonata “Dante” de Liszt y la deliciosa, pero tantas veces traicionera por la sutileza que demanda, Suite Bergamasque de Debussy. Casi nada.
Apunta con toda razón Ana García Urcola en sus excelentes notas, que “en su madurez, Brahms sólo escribe piezas breves, como si ya hubiera dicho todo en las grandes formas y prefiriese una expresión más concisa y muy a menudo más íntima”. Y así es, estas páginas, escritas apenas cuatro o cinco años antes de su muerte, son reflejo de una condensación de especial riqueza, desde el misterio que emana del primer Intermezzo al carácter más heroico y grandioso de la Rapsodia que cierra la seria, y que nos trae ecos de las piezas, con el mismo título, que conforman su op. 79. Bien puede suscribirse la frase que Philipp Spitta, el gran biógrafo de Bach, escribió a Brahms cuando recibió estas op. 119: “Lo más rico y profundo que conozco de Vd. en el terreno instrumental.”
Tiene también razón García Urcola cuando recuerda que no hay estudiante de piano al que no se le pongan los pelos de punta ante la mención de Czerny. La diferencia entre él y otros con los que se suda tinta es que la tinta que se suda con otros es más grata para el espíritu, al menos para quien firma estas líneas, que se sumó en su momento al colectivo de los pelos de punta, y a quien las Variaciones escuchadas, más allá de una apoteosis de la filigrana digital, no transmiten especial emoción, la verdad. Sí lo hace el último número del segundo de los Años de peregrinaje de Liszt, la Fantasía quasi Sonata tras una lectura de Dante, que se ha hecho justamente famosa entre los pianistas y aficionados, porque su evocador dibujo del cielo y el infierno descritos por Dante nos lleva desde las tinieblas a la luz en un impresionante cuadro musical.
Otro tipo de cuadro, con encanto muy especial, es la Suite bergamasque de Debussy, que como oportunamente señala también García Urcola, es “una alquimia perfecta entre tradición e innovación que lleva muy lejos los límites armónicos y estructurales mediante una forma delicada y llena de emoción”. Punto álgido es el precioso (aunque tantas veces maltratado) Claro de luna, pero la Suite en su totalidad, pese a no gozar de especial aprecio por su propio autor, es de una belleza incuestionable. Cerraban el recital los endemoniados Tres movimientos de Petrushka, aunque con evidentes ecos de música popular son, en su mayor parte, un gran canto al sonido percusivo, y exigen del pianista unos medios técnicos formidables. Hemos escuchado anteriormente en este ciclo a varios que los poseían en enorme medida, desde Ugorski a Rana, pasando, si no me falla la memoria, por Sokolov.
Me temo, sin embargo, que las expectativas que despertaba este recital de Abduraimov no se vieron, al menos para el que suscribe, colmadas. No puedo repetir muchas de las cosas que apunté en aquella reseña de 2018. El uzbeco, que pareció apresurado todo el concierto (salía, brevísimo saludo e inmediatamente a tocar), demostró, eso sí, que sus dedos mantienen una agilidad felina (las filigranas de Czerny sonaron fulgurantes), que sus manos son capaces del mayor y más vibrante virtuosismo (muchos pasajes de trepidantes octavas en Liszt, por no hablar de la obra de Stravinsky), y que conserva una capacidad dinámica anchísima, que abarca desde sutiles pianísimos hasta apabullantes fortísimos, de indudable impacto percusivo en la obra de Stravinsky.
Otra cuestión, que al menos al firmante le sorprendió, es el concepto y el uso del pedal. Recordábamos el primero como admirable por sólido y maduro, igual que la sonoridad la esperábamos redonda, con pedal mesurado y adecuada claridad en la exposición de voces. El prometedor primer Intermezzo de los op. 119 brahmsianos, dibujado con sensibilidad, buen canto y delicados pp, nos hizo esperar lo mejor. Pero el segundo pareció ya un tanto precipitado en el tempo (para una indicación, Andantino un poco agitato, que invita a cierto movimiento, pero desde luego no al arrebato). Se añadió un pedal generoso, y la suma de ambos elementos nos dejó una lectura un tanto borrosa y falta de encanto, en la que solo levantó algo la sección central. Algo mejor el tercero, más desenfadado, y decidida, enérgica, la Rapsodia final, en la que la articulación, especialmente en la sección central, se antojó algo confusa, creo que en parte por un pedal con tendencia a la largueza.
