MADRID / Vibrantes Segunda y Cuarta de Schumann por Gatti y la Staatskapelle de Dresde

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. Ibermúsica 24-25. 22-IV-2025. Staatskapelle Dresden. Director: Danielle Gatti. Schumann: Sinfonías nº 2 y 4.
El segundo de los conciertos de la Staatskapelle de Dresde brindaba la otra mitad del ciclo sinfónico de Schumann: las sinfonías pares, segunda y cuarta. La Segunda empieza con solemnidad y misterio, pero poco a poco crece su carácter afirmativo y, con excepción del elegíaco adagio espressivo, bellísimo pero de incuestionable tristeza emocional, es una obra de vibración evidente, como si el compositor encontrara la fuerza para rebelarse contra la depresión que le invadía. La Cuarta, de trabajosa gestación y revisada diez años después de su primera versión, es una partitura tan bien conseguida (el recuerdo frecuente a materiales anteriores la dota de rara consistencia) como compleja, además de por las razones de texturas ya comentadas para todo el ciclo en la reseña de ayer, porque pone a prueba la capacidad de manejo de la agógica por parte de director y orquesta. Los cambios agógicos se vuelven esenciales en una página que tiene continuas excursiones a climas y afectos diversos. Pierre Monteux lo verbalizaba en una de sus recomendaciones a los jóvenes maestros: “No se ciña pedantemente al tiempo metronómico: varíe el tempo según el tema o la frase y dele a cada uno su propio carácter.” Coincidía en ello ese maestro de las transiciones que era Furtwängler (autor, por cierto, de una inolvidable interpretación de la Cuarta de Schumann) se refería a que el tempo adecuado era aquel que fuera adecuado al carácter de la música. Dicho de otra manera: la Cuarta de Schumann se lleva mal con la rigidez, con la cuadrícula.
Gatti, que tiene estas obras en la cabeza, firmó una Segunda realmente magnífica, para quien esto firma quizá el punto más alto de las cuatro ofrecidas por la orquesta sajona. Lo hizo con ese gesto suyo tan peculiar, claro en la intención, pero a veces tan parco en su propósito de no interferir que pareciera casi no estar dirigiendo. El sostenuto assai inicial se abrió con solemnidad, pero también con misterio, con una hermosa y bien matizada sonoridad de los metales, muy atentos a evitar el exceso. Siempre, como en todo el ciclo, clarísimos los planos y asombrosa la nitidez de articulación (se escucharon así detalles que no se diferencian casi nunca). Dibujó el milanés con maestría la transición (un poco più vivace, luego più e più stringendo) al allegro ma non troppo, que llegó, sin arrebatar la velocidad, con una vibración muy especial, urgente, culminado en un con fuoco realmente trepidante, de tremenda intensidad.

No hizo Gatti concesión alguna a la cautela en el Scherzo, llevado a un tempo muy vivo, que respondió perfectamente a la indicación allegro vivace. La cuerda, en ese dibujo tan temible (y temido, que se lo pregunten a quienes hacen audiciones para orquestas), respondió con agilidad y empaste formidables, incluso respetando (algo que, en medio de ese frenesí, es mucho más difícil de lo que parece) la indicación de Schumann para un ligero retardo (poco ritardando-a tempo) en un compás (pero reiterada luego varias veces). Bien dibujado, efusivo, el primer trío, y muy lírico, bien cantado el segundo, con estupendas intervenciones de oboe y flauta. Siguió el milanés la tradición de otros muchos de acelerar (aunque nada hay en la partitura que lo indique) significativamente en la coda. La cuerda respondió con admirable prontitud y empaste al tempo realmente frenético de esa conclusión. Un final de los que te pone en el borde de la silla.
Acertó nuevamente Gatti en la calma para el Adagio espressivo, porque esa elegía necesita el espacio para que el canto de los violines, pródigo en notas largas, también a veces adornadas con trinos igualmente prolongados, pueda expandirse y transmitir la gran carga emocional que contiene. Magnífica contribución de la cuerda, pero también de la madera (oboe, fagot, flauta, clarinete) y los trompas. Sobresaliente final en pp. El Allegro molto vivace final no dejó lugar a dudas sobre su carácter exaltado, afirmativo, de poderoso impulso en el ritmo. Lució nuevamente la cuerda sajona en la nada fácil escritura, a menudo inundada de filigranas. Una lectura exultante, con las tensiones perfectamente graduadas (sacando el mejor partido a las pausas), coronada con un final que combinó con maestría esa vibración con el recuerdo, tan bien escrito por Schumann, a la introducción solemne de la sinfonía.
La Cuarta, ya dijimos, pone a prueba la paleta expresiva de la batuta y su habilidad para manejar las múltiples ocasiones en que la agógica se vuelve elemento esencial de la expresión. Y Gatti respondió al reto a las mil maravillas. Sin perder el norte que presidió todo su ciclo, el de la claridad y la elegancia, nos llevó desde el misterio inicial del Ziemlich langsam a la apasionada trepidación del Lebhaft, pero siempre teñido con ese fino rubato que se empleaba con la medida justa en la que sirve como pincel de la expresión y no como elemento edulcorante. Magnífico ese segundo motivo, más lírico, que llega muy tarde, pero con gran efecto, en el curso del movimiento, y dibujada con rotunda grandeza la coda.
Muy lírica la Romanza, con un bien delineado canto de los dos solistas de violonchelo y el oboe. Precioso el recuerdo del material introductorio del primer movimiento, y bien delineada la cantinela de la concertino. Vivo, enérgico, el Scherzo, y transición nuevamente muy bien manejada por Gatti en el Langsam que abre el movimiento final, hasta el Lebhaft. La tensión, la dinámica, fueron aquí admirablemente graduadas. La agógica, en más de una ocasión de una elasticidad furtwängleriana, quedó estupendamente manejada en todo el movimiento. Nueva prueba de fuego para la orquesta, especialmente en la coda, en la que Schumann demanda primero Schneller (más rápido) y luego, a tumba abierta, Presto. La cuerda sajona respondió a semejante frenesí con modélica agilidad, y se coronó así un final de altísimo voltaje para una interpretación realmente extraordinaria. Si el primer concierto fue bueno, este segundo resultó formidable. Aunque las sinfonías de Schumann (uno sigue sin explicárselo, pero es así) siguen encontrando alguna reticencia en el público, este ciclo que ha ofrecido Gatti con la Staatskapelle de Dresde debería haber vencido cualquier recelo, especialmente por estas dos sinfonías, y más aún por una Segunda para recordar.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Jörg Simanowski)