Aparte de la brillante demostración de agilidad (espectacular, sin duda) en el ir y venir de filigranas y escalas, no hay mucho más que decir respecto a lo que ofreció Abduraimov en las Variaciones de Czerny, sobre cuya relativa enjundia ya se comentó antes. Liszt, sin duda, es otro asunto. La Sonata Dante, como luego la gran Sonata en Si menor, nos lleva por toda una variedad de atmósferas. Pero el drama que hay en ella requiere también, en los momentos adecuados, calma, misterio, silencios. Y desde el principio pareció que esta vez no iba a haberlos, al menos no en la medida en la música anticipa toda la tensión que crea el compositor húngaro. Contundencia, energía, tremendo poderío, trepidantes y generalmente impecables octavas y acordes, sin duda. Extraer el partido (en cuanto a tensión) de esos pasajes más calmados, de esas pausas y silencios y, en fin, de tantos contrastes como presenta la partitura, es otra cuestión, y fue, en la ocasión que se comenta, una cuestión que quedó, en buena medida, pendiente.
Es difícil imaginar más poderío en esas octavas bajo la indicación precipitato, aunque tal vez un pedal más corto hubiera permitido algo más de nitidez sin merma de dicho poderío. Tal vez hubiera sido de agradecer también una mejor gradación de esa intensidad, porque cuando se alcanza el momento en que Liszt demanda fff con strepito dio la sensación de que esa intensidad se había colmado tiempo antes. En cambio, el retorno del andante parece invitar a un carácter más misterioso, y quizá eso hubiera agradecido algo más de pausa para que los acordes tuvieran el tiempo de resonancia adecuado. Lástima, porque hubo fogonazos bien conseguidos, como el andante quasi improvisato, dolcissimo con intimo sentimento, o el ppp dolcissimo con amore, y el bien respetado crescendo ed apassionato. Podría decirse, pues, que, con los medios que posee, Abduraimov podría haber ofrecido un Liszt de igual excelencia técnica pero más redonda concepción en ese recorrido que el húngaro traza desde los infiernos a los cielos.
La Suite bergamasque llegó, faltaría más, impecablemente tocada, pero, al menos a quien esto firma, un tanto corta de encanto expresivo y sugerencia sonora, especialmente en un Preludio un tanto plano (la inevitable actuación del criminal del móvil no ayudó). Correctamente dibujado, aunque de nuevo sin especial atractivo, el Minueto, y también el popular Claro de luna, aunque personalmente hubiera esperado algo más de claridad en los dibujos de la mano izquierda y un morendo final más desvanecido. Siguiendo las últimas tendencias, que personalmente no me gustan, pero son las que son, hubo cálidos aplausos tras el Claro de luna, quiero suponer que por lo conocido de la pieza y no por asumir que la Suite había concluido. Plausible desenfado en el Passepied final.
Stravinsky, en fin. De nuevo técnicamente espectacular de principio a fin (nada nuevo a esas alturas), algo que ya es mucho decir en obra realmente diabólica en cuando a dificultad. Pero también aquí hubo planos a menudo confusos, especialmente en el último (y más largo) de los movimientos, La semaine grasse, en el que las texturas se vuelven más espesas y complejas de desentrañar. Por si no fuera bastante dar las notas en su sitio, el ruso demanda del pianista, con una escritura que llega en ocasiones a pasajes escritos en cuatro pentagramas, una gradación de planos bien diferenciada si no quiere quedar sepultado en un pandemónium de fff. El uzbeco se empleó a fondo en el aspecto más percusivo de la música, y sacó en esta obra el más arrollador de sus poderíos, pero no terminó de conseguir esa graduación que sin duda encierra una endemoniada dificultad. Con todo, la tremenda (y arrolladora, desde luego) brillantez de la lectura de Abduraimov aseguró el éxito final. Sin embargo, desde el principio tuve la sensación de que no habría propina. Y no la hubo. Un concierto de un pianista excelente que no ofreció, esta vez, la mejor de las actuaciones que le hemos visto hasta el momento, y que, por ello, no colmó las expectativas que, al menos en el firmante, había despertado.
Rafael Ortega Basagoiti
(foto: Evgeny Eutykhov)


